Texto: María Ducós

Lo primero que se me ocurre al conocerla personalmente a Marina Lassen después de haber leído su libro “El cuerpo no calla” es la palabra valentía. Al escucharla hablar, al entrar en su mundo, me sentí demasiado interpelada frente a una mujer que ya dio el primer paso en busca de un sentido en medio de la enfermedad. Ya no importa si ésta o aquella droga dejan de hacer efecto en un cuerpo que se revela ferozmente, que no da tregua y que parece incontrolable por momentos, el verdadero tesoro en su historia con el Parkinson es el coraje para desnudar su alma por completo y volcarla en un libro, un manuscrito que fue la llave para aceptar esta realidad con alegría y optimismo. Por supuesto que es una enfermedad que nunca se eligió, que nunca estuvo en ningún plan y que cayó como baldazo de agua fría, pero enérgicamente fue ganándose un lugar en su día a día y hoy forma parte de las entrañas no solo de Marina, sino también de su familia y amigos más cercanos.

En un mundo en donde nos venden apariencias por realidad, y donde nos hacen creer que ya la verdad quedó relegada a un segundo plano, otra vez gana el ejemplo de la autenticidad. Acá se revela un poco el clic que hizo Marina en su viaje de aceptación. “Basta de mostrar alguien que no soy, de hacer grandes esfuerzos por aparentar normalidad”. Marina ya intentó convencerse y convencer a los demás de que el Parkinson era algo ajeno y lejano, y de que era mejor ocultarlo, de que el mundo no se enterase de su presencia y de simular vivir una vida que no era la suya. Dolores de cabeza, gastritis y mucho vacío se mezclaban como un tónico perfecto para darse cuenta de que ese no era el camino.

Y un día, todos los esfuerzos por esconderse resultaron en vano y se dijo a sí misma que acá estaba su límite y que ya no podía vivir en las sombras de su vida, relegando sus amistades y su familia para ocultar el Parkinson. Al descubrir que el rostro genuino de una enfermedad aceptada abre las puertas a la paz, a la tranquilidad, a la certeza de llevar las riendas de la vida con fuerza, todo empieza a tener otro color y otro aroma. Amanecía un nuevo despertar.

Conexión entre Buenos Aires y Moscú

Marina me recibió en su casa de Beccar, una casa impecable, pensada hasta el último detalle por ella y su marido, ambos arquitectos. No escatimaron en dejar entrar la luz por cada rincón y los amplios ventanales hablan de un hogar generoso y hospitalario, de una calidez maravillosa. Mientras dos perros salchichas nos miraban desde el jardín, empezamos una conversación tan agradable que parecía que nos habíamos alejado un poco de Buenos Aires.

Es que en realidad mi cabeza vagaba por Moscú y San Petersburgo. Su apellido nórdico trasluce sus raíces y su origen, y hasta allá viajó en busca de algo más. Fue su abuela materna Nadezhda Ivanovna Mateev, traducido en el nombre de Esperanza cuando se instaló definitivamente en Argentina, su fuente de inspiración para iniciar esta travesía. Reviviendo la historia de sus abuelos exiliados por un régimen absurdo, Marina hizo realidad la promesa hecha a su “Babita” y partió hacia Rusia.

Llegaba sintiéndose una extranjera en su propio cuerpo, sin encontrar el rumbo de su vida y quiso encarnar los mismos sentimientos que tuvo su abuela al dejar su casa, su ciudad, su país natal. Haber tapado el tema durante tantos años, haciendo como si no existiese, hizo que Marina empezara a encerrarse en Internet a investigar sobre Rusia y sus antepasados. También comenzó a escribir en un blog y a ser parte de un foro de pacientes de Parkinson que, en vez de infundirle ánimos y energía, aumentaba tremendamente su ansiedad. Del otro lado del mundo, escuchó cómo su abuela la fue guiando y así, dejándose llevar, pudo encontrarse con su costado más tolerante, más optimista, y supo que eso que había venido a buscar ya lo había encontrado.

Dios siempre gana en amor

De su abuela también absorbió la gran fe que tenía y aunque estuvo un poco apagada durante algunos años, con la llegada de la enfermedad floreció y fue su gran sostén. Como siempre sucede, Dios se adelantó y fue a su encuentro en un retiro. Desde ese entonces, el miedo a la muerte disminuyó y la aceptación de este panorama la hizo sentirse más viva que nunca, y de alguna forma se empezó a curar, capaz no del Parkinson puntualmente pero sí de la aridez de su alma.

Junto con su fe, Marina descubrió su pasión por escribir y todo esto la ayudó a empezar a hablar de su enfermedad, a contar sus miedos e inseguridades, y poco a poco a aceptarla como parte suya, y dejarse ver tal cual es. Volver a relacionarse con amigas que había dejado de lado, con su familia más cercana, y aceptar su vida, que esto no quiere decir bajar los brazos sino dejar de pelearse con ella misma, le devolvió la actitud positiva necesaria para asumir su realidad. Un testimonio de que la actitud es el arma más poderosa para enfrentar las adversidades.

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