Si cada uno de nosotros es un hilo de color con características propias, la sociedad es un gran entretejido que se nutre de las diferencias y se sostiene en los vínculos.

Texto: Eduardo Cazenave

¿Qué es ser un buen padre? ¿Quién es un hijo modelo? ¿Cómo es el buen alumno? ¿Cómo hay que ser? Soy de una generación que creció marcada por un reglamento, un modelo a seguir, un “deber ser” fuerte sobre el cual sostuvimos nuestros modales, construimos nuestras relaciones y juzgamos a todos, incluso a nosotros mismos. Cumplir el reglamento nos hacía dignos. El que no seguía el libreto era el distinto, el rebelde, el diferente. Eso se instaló también en los chicos, las escuelas, los clubes y los barrios. A los varones les tenía que gustar el fútbol o el rugby, si no eran raros. Las chicas tenían que bailar, jugar al hockey y ser flacas. Si a cierta edad no estabas casada, eras una solterona. Si te dedicabas al arte o a la filosofía eras un hippie. Nos volvimos personas seguras sólo frente a lo igual y temerosas frente a lo diferente. Necesitábamos de reglas claras, estrictas, concretas. Nos convertimos, sin darnos cuenta, en una comunidad industrial en la que todo debía salir idéntico, pasando por el mismo proceso y hecho de la misma materia prima.
Mas llegó el tiempo de valorar la diferencia, porque en el entramado de los distintos hilos, en el amor puesto por quien teje, en la entrega y confianza de quien se deja tejer, se integran las diferencias y formamos todos parte de un mismo tejido llamado vida.

Todos somos diferentes
Cada hijo es único, cada pareja es única, cada relación de un amigo con otro es única. El hecho de que seamos diferentes es lo que hace interesante cada encuentro, cada beso, cada abrazo y cada vida. Si el arco iris fuera de un solo color, no sería arco iris. Todos tenemos capacidades distintas. No somos iguales, no tenemos que ser iguales, no queremos ser iguales. Sería aburrido, sería absurdo, sería incluso antinatural. Lo que hace atractivo un telar artesanal es el colorido único que tiene el tejido, pero además, las distintas formas en que se puede tejer una trama.

Cadenas de unión
En Roma hay una iglesia cerca del Coliseo llamada San Pietro in Vincoli en donde se exponen las cadenas con las que estuvo atado San Pedro. Vincoli significa “cadena” y de ahí deriva la palabra mágica: vínculo. Lo que se vincula se une, se entrama, con distintas técnicas, diseños y agujas. Cuando las partes se mezclan de manera completa, en la que se juega todo su ser, eso se llama amor. Así se construyen las familias, los amigos, las comunidades, en base a vínculos sólidos, a compromisos fuertes, a historias y tiempos compartidos, haciendo que no sólo la persona sea única sino también la relación. No hay una sola forma de amar, de creer, de soñar, de vivir, de crecer. Todas son distintas, irrepetibles, sagradas, y a su propia modo, bellas y admirables. El secreto está en la trama, en el punto del tejido, en la confianza mutua con la que cada hilo se deja atar al siguiente.

¿Reglamento o caos?
Ésta es la falsa opción. Claro que hay técnicas que nos ayudan a tejer mejor, aprendizajes que se pasan de generación en generación, normas que contribuyen a dar respuestas. Pero si cada uno de nosotros es distinto, vive en un tiempo único, y nuestras relaciones con el otro también son únicas y distintas, entonces no hay respuestas definitivas. Hay preguntas que también se entretejen, opciones que se eligen, errores que se cometen, puntos que tejer y a veces otros que destejer para volver a empezar. De eso se trata la vida.

El gran tejedor
A medida que crecemos, vamos armando un entramado que a veces duele, pero que sólo puede construirse si nos soltamos, si nos entregamos a la trama, si dejamos que el Gran Tejedor nos vaya entrelazando por los caminos que solo Él conoce y que nos invita a elegir dejándonos querer y queriendo con locura. Hay algo más grande que vos y yo, que somos tan sólo los hilos del tejido. Hay una magia llamada “nosotros”, un fuerte vínculo que se llama “amor” y un Gran Artesano que sólo quiere que seamos felices. El gran secreto del tejido de la vida es más fácil de lo que parece y, al mismo tiempo, a veces nos cuesta tanto. Lo digo bajito, para mí mismo, y lo comparto con vos que estás leyendo. Casi como un susurro, al oído. El secreto es éste: “dejate querer”.

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Eduardo Cazanave
El autor es filósofo, rector general del colegio San Juan el Precursor y profesional en Fundación Padres.

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