Así nombró Esteban Mazzoncini a su nuevo libro de crónicas de sus viajes por Asia, Europa y Latinoamérica. Fascinantes historias alrededor del globo.

Fotógrafo y cansado de su rutina en Buenos Aires, un buen día Esteban Mazzoncini empacó algunas cosas y voló hacia Malasia. La aventura había comenzado. Este apasionado de los viajes, soñaba desde chico con explorar el mundo para ser testigo de la inmensidad de realidades a las que está expuesto el hombre. Lleva ochenta y siete países visitados, más de 435.000 km recorridos por África, Europa, América y Asia, su continente favorito.

En su último libro “Desafía tus rutas”, relata cómo fue cumplir ese desafío propuesto hace casi dos años: dejar todo para salir a dar la vuelta al mundo sin una fecha de regreso. Dejar las rutinas y el trabajo fue duro pero siempre, para confirmar su propósito, se repetía: “todo esto es para cumplir mi sueño”.

Primero unió Malasia con Uzbekistán, el país de la seda, de las mezquitas y de los palacios suntuosos. Viajó a dedo durante veinticinco mil kilómetros por este fascinante destino de Asia Central, comió en los mercados populares y se hospedó gratis en hostels a cambio de publicidad en su blog. En este gran periplo sólo gastó 95 dólares en 14 días.

Después de haber viajado a dedo por el desierto de Mongolia (el país menos densamente poblado del mundo), por la soledad de Siberia, por Ubud, un pueblo en la isla indonesa de Bali, por las gigantescas montañas de Tayikistán, entre otros destinos de Asia Central, llegar a Europa suponía que la suerte de hacer auto-stop se multiplicaría por los aires, pero para su desconcierto no fue así.

La aventura por los Balcanes, una de las grandes penínsulas al sureste de Europa, constituyó una “cachetada a su orgullo”. Veía la cara de desaprobación de los búlgaros al pasar sin detenerse por la ruta que lo llevaba a Valiko Tarnovo, el centro cultural del norte del país, y pensó que su suerte había cambiado por haberse sacado la camiseta de Argentina que solía ponerse para que lo identificasen. Hizo el cambio de ropa pero todo siguió igual. Sólo lo separaban 100 km de su destino y llevaba tres horas allí, a orillas de la ruta, sin conseguir ningún resultado. Gracias al cielo, un chico que salía con su novia de un campo pudo acercarlo seis kilómetros hasta una intersección más transitada, un segundo auto colaboró con otros doce kilómetro más y un camionero fanático de Agüero y Maradona lo condujo hacia Veliko Ternovo.

Los imprevistos forman parte del viaje, por eso Esteban confiesa que no hay nada mejor que desatarse a los horarios y ser flexibles, porque los tiempos en países y culturas tan diferentes son inmanejables. Llegó a Skopje, la capital de Macedonia, gracias a su paciencia. En la frontera, se paró en el control policial y agudizó el oído: cuando escuchó que una pareja se dirigía para allá, les mostró el cartel que llevaba escrito en un cartón y al poco tiempo estaba en este centro industrial de sur de la región balcánica.

Kosovo, haciendo añicos la imagen que se popularizó sobre caos y desorden, lo sorprendió muy gratamente. Pristina, su capital, es verdad que no tiene el encanto de la mayoría de las ciudades europeas, pero también hay que entender que este estado de controvertido reconocimiento internacional de su independencia, es un pueblo muy sufrido.

A la bahía de Kupari, muy cerca de Dubrovnik, uno de los centros turísticos más importantes del Mar Adriático, no llegan las oleadas de turistas que año a año invaden la ciudad vecina. Se caracteriza por los restos de edificios de un centro de vacaciones de lujo construido en los años sesenta, antes de la gran guerra serbo-croata, por el Mariscal Tito. El paisaje por los deteriorados hoteles es abrumador. Sillas tiradas, recepciones quemadas, hierro torcidos y muchas balas de cañones hacen que el lugar, paradisíaco, tengo un sabor semi-amargo por la historia que acarrea.

El viaje de Esteban sigue, todavía le falta por recorrer Montenegro, Bosnia Herzegovina y Serbia para terminar con la Península Balcánica. De allí, Medio Oriente lo espera y, lejos de infundirle el miedo generalizado que se desprende de estos países árabes, su impresionante cultura es digna de conocer y entender. Hacía allí se dirige la aventura que pueden seguir leyendo en su nuevo libro “Desafía tus rutas”, una fiel inspiración para animar a otros viajeros a emprender el sueño de sus vidas.

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