
En un mundo donde las pantallas captan la atención en segundos y la inmediatez parece dominarlo todo, detenerse a leer un cuento puede convertirse en uno de los momentos más valiosos del día.
No solo porque fomenta el hábito de la lectura, sino porque fortalece los vínculos, despierta la imaginación y ayuda a los chicos a poner en palabras aquello que muchas veces todavía no saben expresar.
Así lo entiende Agustina Lynch, escritora y narradora de cuentos infantiles, creadora de @lavacaensuhamaca, quien desde hace años acompaña a familias a través de historias que abordan las distintas etapas de la infancia.
“Si querés que tus hijos lean más, primero preguntate: ¿cuánto estás leyendo vos?”, plantea.
Para ella, el ejemplo de los adultos es el punto de partida. Los chicos aprenden observando, por eso no alcanza con pedirles que lean: también necesitan ver a los grandes disfrutar de un libro.
Pero la lectura va mucho más allá de un hábito.
“Quien lee un cuento transmite mucho más que una historia. Transmite su voz, su mirada, sus emociones. Ese momento compartido genera un vínculo muy especial.”
El valor de hacer una pausa
En tiempos donde todo sucede de manera inmediata, Agustina invita a recuperar algo que parece haberse perdido: el aburrimiento.
“Hoy todo es tan inmediato y tan visual que los chicos están perdiendo la capacidad de aburrirse. Y cuando no hay espacio para aburrirse, tampoco hay demasiado lugar para imaginar.”
Lejos de verlo como algo negativo, lo considera el punto de partida de la creatividad.
“Cuando me preguntan cómo se me ocurren los cuentos, siempre respondo lo mismo: primero me aburro. Cuando la cabeza se detiene, aparece la imaginación.”
Un ritual que deja huella
No existe una fórmula mágica para que un chico se convierta en lector, pero sí pequeños gestos cotidianos que hacen la diferencia.
Encontrar un momento del día para compartir un cuento —muchas veces antes de dormir— puede transformarse en un ritual familiar que fortalece el vínculo y crea recuerdos para toda la vida.
Más que la cantidad de libros o el tiempo disponible, lo importante es la constancia y el disfrute compartido.

Cuando un cuento dice lo que un chico no puede
Uno de los mayores valores de la literatura infantil es su capacidad para abordar emociones y situaciones difíciles sin hacerlo de manera directa.
“Hay muchas cosas que a los chicos les cuesta poner en palabras. Y muchas veces a los adultos también nos cuesta encontrar la forma de hablar de ciertos temas.”
Los cuentos funcionan como un puente.
Cuando un niño se identifica con un personaje, puede reconocer sus propios miedos, enojos o tristezas sin sentirse expuesto. La historia le ofrece un lenguaje para comprender lo que siente y la confianza para compartirlo.
Agustina recuerda una experiencia que la marcó profundamente durante una firma de libros en la Feria del Libro. Una chica se acercó con su cuento sobre bullying para que se lo firmara. Pero, en lugar de abrirlo en la primera página, lo abrió en la última, donde el libro invitaba a quienes estuvieran siendo lastimados a contarlo.
“En ese momento entendí que, a través del cuento, me estaba diciendo lo que le estaba pasando.”
Agustina habló con el papá de la chica y, tiempo después, él le escribió para agradecerle. Gracias a ese gesto pudieron descubrir la situación que estaba viviendo y acompañarla.
Para ella, ese episodio resume el verdadero poder de los cuentos: abrir conversaciones que, de otra manera, quizás nunca empezarían.
Lo mismo ocurre con situaciones cotidianas.
“Si un chico no quiere irse a dormir y le decís ‘relajate’, probablemente no te escuche. Pero cuando ve que la vaca del cuento relaja las patas y se queda dormida, empieza a hacerlo él también. No se lo estamos diciendo directamente; lo descubre a través de la historia.”
Los hermanos, el primer gran aprendizaje
En su libro La vaca va a ser hermana, Agustina pone el foco en una relación tan desafiante como maravillosa: el vínculo entre hermanos.
Aunque muchos creen que la historia trata principalmente sobre la llegada de un nuevo bebé, en realidad habla de todo lo que sucede después: los celos, las peleas, la complicidad, las reconciliaciones y el amor que se construye todos los días entre hermanos.

Como suele decir Agustina, repitiendo una idea que aprendió de Maritchu Seitún: la casa y los hermanos son la primera cancha donde los chicos practican para la vida.
Es ahí donde aprenden a compartir, negociar, esperar, pedir perdón y cuidar al otro: habilidades que más tarde llevarán al jardín, al colegio y al resto de sus relaciones.
Y ese aprendizaje queda resumido en la frase con la que cierra el cuento:
“Cuando tenemos hermanos va a haber peleas, celos y llantos. Pero qué lindo es tener a alguien a quien querer… y que te quiera tanto.”
Porque, al final, un cuento nunca es solo un cuento.
Es una oportunidad para detener el tiempo, compartir una historia, abrir una conversación y acompañar a los chicos mientras descubren el mundo… y también a ellos mismos.


Gracias, Agus, por abrirnos las puertas de tu universo y recordarnos que detrás de cada cuento hay una oportunidad para imaginar, crecer y encontrarnos en familia.