La inteligencia emocional es clave para el desarrollo laboral. Las relaciones en el espacio de trabajo se juegan cada día, y esta herramienta puede generar un cambio muy importante ya que las emociones son parte de nuestro día a día.

Texto: Andrea Saporiti*

La inteligencia emocional ha sido definida por los psicólogos Peter Solovey y Johon Mayer, de la Universidad de Yale, como la capacidad de una persona de sentir, entender y controlar los estados anímicos propios y ajenos. En los últimos años, Daniel Golman ha demostrado que estas capacidades pueden aprenderse desarrollando diferentes programas que se han aplicado en el ámbito educativo.

Durante mucho tiempo se pensó que un alto nivel en el coeficiente intelectual era necesario para el éxito laboral. Sin embargo, los aspectos emocionales no pueden ser dejados de lado. De ahí la importancia del aprendizaje e integración de estas capacidades para un mejor desempeño en las relaciones de trabajo.

En el ámbito laboral, el tiempo y la atención que le dedicamos a las relaciones interpersonales es clave para lograr un buen clima de trabajo y el logro de los objetivos propuestos.

En el espacio laboral muchas veces la expresión de sentimientos puede ser mal entendida, llevando a un descontento personal y creando un alto nivel de tensión.  Poder reconocerlo es el primer paso para su resolución, pero también es fundamental aprender a comunicarlos de manera clara y precisa.

En este sentido, la comunicación es la base para toda relación. El desarrollo de las habilidades sociales permite un reconocimiento de las propias capacidades y las de los otros, factor esencial para el trabajo en equipo.

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El desarrollo de la inteligencia emocional implica dos aspectos a tener en cuenta para su aprendizaje: por un lado un aspecto intrapersonal que implica la capacidad de la persona de conocerse a sí misma; por otro, un aspecto interpersonal, que corresponde a la capacidad de relacionarse con los otros.

Las habilidades que se ponen en juego para la integración de estos dos aspectos son la confianza en uno mismo, la valoración personal y la autoconciencia. Estas prácticas permiten desarrollar la empatía, la motivación y la capacidad de escucha activa.

El beneficio de aprender estas habilidades permitirá que el trabajo, y especialmente el trabajo en equipo, mejoren en la resolución de conflictos y haya una mayor cooperación entre sus integrantes.

El desafío en estos tiempos es comprender que la integración entre lo que una persona siente, piensa y actúa lleva a una vivencia de su unidad personal clave para la coherencia en la vida personal y laboral.

 

*Más Información:
Andrea Saporiti, Magíster Matrimonio y Familia por la Universidad De Navarra, España; Psicóloga por UCA; Prof. Instituto de Ciencias para la Familia por la Universidad Austral.

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