Unos hombres sabios –la tradición dice que eran reyes– se postraron ante un Niño después de haber preguntado por todo Jerusalén: ¿dónde está el nacido rey de los judíos? Seducidos por conocer al que habían estado esperando durante tanto tiempo, partieron de algún lugar de oriente con la fe puesta en una estrella, la más brillante de todas. Esta los fue guiando durante días y noches, tempestades, frío y calor. Avanzaban presurosos, como quien ansía llegar lo antes posible, hasta que por fin el deslumbrante destello dejó de moverse y, lo que había sido su faro, se posó en una pequeña ciudad llamada Belén.

Yo también llegué al establo para contemplar a Jesús recién nacido, reclinado en un pesebre, lugar destinado sólo para  animales. Él no se queja, apenas llora un poquito cuando tiene hambre o cuando su madre no lo abraza lo suficientemente fuerte como para que no penetre el frío. ¿Dónde está Señor tu realeza? ¿No será que deseas reinar, antes que nada, en mi corazón? Jesús, a partir de ahora ayudanos a estar en lo importante y que desparramemos tu buena noticia por todos los rincones del mundo.

Allí, en aquel pesebre húmedo y frío, Melchor, Gaspar y el negro Baltazar están sobrecogidos de emoción. No se animan a cargar al Niño en sus brazos, apenas son capaces de dejar, a los pies de Jesús, oro, incienso y mirra que, aunque sepan a poco, son sus máximas posesiones. Con la cabeza gacha y un poco de vergüenza a uno de ellos se lo oye susurrar: “Estos regalos, pero sobre todo nuestras almas, son tuyas Señor”.

Su Madre, que es también madre nuestra, sigue deslumbrada y su corazón estalla de alegría. En constante acción de gracias, alabando a Dios por su infinito amor, no deja de mirar al Niño, al salvador del mundo que dormita en su regazo. A un costado, casi afuera del recinto, sin querer llamar la atención, está José, el Justo José. Más amigo del silencio que del alboroto, espía desde lejos. No quiere incomodar a su esposa, y además, testificando su humildad, se considera poco digno ante semejante evento.

Aprendamos también nosotros de esta escena: la fe de los magos, la alegría serena y el sobrecogimiento de María y la humildad atenta de José. Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Eso mismo decimos todos que, poco a poco, advertimos cómo nuestra alma se inunda de amor para abrazar al Niño. Le pedimos a su Madre que nos enseñe a acunarlo como ella lo hizo.

Texto: María Ducós

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