Un jardín recién plantado necesita tiempo, observación y algunos cuidados fundamentales para empezar a crecer. Después del diseño y la implantación, llega una etapa clave: acompañar al suelo, al césped y a cada especie en su adaptación.
Uno de los aspectos más importantes es el drenaje. Un suelo que permite que el agua circule correctamente ayuda a evitar encharcamientos y favorece el desarrollo saludable de las raíces.


En el caso de un césped recién implantado, uno de los recursos que comparte Ita es colocar arena al voleo sobre la superficie. La arena permite rellenar y unir las juntas, evitando que en esos pequeños espacios aparezcan especies no deseadas. A la vez, contribuye a mejorar el drenaje y a micronivelar el terreno.
Con el paso del tiempo, la arena se incorpora naturalmente al suelo y la superficie va tomando una apariencia más uniforme.
Pero mantener un jardín nuevo no se trata solamente de realizar tareas puntuales. También implica mirarlo, conocerlo y entender qué necesita en cada momento. Observar cómo responde después del riego, dónde se acumula el agua o qué sectores necesitan mayor atención permite anticiparse y acompañar mejor su crecimiento.
Porque un jardín recién hecho es, en realidad, un jardín que recién comienza. Y los cuidados de los primeros meses son parte de ese proceso de transformación: darle tiempo, atención y las condiciones necesarias para que pueda crecer y convertirse en el espacio que imaginamos.
