El juego nos obsequia el placer de estar juntos siendo protagonistas de una misma escena. Se va desplegando de diferentes formas y se va complejizando en las etapas de la vida, pero es en las cercanías del cuerpo de la mamá, donde el JUEGO «como espacio de encuentro» comienza a dar sus primeros pasos. 

Texto: Lic. María Catarineu | Fotos: Rosario Lanusse

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¿Quiénes son aquellos que se encuentran en esta misma escena? ¿Cómo se despliega la semilla de juego?

A lo largo de nuestra vida, suele ocurrirnos que, al esquivar a un grupo de niños correteando al grito de “mancha” o al observar a dos niñitas “cocinando” con arena, o al escuchar en alguna tertulia de abuelos el grito de “truco”, nos asalte esta pregunta… ¿En qué momento de la vida abre sus puertas el juego?
Para que estas instancias de juego ocurran, deberíamos dar marcha atrás a las manecillas del reloj, situarnos en los primeros tiempos de la relación temprana entre la mamá y su bebé. Desde los primeros momentos, ya desde el seno materno, en los pequeños golpeteos y cosquillas intrauterinas, comienza a gestarse poquito a poco un espacio lúdico entre “dos” que son protagonistas. Y es allí en ese tiempo, en esa secuencia, sin prisas pero con pausas, donde “dos” comienzan a sentirse, a conocerse, a encontrarse.
La mamá y su bebé van gestando un encuentro de disfrute en ese juego de roces, arrullos y golpeteos. Juntos llenan sus corazones de ilusiones y deseos, hasta que por fin, luego de “varias lunas”… ¡estrechan sus miradas en el nacimiento! En el andar de caricias y aromas se buscan, se descubren y se acurrucan. ¿Pero, dónde aparece entonces el juego? ¿Cuál es su modo? ¿Cómo es su forma?
 
JUGAR, ESTAR, DESPERTAR
En el placer de estar juntos, allí aparece el juego. Allí se abre, en ese espacio, desde esos primeros encuentros, en ese primer apego repleto de sabores. La mamá lo mece, lo acaricia, lo alimenta, le ofrece su sonrisa.
A veces ocurre en el despertar matutino, en los olores y desenvolturas del cambio de pañal, o tal vez en el momento de arroparlo después del deseado baño. La mamá lo envuelve con la toalla, lo recuesta en su cama, lo seca y de pronto cubre suavemente el rostro de su bebé… “¿cu – cu? ¿Dónde estás?”. Espera en silencio… El bebé gira hacia los lados, agita sus pies y sus manos para descubrirse, la busca con su mirada y finalmente… ¡suenan las risas al encontrarse!
¿Cómo sucedió esa escena? ¿Cómo ocurrió ese soplo de iniciativa, de curiosidad? En la cercanías de su mamá, que es, la que paso a paso, le va ofreciendo, mostrando ese mundo que rodea a su bebé y muchas veces sin saberlo, sin darse cuenta, va imprimiendo juego en la simpleza de las rutinas cotidianas.
En esos instantes de disfrute, en ese tiempo de juego, todos los potenciales del desarrollo comienzan a activarse. Como un abanico que se abre, una función tira y despliega la otra. Aparece una vocalización que llama a su mamá y se despierta la exploración. El bebé la busca con su mirada, mueve sus piernas para descubrirse y carcajea de placer. Las áreas del desarrollo comienzan a abrirse de manera integral. El lenguaje, el despliegue de la motricidad, el nacimiento de su inteligencia. Todas las áreas juntas se enriquecen y se nutren en un mismo instante.
Es allí entonces, en el transcurrir del día a día, en ese pasar de las horas, en esa rutina tan conocida, donde nos aguardan en cada rincón del hogar estos tiempos de juego, donde nos roza constantemente la oportunidad de “descubrirnos” en esos espacios de encuentro, fortaleciendo paulatinamente la construcción de un vínculo. Es la mamá entonces, la portadora de la semilla del juego. Y es “en juego” donde el bebé se va apropiando de la realidad que lo rodea.
 
 
MÁS INFORMACIÓN:
María Catarineu, desde Rayuela, un espacio para la prevención y la promoción de la salud del niño que rescata el valor del juego como experiencia en el desarrollo, trabaja mediante dinámicas vinculares del juego entre la mamá y su bebé.
FB: Rayuela tiempo de juego
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