Amistad, amor, límites, cuidado del cuerpo, acceso a la tecnología… Valores que los chicos empiezan a impregnar entre los seis y los once años. Frente a tantos medios de comunicación y una sociedad cada vez más heterogénea, Latentes, el nuevo libro de Maritchu Seitún, hace hincapié en la necesidad de dialogar y educar a nuestros hijos durante esa etapa.

Texto: Maritchu Seitún

En los últimos años, las reglas del juego de la sociedad cambiaron mucho. La tecnología está al alcance de la mano, y con eso nació un nuevo desafío para los padres. Esto dio origen a Latentes, un libro dirigido a padres y educadores de niños de entre seis y once años que trata la educación en esta etapa clave en que los chicos nos miran para aprender, nos copian y se identifican con nuestras maneras de hacer las cosas; nos admiran y nos escuchan.

Latentes habla de los temas que son fundamentales para charlar con nuestros chicos en esta edad, de modo que lleguen armados y fuertes a la adolescencia y con criterios claros sobre algunos temas importantes. Se trata de la difícil tarea de hacer explícito lo que hoy no está implícito (a diferencia de años atrás). Latencia, justamente, es el nombre que le dio Freud a esa etapa de los niños, en que la sexualidad queda justamente latente, dando lugar a que usen toda su energía para jugar, aprender, tener amigos y hacer deportes.

Un cambio de raíz

Hace un tiempo, me fui dando cuenta de que mis padres, incluso yo misma como madre, fuimos educados y educamos a nuestros hijos de la mano de una sociedad y una cultura que acompañaban y decían lo mismo que nosotros. La ética, los buenos cuidados, los límites, la tolerancia a la frustración y muchos otros venían «en el café con leche». No era necesario explicitarlos ni trabajarlos porque la vida se ocupaba de que los hijos los tuvieran claros. Nosotros llegamos a la adultez sostenidos y protegidos por adultos (a quienes respetábamos y admirábamos) y por esas pautas claras.

Hoy en día, las cosas cambiaron. Muchas, para bien: hoy los niños son personas merecedoras de respeto; ya no decimos «que se los vea pero que no se los oiga”. Pero en muchos temas nos fuimos al otro extremo. Seguimos creyendo que el sistema y la sociedad enseñan y educan, pero nos encontramos con que los chicos llegan a la adolescencia sin reglas y normas claras, sin referentes adultos a quienes copiar, por lo que quedan muy solos a la hora de tomar decisiones y de adquirir criterios propios.

Es por eso que los adultos tenemos que acostumbrarnos a explicitar a nuestros hijos desde muy chicos esos temas que hoy no son obvios y que ayudan en el fortalecimiento de sus personas y de los recursos para enfrentar la vida con sus inevitables dificultades: disciplina y límites, valores morales, amistad, amor, cuidado del cuerpo, evaluación de riesgos, uso de la tecnología, no quemar etapas. En el libro se expone cómo y cuándo hacerlo, para que los chicos puedan internalizar un rumbo y un modelo claro que les permita discernir y resolver los temas a medida que crecen, aprendiendo a cuidarse a sí mismos y a cuidar a otros.

¡No podemos dejarlos a merced de sus pares (tan perdidos como ellos) o de la sociedad de consumo! Y empezar en la adolescencia ya es tarde…

El problema es que no tenemos el recuerdo de nuestros padres explicitando estos temas; ellos no lo hicieron porque no era necesario. Los trabajos para el colegio se hacían a mano, lo mismo que los resúmenes, que no se bajaban de Internet ni se imprimían. Las reglas sociales eran clarísimas (“juegan a lo que quiere el invitado”). Podría citar mil ejemplos de este tipo en los que los padres simplemente acompañábamos lo que la sociedad y la cultura “mandaban”. Pero la sociedad y la cultura fueron cambiando de a poco y sin que nos diéramos cuenta.

La sociedad y los chicos

La sociedad se va introduciendo a través de muchos medios: la televisión, la tecnología, las modas, las películas, la música, las costumbres de otras familias cercanas. Si ellos no tienen una cosmovisión personal clara, no tienen ni siquiera un punto de comparación para elegir, entonces simplemente compran las “piedritas de colores” que les ofrece esa sociedad de consumo que busca el puro placer y el “todo ya”.

Los chicos tienen acceso a un mundo enorme y parte de la tarea de los padres radica en esta etapa. Para eso, tenemos que aprender mucho nosotros y permanecer cerca de los chicos hasta estar tranquilos de que tienen una ética clara de conducta para el uso de la tecnología. Rara vez podemos dejarlos solos antes de los catorce años. Lo que en cambio es muy difícil es intentar poner límites o fiscalizar a los catorce -ante algún episodio ocurrido que nos abrió los ojos- si no lo hicimos cuando eran más chicos.

Es común que los padres crean que entre los seis y los once años sus hijos ya no los necesitan tanto, y esto es un error. Suele ocurrir porque, comparándolos con la etapa de Jardín de Infantes, se los ve grandes, independientes. Ya no nos necesitan tanto, van todo el día al colegio, tienen amigos, hacen deportes, suelen hacer sus tareas solos. Ya tienen algunos hábitos instalados, y nosotros creemos que nos toca descansar hasta que llegue la adolescencia, sin darnos cuenta de que si queremos empezar a hablar de temas complejos, en la adolescencia llegamos tarde porque ya armaron su cosmovisión con otras personas, o por otros medios.

Por eso, la comunicación es centralísima en todo este proceso. Hace falta tiempo, presencia, muchas charlas divertidas e intrascendentes además de estas conversaciones informativas y formativas, porque si no los chicos se van a escapar corriendo cuando nos vean.

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