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Era un pueblo de pescadores al que una vez llegó una de las mujeres más famosas del mundo. Junto a su novio, buscaban poder descansar en un lugar alejado de las luces y el ruido ensordecedor de tanta fama. Dicen que en los años 60 no había electricidad, ni teléfono y que poder llegar al ese lugar ya era toda una aventura.

Texto: Victoria Portillo

Ella se enamoró tanto de lo que vio, que al regresar no pudo guardar el secreto. Frente a la prensa, sus palabras tuvieron más repercusión que cualquier guía Lonely Planet. Fue imitada por montones de turistas que desde diferentes partes del mundo quisieron conocer aquel lugar del que tanto se hablaba. Fue ella, Brigitte Bardot, quien convirtió a Buzios en lo que algunos llaman el St. Tropez de Brasil.

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Desde poco tiempo después de aquella visita, una ley aún vigente custodia la arquitectura del lugar en el que ninguna construcción puede tener más de dos pisos. A Buzios siempre la acompaña el cielo. Las casas y posadas se encuentran ubicadas en forma escalonada en los morros tan llenos de vegetación desde donde, mirando el mar y las embarcaciones, por momentos creo estar en el sur de Italia.

Es una península en la que se pueden encontrar como veinte playas diferentes, cada una con sus características. Geriba, Tartaruga, Praia Brava y João Fernandes son algunas de ellas. Uno puede elegir cuál visitar dependiendo de lo que se quiera hacer. Windsurf, surf, buscar con la mirada peces a través de un snorkel, stand up paddle, andar en kayak, leer un libro, sentarse a comer el más delicioso peixe, jugar entre chiquitos, caminar de la mano de alguien o sentarse en un bar asomado a la arena que nada tiene que envidiarle al más concurrido de Ibiza. La lista es muy grande porque en este lugar podés hacer un poco de cada una de aquellas cosas que soñás hacer cuando pensás en vacaciones. Hay para todos los gustos.

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Buzios es otro de los lugares a los que se suele regresar.

De noche, su famosa Rua Das Pedras, la callecita de adoquines, es el paseo de muchos. Tantos restaurantes, galerías de arte, barcitos y negocios parecerían estar allí acompañando a Chez Michou, un bar de waffles que es el más concurrido. Dicen que es aquí en donde alrededor de las siete de la tarde se puede calcular la cantidad de gente que hay en Buzios.

Llegué a este lugarcito del mundo por primera vez en el año 96 y desde entonces, cada vez que lo visito, me quedo en el mismo lugar. Ricardo es un argentino que hace veintiséis años decidió dejar su cómoda vida de traje y corbata aventurándose en la búsqueda del estilo de vida que siempre había soñado. Lo logró: él es el alma de Baia de Joao, y yo, que conozco bien su esencia, no podría elegir otra posada. Asomada a la playa João Fernandes, vuelvo de tanto en tanto a encontrar parte de mi propia historia.

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Me siento en su terraza, al borde de la pileta y observo a los turistas atentos a las indicaciones de este argentino que sabe disfrutar tanto la vida. Muchos de ellos, cuando regresan de su día de playa, son recibidos con una copa de vino y una charla distendida.

No es estrategia de un dueño que quiere un buen comentario en Internet. Este argentino en Buzios es así desde siempre. Desde allá lejos en el tiempo en el que siendo el padre de quien era mi mejor amiga acompañó tanto mi niñez. “Fantástico” es una palabra que se la he escuchado toda la vida porque para él el camino está lleno de cosas asombrosas. Cuando me gana la incertidumbre o me acostumbro a lo que veo, vengo a visitar a quien, con lo simple, sabe mostrarme mejor que nadie lo fantástico de la vida.

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Dicen que a andar en bicicleta uno nunca se olvida, que sólo basta con volver a subirse a una y largarse como aquella primera vez. Quien me enseñó a pedalear fue él y yo cada vez que me olvido de lo que soy capaz, vuelvo a Brasil, a Buzios, a ver a Ricardo en su querida Baia de Joao.

¡Hasta el próximo Postales!

Vicky,
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