Cambio, cambio, cambio. Los tiempos que estamos viviendo se mueven constantemente, y eso nos exige vivir acomodándonos. Cuando sentimos que la “nueva normalidad” se volvió normal, miramos para atrás y podemos ver que la adaptabilidad sigue siendo el recurso más necesario y el que nos llevará a mejores lugares. Porque no sabemos a dónde vamos, pero queremos avanzar. ¿Cómo podemos hacerlo y a la vez estar siempre listos para la próxima disrupción, mientras todo sigue siendo disruptivo? De la mano de Maritchu Seitún vamos a ver por qué es tan importante ser, o ser más, adaptables ante las situaciones cambiantes que no dependen de nosotros. La clave: “amasar los cambios” para hacer de cada crisis una parte valiosa del camino.

“Situación actual de público conocimiento”. Nos cansamos de leer esta frase en todos lados hace más de un año. ¿Pero qué tiene de “actual” que todo siga cambiando un año más tarde? Se volvió permanente este charco de dudas que nos preguntábamos cómo saltar en 2020. Tenemos que gestionar familias, equipos de trabajo, estados de ánimo, proyectos, vacaciones, y mil etcéteras que por momentos sólo se acumulan porque ordenarlos cuesta mucho. Mientras reajustamos planes permanentemente, todo sigue variando. Y cada cambio nos pone a prueba, nos lleva al límite.

Ser adaptables se volvió nuestra habilidad más deseada. La más necesaria. La que grandes y chicos más debemos desarrollar. La que hay que fabricar cuando no aparece sola. La capacidad de adaptación hoy es lo que separa la sonrisa de la queja, porque cuando no elegimos los cambios que se nos presentan, la propia plasticidad define nuestros días y los de nuestro entorno.

La disrupción de cerca

Poder trazar planes con margen de maniobra parece ser la necesidad de todos. “Para alcanzar el éxito debemos aprovechar la impredecibilidad de lo disruptivo y su poder para impulsarnos hacia adelante”, sostuvo hace ya algunos años Whitney Johnson. Esta estadounidense experta en innovación disruptiva viene hace años trabajando -y enseñando a otros a trabajar- en estos temas. Hoy se hizo más necesario que nunca asomarnos a estos conceptos.

La fractura de todo lo que conocemos siempre, siempre trae una sensación de mareo y de inestabilidad. La disrupción consiste en ser capaces de caminar en distintas direcciones para avanzar hacia adelante. El desafío que propone Whitney: aprovechar el envión.

Pero en el mientras tanto, ¿qué hacemos con tanta incertidumbre? Porque para adaptarnos, tenemos que entender bien a qué. Lo primero importante es dimensionar la situación, mirarla de cerca para entender su impacto y preguntarnos bien honestamente cuánto de todo lo nuevo es verdaderamente nuevo.

“Suelo decir que la vida siempre tuvo una enorme cuota de inestabilidad y nos ingeniábamos para no reconocerlo. El COVID-19 nos enfrentó a la incertidumbre, a la no omnipotencia, a la falta de seguridad y de certeza… no es nuevo, solo es nuevo para todos al mismo tiempo”, nos cuenta Maritchu Seitún.

Los padres como «amortiguadores»

Mientras sentimos que el esfuerzo por acomodarnos a situaciones no elegidas es ya algo permanente, muchos nos preguntamos si la adaptabilidad está en todos o se puede desarrollar. Según Maritchu, la capacidad de adaptación nos acompaña desde la panza. Ya durante el embarazo se puede ver que el bebé se acomoda a lo que le toca vivir. A partir del nacimiento se consolida de la mano de las figuras de apego, que acompañan el crecimiento de cada chico en dos sentidos muy importantes. Primero, que pueda acomodarse a las circunstancias de su vida. Y también que tenga confianza e insista sin rendirse para poder hacer cambios en el mundo, sin resignarse ni aceptar pasivamente lo que le llega. El arte de la paternidad consiste en acompañarlos a diferenciar y a desplegar estas dos habilidades.

¿Y qué pasa en las cabezas de los más chicos cuando atraviesan tantas situaciones disruptivas juntas? El niño tiene a sus padres como “amortiguadores” de esos temblores: en la medida en que ellos los reciban y procesen podrán transmitirlas mejor para que lo que pasa a los hijos no los altere o los lastime. Y en el equilibrio está el desafío de los más grandes, porque los extremos nunca convienen: ni negar las situaciones ni angustiarse de más.

La dificultad de todo esto es cómo podemos los adultos transmitir seguridad y calma a los más chicos aun cuando no las tenemos nosotros. Y más cuando venimos arrastrando sensaciones tan complejas desde hace tanto tiempo. Parece que las preguntas cada vez tienen menos respuestas, pero cada vez es más necesario darlas.

Lo fundamental es bajar las expectativas y confiar en los procesos. Para poder adaptarnos a la incertidumbre, Maritchu se apoya en la idea de recorrido. “Me gusta mucho la imagen de un camino con curvas: transitemos con cierta tranquilidad lo que vemos y cuando llegue la curva vamos a revisar la situación y podremos tener claro el panorama para otro trecho del camino”, afirma. “No nos lleva a ningún lado tratar de adelantarnos y controlar lo que no podemos controlar. Cuando lleguemos a ese punto buscaremos opciones hasta tener claridad y así lo transmitiremos a nuestros hijos. A veces sólo podremos decirles que no sabemos, que ya veremos”.

Amasar los cambios

Parece lindo entonces alejarse un poco de nuestra vida cotidiana para que la distancia nos aclare. Si pensamos en la vida pasada y en la que viene, siempre veremos crisis cada vez que las circunstancias cambian. Quizás no son grandes ni duraderas. Pero lleva tiempo, energía y coraje acomodarnos a cada nueva situación, incluso cuando nosotros mismos elegimos los cambios. Aunque sean cosas que deseábamos mucho o ajustes muy chiquitos, salir de la seguridad del status quo siempre moviliza.

Sabemos que toda crisis implica peligro, temor a lo desconocido, inquietudes. Y, a la vez, también brinda la oportunidad de desarmarse y rearmarse. El tema es que como sociedad estamos muy acostumbrados a “celebrar lo celebrable”, a aplaudir los hitos de crecimiento positivos. Cuando la crisis o cambio nos da balance negativo, hacemos exactamente lo contrario: nos cuesta ver lo bueno en ella. Y este hábito cascadea en los comportamientos de los más chicos.

Los seres humanos pasamos por infinitas crisis de crecimiento en toda la vida, desde que nacemos. Cada nueva crisis abordada, amasada, transpirada, conversada y procesada, prepara a los chicos para las siguientes. Y esta elaboración permite ampliar recursos y aumentar la tolerancia al estrés. No podemos desperdiciar las oportunidades que nos da la vida para acompañarlos a afrontarlas.

Incomodidad que inspira

La adaptabilidad ideal es aquella que no sólo nos permite acomodarnos al cambio, sino también disfrutarlo e incluso necesitarlo como parte vital. El desafío de cada uno es transitarlo como parte de un proceso, no como un hueco en el camino que habíamos trazado.

 

Por: Lucía Oliverio – @luchi.oliverio – www.luciaoliverio.com 

FacebookTwitterEmailShare

¡LLEGASTE AL LÍMITE DE LECTURA DIARIO!

Logueate y seguí disfrutando de todo el contenido sin costo.