Compartimos una reflexión para vivir estos días de Semana Santa con un espíritu renovado y positivo.

 

Texto: Beato Charles de Foucauld  

La Pascua (palabra hebrea que significa “el paso del Señor entre nosotros”) es el triunfo de la vida sobre la muerte. La Cuaresma no es sólo preparación sino que es anticipo de la celebración de la Vida. El primer anuncio de la Cuaresma es de alegría. Cuaresma no tiene que ser sinónimo de mortificaciones y complejo de culpa. Vivir en la negatividad es hasta blasfemia. En lugar de mortificaciones, vivificaciones. En lugar de privarme de comer algo, invitar a alguien a comer. En lugar de ahorrar para no gastar, poner a disposición de otro lo que necesite y, así, compartir. En lugar de penitencias, conversión. En vez de imponerme la penitencia de no criticar a nadie, proponerme el descubrir las cosas buenas de los demás. En vez de proponerme el sacrificio de aguantar en silencio cuando hacen crítica de alguna aptitud mía, hacer el propósito de escuchar las razones del otro poniéndome en su lugar. En vez de imponerme el sacrificio de no perder el tiempo viendo un programa de televisión, sacar tiempo para compartir un momento agradable en la casa de algún vecino. En lugar de complejo de culpa, sentimiento de poseer la gracia de Dios. Cambiar la actitud negativa de que tengo tantos defectos, tantas limitaciones y de que valgo tan poco por la actitud positiva de que soy una persona de suerte porque Dios se ha empeñado en mí, porque conozco la Esperanza Evangélica, porque cuento con amigos realmente excelentes, porque cuento con un grupo que difícilmente se encuentra, etc. En cierto modo, soy una persona privilegiada y por ello tengo que dar gracias a Dios, a los otros. Estar contento, optimista, sintiendo mucho más la gracia que la culpa. En esta Cuaresma tenemos que hacer la traducción en positivo de la mortificación, del ayuno, del sufrimiento. Porque el Dios de la Vida que sacó a su Hijo de la muerte, nos llama a todos a VIVIR. Cada victoria sobre nuestro egoísmo ya es una parte de Pascua. En lugar de obsesionarme por la manía de mortificar mi hablar, mi pensar, mi actuar, procurar trabajar más por ser más libre, más espontáneo. La libertad es más positiva que la mortificación. En lugar de proponer ayunos, dar limosnas. Incitar a la solidaridad. Ya lo dice el Señor: “el ayuno que yo quiero, que a mí me gusta, es visitar al huérfano y a la viuda y abrir tu carne al necesitado”. La solidaridad es la forma concreta hoy día de practicar la caridad. No busquemos sufrimientos artificiales para ser virtuosos, sino que compartamos solidariamente el sufrir de los demás, para así ir superando todo sufrimiento.

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