Por qué el receso también necesita adaptación y cómo atravesarlo sin exigencias de más.
Male Bonati es licenciada en Terapia Ocupacional por la UBA y Counselor, con más de 20 años de trayectoria acompañando a niños y familias.
Es cofundadora de Casa Caminito, un espacio de trabajo interdisciplinario dedicado al acompañamiento en la crianza, desde donde también brinda talleres y charlas para colegios, empresas e instituciones sobre bienestar familiar.
Mamá de dos hijas de 12 y 15 años, en su cuenta de Instagram @malebonati comparte miradas, preguntas y recursos que invitan a pensar una crianza consciente, posible y sin exigencias irreales.
El cambio de ritmo que traen las vacaciones
Las vacaciones de verano alteran el pulso cotidiano de las familias. Para muchas, representan un alivio: se termina la carrera de la mañana, los horarios se aflojan y el día empieza distinto. Pero ese cambio, aunque esperado, también necesita tiempo para acomodarse.
No solo se modifican los horarios: cambia la dinámica de la casa, el uso del tiempo y la convivencia. Como señala Male, adaptarse a este nuevo ritmo no es automático y requiere paciencia, tanto con los chicos como con los adultos que también están reorganizando su día a día.
Rutinas que acompañan la realidad
Durante el receso, sostiene Male, es importante que exista un cierto orden que funcione como sostén. No una rutina rígida ni ideal, sino una organización posible, pensada a medida de cada familia.
“No todas las rutinas sirven para todos”, plantea. Lo que funciona en un hogar puede no encajar en otro. Por eso, la clave está en armar esquemas flexibles, realistas y abiertos a cambios. Las vacaciones traen escenarios diversos: días de viaje, momentos fuera de casa o largas jornadas compartidas puertas adentro. Cada uno de esos contextos implica volver a ajustarse.
El valor del tiempo libre
Hablar de rutina no es llenar la agenda de actividades. Es ofrecer previsibilidad y un marco que ordene el día. Dentro de ese marco, el tiempo libre ocupa un lugar central.
Male invita a animarse a los momentos sin plan, a tolerar la “hoja en blanco” y confiar en la creatividad de los chicos. Cuando hay espacio y tiempo, muchas veces aparecen juegos, ideas y propuestas que sorprenden incluso a los adultos. El aburrimiento, lejos de ser un problema, puede convertirse en motor creativo.
Compartir la vida cotidiana
Otro punto clave tiene que ver con reconocer que, aunque los chicos estén de vacaciones, la vida adulta continúa. El trabajo y las responsabilidades siguen presentes y ahora deben convivir con una casa más habitada.
Involucrar a los chicos en actividades cotidianas —aquellas en las que pueden participar— es una forma de integrarlos al nuevo ritmo familiar y de compartir tiempo real, no siempre pensado como plan especial o recreativo.
Bajar expectativas para disfrutar más
Muchas veces, las expectativas juegan en contra. Se arman planes con la ilusión de que van a ser un éxito y no siempre ocurre. Para Male, la flexibilidad es clave para evitar frustraciones, propias y ajenas.
Las vacaciones son una oportunidad para bajar el ritmo del año, disfrutar más de la presencia de los hijos y conectar desde un lugar más tranquilo. El tiempo pasa rápido y estos meses son valiosos. Vivirlos sin exigencias de más también es una forma de cuidado.
Agradecemos a Male por compartir su mirada, su experiencia y estas reflexiones que invitan a transitar las vacaciones desde un lugar más amable, real y posible, acompañando a las familias en uno de los momentos más intensos —y valiosos— del año.