En estos tiempos en que los jóvenes vemos el futuro con gran incertidumbre, con líderes cada vez más difusos y una enorme masa de información que nos desvía de los valores que siempre han sido los estandartes para acertar el rumbo, emergen figuras con testimonios contundentes e instituciones que, pese a la crisis ética y educativa, toman las riendas para ofrecernos un contacto con estos modelos de vida auténticos.

Texto: María Ducós – Ilustración: Paz Birba

La editorial Logos es una institución con la ambición de contribuir a la formación integral de la persona a través de contenidos que estén en consonancia con los valores del ser humano. En el último año y medio y con mucho esfuerzo, Logos tuvo el honor de traer al país a Immaculée Ilibagiza y a Joseph Fadelle, dos grandes figuras dueñas de historias de dolor y superación que merecían la pena contar y divulgar, y a quienes tuvimos el honor de escuchar.

En junio y gracias al colegio San Juan El Precursor, pudo hacerse eco de la visita de Temple Grandin. Esta mujer que revolucionó la ganadería en Estados Unidos fue su propio objeto de estudio al ser autista y se convirtió en un referente de esta patología. Fuimos a escucharla y, una vez más nos fuimos conmovidas por su historia. Su testimonio nos inspiró y nos llevó a la reflexión.

La autista defensora del bienestar animal
Temple Grandin es diferente, pero no menos. Ésa es la frase que su madre repetía frente a profesores, psicólogos y psicopedagogos que no querían aceptar a Temple en sus instituciones. Aquella niña rubia y callada, con la mirada puesta en su mundo tan rico pero tan poco comprendido, empezó a hablar recién a los cuatro años. Hasta entonces se comunicaba por gritos, canturreos y miradas furtivas. Fue diagnosticada de esquizofrenia infantil y los médicos atribuyeron esa enfermedad a la falta de vínculo con su madre. Se la percibía como una enfermedad propia de niños que habían sufrido la frialdad y la distancia cuando más necesitados estaban del afecto físico. Pero muy lejos estuvo Eustacia Cutler de eso. Al detectar que su hija no era normal, puso cabeza y corazón en el asunto para darle una estimulación que le permitiera atenuar los síntomas de este trastorno neurológico llamado autismo.

Temple rechazaba los abrazos, no soportaba que nadie la tocara y se recluía en su cuarto, obsesionada con las Ciencias Exactas. No le gustaban las fiestas ni los cumpleaños y prefería pasar las tardes en la hamaca del árbol. Pero la falta del contacto físico la desequilibraba haciendo incontrolables los estímulos nerviosos. Temple necesitaba apaciguar estas pulsiones acumuladas.

Muy talentosa, muy inteligente, pero socialmente limitada. Así repercutía el autismo en Temple. Al entrar en una escuela especial para chicos con problemas emocionales, inmediatamente se destacó en Artes y Ciencias, y esto fue la base de su carrera. El primer contacto con los animales de esta zoóloga, etóloga, ingeniera agrónoma y profesora de la Universidad de Colorado fue a los 16 años, cuando visitó la granja de sus tíos en Colorado. Ése fue el inicio de una conexión que duraría toda la vida.

Allí se percató de que las vacas, antes de ser ejecutadas padecían un nivel altísimo de estrés que afectaba la calidad de la carne. Los boxes de sacrificios estaban mal diseñados y gran parte del potencial de las reses se desperdiciaba debido a la tensión, la ansiedad y el agotamiento que se generaban en esos minutos previos a la faena.

Un día, mientras recorría el corral, quiso asemejarse a una vaca y atravesar ella misma ese proceso. Allí, agachada en una plataforma de dos placas mecánicas que la presionaban levemente por los laterales encontró tranquilidad, paz, sosiego. La máquina lograba calmarla y, más aún, lograba combatir esa hipersensibilidad que el abrazo no conseguía. “Desde siempre recuerdo que he odiado que me abrazaran. Aunque deseaba experimentar esa agradable sensación, me abrumaba demasiado. Era como si me cubriera una gran ola de estimulación y reaccionaba como un animal salvaje”. Así comienza el libro Pensar con imágenes de Grandin, en el que explica cómo convirtió su problema en una oportunidad.

En sus charlas desperdigadas por todo el mundo, Temple se para frente a un atril y comienza a contar su historia, más lento al principio y con mayor rapidez a medida que pasan los minutos. A simple vista es una mujer normal de 67 años, vestida con botas y camisa de estilo tejano al que le agrega el tan típico pañuelo rojo atado al cuello. Si bien el autismo no se cura, son increíbles las mejoras que se observan después de años de terapia.

Ante un auditorio repleto de terapistas, psicopedagogos, profesionales de la Psicología y padres de chicos autistas, Temple alentó a exponer a los niños a diferentes actividades para que, con un abanico de variados intereses, puedan despertar desde niños capacidades latentes que esperan a ser desarrolladas en su máximo potencial.

El autismo es para ella una forma de entender el mundo y, hoy en día, la mitad del ganado de Estados Unidos es manejado con equipos que ella diseñó, al igual que muchas clínicas especializadas en autismo utilizan su máquina para calmar los efectos de la hipersensibilidad en sus pacientes. Su regalo para el mundo fue ser diferente.

Huellas de luz
Este mundo está lleno de personajes como Temple Grandin. Las historias que nos tocaron el corazón son muchas y todavía estamos convencidos de que hay muchas más por descubrir. Nuestro homenaje es darles voz a los testimonios de tantos hombres y mujeres que pusieron el amor, el perdón y la perseverancia por encima de todo. Gracias al trabajo de la editorial Logos, a esta lista se suman dos personas extraordinarias: Immaculée Ilibagiza y Joseph Fadelle.

La ruandesa estuvo escondida en un baño de un metro por un metro y medio, aterrada porque sus amigos y conocidos la buscaban para matarla. Logró sobrevivir a un infierno de cien días durante los cuales toda su familia fue asesinada. Después de veinte años pudo relatar su historia en el libro Sobrevivir para contarlo y gracias a eso recuperar parte de su vida y, lo más importante, perdonar a sus enemigos, quienes quisieron matarla y mataron a su familia entera.

Joseph es un musulmán proveniente de una poderosa familia de Irak que se convirtió al Cristianismo. A partir de allí, la persecución y el hostigamiento por parte de su propia familia lo dejaron al borde de la muerte. Su fe lo llevó a querer bautizarse, pero esto no ocurrió hasta después de trece años, mientras se encontraba exiliado en Jordania. Hoy en día, Joseph vive en Francia con su mujer y sus cuatro hijos, pero su infierno no terminó porque todavía está sentenciado por la ley Fatwa, la pena de muerte por traición. En su libro El precio a pagar, Joseph relata el calvario que supuso seguir a Cristo a costa de todo.

Hoy más que nunca, los jóvenes tenemos un centenar de opciones de cómo encarar la vida, y estas grandes hazañas vienen a inspirarnos, a motivarnos y a susurrarnos al oído que vale la pena una vida bien vivida.

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