FEBRERO 2008





 

De Raíz
Texto y fotos: María I. Mullen / Gentileza Grupo Misionero
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Hasta la punta más lejana

Por la Navidad, el lejano pueblo de Punta de agua (Mendoza) fue visitado por un grupo misionero. Chicos y chicas de distintas provincias dejaron la pileta, la computadora y la comodidad de sus casas, para ir al encuentro de quienes viven en los ranchos más solitarios. Una travesía de esperanza que unió entretenimiento y aventura, con apostolado y nuevas amistades.

¿Que la juventud está perdida?
Una casa-colectivo llena de chicos llamada Rocinante. Una camioneta con amigos recorriendo 20 km de ripio para visitar una familia, compartir unos mates y reflexionar sobre la navidad. Un chamamé al costado de un galpón, bajo las últimas luces del sol. Una charla sobre Dios en una cancha de fútbol. Una tortuga con un moño violeta llamada “Manuelita”. Chicos subiéndose a un árbol y tirándose de cabeza a un río. Un angelito con alas de papel actuando en un patio. Una camioneta con altoparlantes invitando a un pesebre viviente. Una gran olla de fideos. Una misa en un rancho. Un chiste, un abrazo y una palabra de consuelo a un anciano en un rincón. Un valle fresco. Un hogar de piedra y barro con un fuego siempre encendido. Una bandera argentina en el cielo. Un pueblo despertando.

¿Qué tienen en común estas imágenes? Todas ellas fueron parte del viaje que realizó en diciembre pasado, un grupo misionero de jóvenes de entre 13 y 17 años. Es la segunda vez que se realiza, algunos ya se conocían, pero otros no, ya que pertenecían a distintos colegios de APDES (Asociación para la Promoción Deportiva, Educativa y Social) de Buenos Aires, Mendoza y Córdoba. En plena llegada de las vacaciones y tras haber rendido los últimos exámenes, eligieron prepararse para la Navidad lejos de los shoppings, la televisión, el Messenger, Internet, el aire acondicionado, las fiestas o la pileta. Eligieron otra manera de divertirse: una que implica conocer un lugar y una realidad diferente, vivir un poco de aventura, hacerse nuevos amigos y, sobre todo, hacer apostolado, y compartir con otros el verdadero sentido de la Navidad, el que nos recuerda que en lo más humilde y sencillo, nació, y sigue naciendo, lo más grande.


Rebeldes para hacer el bien
Así lo dijo con énfasis Jorge, un padre de familia que acompañó a sus hijas en la misión y participó activamente en la organización. En una charla a los jóvenes, después de un partido de fútbol, remarcó lo importante de ir contra la corriente, el facilismo, el “todo vale”, la falta de compromiso e ideales y los abundantes mensajes pesimistas que aparecen en los medios. “Mientras que antes el rebelde era el que hacía las cosas mal –les dijo– ahora el rebelde es que el se anima a hacer las cosas bien, a decir que no a lo que está mal y apostar por los valores que valen la pena así que ¡sean rebeldes!”. Luego Jorge explica: “Antes existía una idea más acertada de lo que era ´el bien´, sin prejuicio de que muchos no lo siguieran. Hoy lo grave es que son pocos los que intentan seguirlo y, lo que es peor, se cuestiona que alguien pueda decir qué está bien y qué no”. Los chicos quedaron profundamente conmovidos y agradecieron las palabras.
“Está lleno de ofertas para divertirse, incompatibles con la fe –explica uno de los organizadores–. El objetivo de esta misión es que los chicos se diviertan y se conozcan, haciendo una cosa útil”. Entre los jóvenes está Ramón (16), proveniente de Tornquist, cerca de Sierra de la Ventana. Es su primera misión y vino para “comunicar a otros el sentido más profundo de la Navidad”. Cabe mencionar que en esta misión, los jóvenes contaron con la visita especial de las hermanas de la congregación Mater Dei, de San Luis, que los acompañaron durante una jornada.

Una visita a Baudilio, nieto de un cacique
Punta de Agua es un pueblo de unas pocas manzanas y amplias calles de tierra, en las que podrían caber más de quince caballos a lo ancho. De sus 800 habitantes, 400 viven en ranchos alejados, perdidos en la soledad y la sequía de las montañas. Donde aparece un valle, sorprende una familia. Sin duda una de las actividades más impresionantes de la misión es la visita a estas familias más alejadas, y junto a ellas recordar, con alguna lectura y el rezo del Rosario, el nacimiento del Savador del mundo. Entre las familias está la de Baudilio Barrosa, nieto del cacique Domingo Yanquinado. Bajo la sombra de un parral, Baudilio acercó unas sillas y recibió la visita de los misioneros. Su “heladera” hecha de mosquiteros y maderas, colgaba de un alambre con dos pedazos de carne cruda. Su cocina era un gran oscuro iglú de piedra y barro, sin ventanas, con un fuego a leña, cual horno perpetuo, siempre encendido en medio de la habitación, al lado de una mesa. Para Baudilio la visita fue un acontecimiento privilegiado, sobre todo en épocas navideñas. Hombre de pocas palabras, su mirada decía todo y, entre mate y mate, las risas iban creciendo. Y allí mismo, en el aire, se sintió con gusto eso de lo que todos hablan: la comunión. El encuentro. La esperanza del nacimiento de Dios en medio del mundo.

En medio del calor y el polvo, no cabe duda de que, gracias a estos jóvenes, la Navidad se vivió de manera muy especial en Punta de Agua y en todos los corazones que la visitaron.

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