Texto: Milagros Lanusse – Fotos: Rosario Lanusse

Nos trajeron sin consultar. Aparecimos grotescamente indefensos, dependientes, descubiertos. Y llegamos a un mundo poblado de ojos que nos escrutaron desde el comienzo, y nos amaron de un modo absurdamente enorme. Algunas de sus miradas cargaban expectativas y otras algo de celos, algunos nos miraron de reojo y otros clavaron su vista hasta hacernos estremecer.

Mundo cargado de seres que nos amaron de modo inconsciente y casi animal cuando nacimos y que siguieron haciéndolo de modo complejo más adelante, prescindiendo un poco del instinto y volviéndose un amor humano, compuesto, igualmente profundo pero mucho menos sencillo. Crecimos y devenimos en partícipe activos de aquella sociedad variada, imperfecta y fluctuante, impredecible y felizmente llamada familia.

Colonizamos entonces ese mundo con nuestras propias banderas, compartiendo la conquista todos los días con esos otros, y en muchos casos continuamos poblándolo y trayendo nuevos miembros a esa tierra de lazos. Miramos alrededor para encontrarnos tan parecidos a tantos y tan literalmente opuestos a otros; o tan iguales en tanto a algunos y tan diferentes a esos mismos en otros lados. Reconocemos nuestro reflejo para arriba y para abajo, en quienes vinieron antes y en quienes nos siguieron. Y también a veces en quienes no comparten nuestra sangre pero sí nuestra tribu.

Personalidades dispares, historias cruzadas, vocaciones distintas; hábitos compartidos, repetidos, diversificados, cambiados, olvidados. Diálogos de muchas voces y también silencios prolongados, buscados o impuestos; tiempo juntos, ausencias, distancias y reencuentros. Encarnamos sus valores y los transmitimos, los vemos continuarse y a otros los vemos partir. Extrañamos lo que era y tememos a veces lo que vendrá después; olvidamos a veces el detalle que hace del presente un regalo, como la propia palabra lo expresa. Pasamos tiempos en que omitimos la gratitud y otros tiempos en los que toda esa gente nos resulta perfecta para nosotros, aun cuando carga con una larga fila de imperfecciones.

Vemos a la familia agrandarse y volverse elástica cuando se marchan lejos algunos de sus miembros; añorar otros tiempos cuando se complican los que corren y abrazarse fuerte cuando la pena o el gozo lo invaden todo. Y siempre el afán por no perder esos vínculos, que son los primeros, y de honrar a esa familia que es, tal cual es, nuestro primer núcleo, nuestro nido de regreso, nuestra raíz, eje, futuro y nuestra cotidiana realidad.

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