Nelson llegó a Nueva York, desde República Dominicana, hace veinte años buscando, como muchos, poder trabajar para ayudar a su familia. Desde entonces trabaja en un taxi recorriendo la ciudad mientras escucha bachata. “¿Sos feliz?”, le pregunto adivinando su respuesta.

Texto: Victoria Portillo

“No soy muy feliz, pero estoy bien -contesta-. Trabajo mucho, tú sabes, en esta ciudad no hay tiempo para nada. En dos años me regreso a mi tierra. Estoy construyendo una casa allí para volverme, yo aquí no me voy a quedar mucho tiempo más”.

Quise preguntarle cuantas veces postergó su regreso por “dos años más”, pero me contuve. ¿Cuál es la razón por la cual hay gente que no es feliz aún habiendo logrado lo esperado?

Cuentan que en esta ciudad, el resultado es proporcional al esfuerzo; que si tu voluntad es acompañada por el sacrificio o por una buena idea, podrás llegar adonde quieras. Dicen también que hay público para todo, y que cualquier proyecto que se tenga, por más loco que parezca, puede ser posible.

La mayoría trabaja para alguien más o para alguna gran corporación, viviendo en una carrera hacia sus obligaciones. El tiempo es tan preciado que hay quienes lo tienen cronometrado desde que salen de sus casas hasta el trabajo, sabiendo en qué lugar exacto del andén pararse a esperar el subte para así bajarse lo más cerca posible de la salida hacia la calle.

Los minutos equivalen a dinero, y hasta una milésima de segundo cuenta a fin de mes. Nueva York es una ciudad en la que una gran mayoría está produciendo, mientras que otros están esforzándose por comenzar a hacerlo. Debido a esto, no hay demasiado espacio para otras cosas, es una ciudad llena de soledades. Son muchos los latinos que deciden amoldarse a esta forma poniéndole una fecha a su retorno. De esta manera engañan a la realidad y viven renegociando consigo mismos. La lucha interna de los expatriados parece ser siempre la misma: las oportunidades por un lado y el afecto por el otro.

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Nelson me cuenta que casi no tiene amigos porque, dice, la amistad como él la vivía acá no existe. Uno se vuelve egoísta. “Aun siendo latino, cada cual está en su carrera”, dice resignado. La gente embala y se muda sola. Habiendo levantado un departamento en Buenos Aires con ayuda de amigas, esto es algo que me llama la atención. Nadie pide una mano porque lo que se siente es que pedirle tiempo a alguien es demasiado. Quienes suelen ofrecerla acostumbran a ser siempre los recién llegados.

Hace poco conocí a una argentina que hace ya cinco años vive en esta ciudad. En un par de meses se mudará a España. Lo decidió cuando sus amigos la dejaron sola en un cuarto de hospital. Ninguno de ellos podía desentenderse de sus obligaciones. Para los que, como ella, se mudan solos sin pareja o familia, el precio por la oportunidad de trabajo es muy alto. La búsqueda de un amor se vuelve una prioridad. Es por esto que existen tantos sitios de Internet para poder encontrarlo.3

Sentada en el taxi de Nelson recuerdo a Brian, un americano a quien se le ocurrió ayudar a otros hombres a no sentirse tan solos. Con un megáfono en una estación de subte, ofrece un instructivo de cómo conocer mujeres en un subte. Por este librito la gente paga diez dólares. El pequeño manual que escribió y vende está repleto de tips que van desde usar traje y pasearse por los vagones sosteniendo algún libro conocido de pensamientos profundos, hasta meditar de noche junto a un CD que este mismo autor vende en su sitio de Internet. Y este señor, puede pagar parte de sus cuentas e intentar ayudar a otros con esto que a muchos nos parece una payasada.

Me despido de Nelson, deseando que pueda terminar de construir su casa para volver a su país. Y decido, hasta regresar definitivamente, volver más seguido al mío, para no olvidarme de ser y disfrutar la amistad argentina.

 

Vicky.
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