Ser mamá implica mucho más que las tareas que se ven. Detrás de cada turno médico, cada vianda preparada, cada ida al colegio y cada actividad organizada, existe una lista interminable de preguntas, preocupaciones y decisiones que muchas veces pasan desapercibidas. Esa es la carga mental: todo aquello que llevamos en la cabeza, incluso cuando aparentemente estamos descansando.
Agus Ramos Mejía es mamá de tres hijos y acompaña a mujeres y madres en este camino tan lindo como desafiante que es la maternidad. Desde su propia experiencia, pone en palabras una sensación que muchas mujeres comparten: la necesidad constante de llegar a todo.
Todo lo que llevamos en la cabeza
“Lo que más me costó fue tratar de ocuparme de todo”, cuenta Agus. Y ese “todo” es mucho más amplio de lo que parece.
Porque no se trata solamente de llevar a los chicos al médico o al colegio. También es preguntarse si están durmiendo bien, si están comiendo bien, si están contentos, si les pasó algo en el colegio, si están atravesando algún momento difícil o si necesitan algo que todavía no pudieron expresar.
Son pensamientos que se acumulan y que forman parte de una responsabilidad que muchas veces no tiene horarios ni descanso.
A esto se suma la sensación de que tenemos que poder con todo: ser buenas madres, parejas, profesionales, ocuparnos de la casa, crecer, trabajar y, además, hacerlo de la mejor manera posible.
La exigencia de llegar a todo
Vivimos rodeados de información. Consejos, especialistas, recomendaciones y modelos de maternidad que nos dicen qué deberíamos hacer para criar “bien”. Y, aunque tener información puede ser una herramienta valiosa, también puede convertirse en una nueva fuente de presión.
“Tenemos que ser excelentes madres, excelentes esposas, excelentes amas de casa, excelentes profesionales”, reflexiona Agus.
El problema aparece cuando todos esos roles parecen exigir nuestra mejor versión al mismo tiempo. Cuando sentimos que trabajar como si no tuviéramos hijos y criar como si no trabajáramos fuera posible.
Pero sostener todo tiene un costo.
Y reconocerlo no significa que estemos haciendo algo mal. Al contrario: puede ser el primer paso para empezar a bajar la exigencia.
Aprender a adaptarse
Agus compara la llegada de un hijo con tirar una moneda al aire: no sabemos exactamente qué va a pasar, qué desafíos aparecerán ni qué tipo de maternidad nos tocará transitar.
Lo que sí podemos hacer es aprender a adaptarnos.
Porque cada hijo es diferente, cada familia tiene su propia dinámica y cada mujer vive la maternidad desde un lugar distinto. No existe una fórmula única ni un manual capaz de anticipar todas las situaciones.
Quizás parte del aprendizaje está justamente en aceptar que no podemos controlarlo todo.
Menos perfección, más acompañamiento
Para Agus, uno de los grandes cambios aparece cuando dejamos de buscar una maternidad perfecta y empezamos a valorar una maternidad acompañada.
“Las madres necesitamos menos perfección y mucho más acompañamiento”, sostiene.
Acompañamiento desde el amor, sin juzgar. Con empatía. Entendiendo que cada mujer hace lo mejor que puede con las herramientas que tiene y que no todas necesitamos ni queremos lo mismo.
Porque acompañar no significa decirle a otra madre qué tiene que hacer. Muchas veces significa simplemente escucharla, estar cerca y recordarle que no está sola.
La maternidad puede ser hermosa, desafiante, agotadora, divertida y contradictoria, todo al mismo tiempo. Y quizás no se trata de encontrar la manera de hacerlo todo perfecto, sino de construir redes que nos permitan transitarla con un poco menos de peso sobre los hombros.
Menos exigencia. Menos juicio. Más acompañamiento.
Porque no tenemos que poder con todo para estar haciendo un buen trabajo.
Gracias, Agus, por compartir tu experiencia y poner en palabras algo que tantas madres sentimos. Por recordarnos que no tenemos que poder con todo y que, muchas veces, lo que más necesitamos es acompañarno