FEBRERO 2008





 

DESDE ADENTRO
Texto: Pablo Marini / Ilustración: Gastón Lentini
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¿Optimistas, pesimistas o esperanzados?
Algunos parecen confundir “ser optimista” con “tener esperanza”. En realidad no habría que hablar tanto de pesimismo y optimismo –que son caracterizaciones de índole psicológica y que más que de la realidad de los hechos, dependen de la variedad de los temperamentos– sino que tendríamos que referirnos a la esperanza, esa virtud teologal por la que se aguarda la salvación, sí, pero no a partir de algo que pertenezca a este mundo. Paradójicamente la verdadera esperanza sólo es posible en el momento en que las “esperanzas mundanas” se desvanecen definitivamente.

La “esperanza” de Miss Universo
Hay una escena muy buena casi al final de la película “Todopoderoso” donde Jim Carrey se encuentra con “Dios” (Morgan Freeman). El Ser Supremo lo invita a Carrey a rezar y éste comienza algo así como: “Quiero que haya paz en el mundo y que todos los niños tengan que comer y que la gente se quiera mucho…”, esperando con eso que “Dios” se deshiciera en felicitaciones. En realidad, muy irónicamente Freeman le dice: “Eso estaría bien si quisieras ser Miss Universo”. Cuando Carrey por fin enuncia una oración en la que se involucra afectivamente y pide sinceramente por el bien de la mujer amada, entonces “Dios” le responde: “Eso sí que es una oración”.

Comento esto porque muchas veces “el mundo” parece balancearse como un péndulo entre la desesperación más radical y el optimismo “tonto” de ciertos discursos (como los típicos de un concurso de belleza).

Frente a esto la nueva encíclica del papa Benedicto XVI “Spe Salvi facti sumus” (En esperanza fuimos salvados) trata de señalar un camino muy distinto invitando a que el mundo se pregunte por la auténtica esperanza frente a tanto optimismo y pesimismo vacío de hoy.

En realidad existe una especie de “desilusión” muy saludable: la liberación de la “creencia” según la cual el logro de ciertos bienes del mundo, como la salud, el dinero, entre otras cosas, es capaz de conferir plenitud a la existencia. Dicha desilusión no es sólo la rectificación de una opinión errónea, sino un retorno a lo esencial, de modo que se haga factible el resurgimiento de la auténtica esperanza, volviendo ésta a su verdadero objeto. En esta esperanza sobrenatural, que es teologal, el bien que se espera es la felicidad eterna; bien arduo, por cierto, extremadamente arduo, inalcanzable por nuestras propias fuerzas, pero plenamente saciante, sentido último de toda nuestra existencia.

Los pecados contra la esperanza
Podríamos decir que, a grandes rasgos, dos son los pecados que se oponen a la esperanza. El primero es la desesperación, una especie de anticipación que el hombre hace de su propia condenación, negando de antemano la plenitud hacia la cual, sin embargo, continúa intrínsecamente orientado. El que se resuelve a vivir sin esperanza podrá seguir esperando miles de cosas superfluas, pero ello no tiene importancia definitiva para él. Ya dio por terminada su peregrinación. Su fracaso es radical. El camino pesimista fue seguido, especialmente, por la filosofía existencialista atea, concretada en Sartre, entendiendo al hombre como un “ser-para-la-muerte”.

El segundo pecado, que se opone por el otro extremo al de la desesperanza, es el de la presunción. Dicho pecado consiste en una falsa seguridad de que todo acabará bien, a fuerza de voluntad, sobre la base de una errónea valoración de sí mismo, afirmada sin fundamento válido. Trátase de un remedo de esperanza. Se espera, sí, pero sobre la base de las potencialidades ínsitas en el hombre. Es la pretensión de un Nuevo Orden Mundial basado en la ideología del “progreso indefinido”, que se conseguirá gracias –básicamente– a los logros de la ciencia positiva. Pero –señala el Papa– a lo largo del tiempo se vio claramente que esta “esperanza” se ha ido alejando cada vez más.

Los “lugares” para la esperanza
Benedicto XVI señala tres lugares de aprendizaje y ejercicio de la auténtica esperanza: la oración, el sufrimiento y el Juicio. Aquí solo apuntemos algo sobre la oración.

Tanto la desesperación como la presunción cierran el camino a una auténtica oración. Pues la oración, sobre todo en su forma de súplica, no es sino el lenguaje de la esperanza. El que desespera no es capaz de suplicar, porque al anticipar el fracaso final, nada tiene que pedir. Tampoco el presuntuoso puede suplicar de veras, ya que por estar seguro de que todo acabará bien, tampoco tiene nada que pedir. No por nada Nietzsche decía que el periódico había reemplazado a la plegaria en la vida del moderno burgués.

Nuestro genial padre Castellani daba en el clavo para entender la “desesperanza” del mundo moderno y la raíz de sus vacuos optimismos: “La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve. En consecuencia, el mundo moderno no entiende lo que le pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra torre de Babel que llegue al cielo. Quiere reconquistar el Jardín del Edén con solas las fuerzas humanas” (Leonardo Castellani, Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1976, pág. 17).

El Papa destaca a la oración como “escuela de esperanza”. El que reza nunca está totalmente solo. “Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios”. O de otra manera, como han hecho tantos santos en la historia: la gran plegaria no es la que logra que Dios quiera lo que yo quiero, sino que yo logre llegar a querer lo que quiere Dios.

Cielo, infierno y otras cuestiones

Algunos periodistas se extrañan de que la Iglesia Católica deba seguir hablando de realidades como cielo, infierno, purgatorio, Juicio Final, Segunda Venida de Cristo o del Fin del mundo. Pero, como ha escrito E. Brunner: “Una Iglesia que no tiene ya nada que enseñar sobre la eternidad futura, no tiene ya nada en absoluto que enseñar sino que está en bancarrota” (Das Ewige als Zukunft und Gegenwart, Zürich, 1953, pág. 237).

Después de la muerte

La desesperanza puede tener expresiones curiosas y terribles. Recuerdo la impresión de lástima que me causó leer los resultados de una encuesta donde se preguntaba a cada persona dónde creía ella que iba a ir después de la muerte. Hubo un 20% que contestó: “Al infierno”.


*Lic. en Filosofía. Profesor de Teología, Filosofía y Moral en la Universidad del Salvador y docente del Doctorado de Historia y Letras de la USAL.

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