Se viene el frío, y con él, la temporada alta de lectura. Las chicas de @espacioviernes, Licenciadas y Profesoras en Letras, nos sugieren algunos autores y nos cuentan por qué recomiendan cada libro. Preparen sus mantitas, taza de té, un sillón cómodo ¡y a volar!


Tres veces luz es el relato de un viaje al corazón de las tinieblas o a sus entrañas, porque es en el vientre oscuro de un barco donde Chuckle y Patrice viajan escondidos. El carguero que los lleva de África a Sudamérica es un Leviatán, una ballena, un caballo de madera; todo lo que hay de promesa –aunque sea mínima- en un escondite o en un viaje. Chuckle tiene diez años, Patrice es un hombre. Los dos son polizones y llevan cosidos en sus ojos el dolor y la miseria, la intemperie de la vida, “la muerte empujando como un pájaro que quiere escaparse de su(s) boca(s)”. Encerrados en una oscuridad húmeda, tienen que sobrevivir con algunas galletitas, un poco de agua y dos o tres aspirinas.
“El hombre acomodó las cajas y se acostó sobre ellas en posición fetal. Chuckle hizo lo mismo. Se sentía menos frío así. Las cajas y el piso del conteiner aislaban la temperatura que venía del agua. El niño no quería dormir, no quería las pesadillas, no quería despertarse otra vez en la oscuridad y recordar que estaba solo.”
África los expulsa, el puerto hacia el viajan en Argentina es lejano e incierto. Con todos los elementos de una novela negra (muerte, dinero, cargas clandestinas, una investigación y la secretaria de una fiscalía que descubre mucho más de lo que esperaba), el libro de Juan Mattio es inquietante y triste. Pero la tristeza tiene la extraña virtud de hacernos sentir más humanos, acentuados en ese conjunto de emociones y sueños que llamamos ser hombre.
“Nunca digas que es tuya la tiniebla/no te bebas de un sorbo la alegría / Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.”, dice un bellísimo poema de Rosario Castellanos. Lo triste nos conmueve y nos mueve hacia a los demás. En la intimidad urgente, sucia y oscura del carguero, con “un frío que hacía desear la existencia de Dios solo para encontrarse con él y morderlo” Chuckle y Patrice viajan y revelan la miseria y la soledad, la necesidad luminosa del relato, la ficción como medicina y la vida del otro como salvación.

Tres veces luz, Juan Mattio. Aquilina, Ciudad de Buenos Aires.
130 p.

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Comentar un libro de Barnes es siempre una desventaja. Él es demasiado inteligente y yo estoy tan tontamente enamorada, en la realidad y en la ficción, de este inglés de 73 años, insulso, con una nariz demasiado afilada, ojos claros, sobrio, al que vengo leyendo desde hace 25 años y que nunca nunca deja de enamorarme.

¿Qué tiene Barnes que enamora?

1. Habla de los temas que me interesan: el amor, la memoria, la invención del recuerdo, la ética, el arte, el paso del tiempo.
2. Lo hace eligiendo anécdotas que son aparentemente triviales o cotidianas. (En La única historia, Paul, un joven de 19 años se enamora de su compañera de dobles de 40 en un suburbio de Londres de los años 60)
3. En algún momento, la historia cede, se rompe, deja de ser lo importante y habla Barnes, no literalmente, por supuesto, sino a través de sus personajes. Y lo que dice puede leerse como un ensayo velado, casi siempre pesimista o nostálgico, pero siempre verdadero: (“En mi opinión, todos los amores, felices o desdichados, son un auténtico desastre en cuanto te entregas por entero” o “Que la cura para el sexo era el matrimonio; para el amor, el matrimonio; para la infidelidad, el divorcio; para la desdicha, el trabajo, para la infelicidad extrema, la bebida; para la muerte, la frágil creencia en la vida de ultratumba”.
4. En los libros de Barnes el amor cuestiona el sentido de la vida humana.
5. Odia el sentimentalismo. Hace que sus historias de amor se acerquen a la filosofía.
6. Logra que preguntas como la que formula en el primer párrafo de este libro se queden permanente grabadas en tu cerebro lector, pasen los años que pasen (“¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?)
7. Las estructuras de sus obras desde siempre tienen una vuelta de tuerca. Aquí hay tres partes: la primera narrada en primera persona, la segunda en segunda y la tercera en tercera para contar sucesivamente el descubrimiento virginal del amor (en 1ª), su madurez (2ª) y su duelo (3ª).
8. Cuando leés la tercera, te das cuenta de la perfección de la primera y la segunda. Los finales de Barnes son superlativos. Enlaza como un prestidigitador todas las maniobras que viene preparando desde la primera hoja del libro.

Paul, el personaje de esta historia acumula en un diario definiciones o frases acerca del amor durante toda su vida para tratar de entender su primera historia de amor (la única porque determina el resto). Hacia el final de su vida relee y dice el narrador: “Echó una ojeada a unas pocas entradas tachadas y volvió a guardar la libreta en el cajón. Tal vez siempre había sido una pérdida de tiempo. Tal vez el amor no podía encerrarse en una definición: solo se podía encerrar en un relato.”

Barnes, Julian. La única historia, Anagrama. 2019.
231 p.

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Animal de invierno de José Watanabe, es una antología que selecciona 66 poemas de todas las épocas del autor y los ordena cronológicamente respetando el orden que eligiera el autor dentro de los respectivos libros.

Leyendo a Watanabe se sabe que quizás solo baste un solo verso para que una tarde de lluvia se convierta en otra cosa (en algo más puro, más real, más verdadero), pero felizmente hay más, más poemas que nos revelan, en una suerte de epifanía, la cualidad de las cosas que están en el mundo. El hombre como un animal más entre garzas, sapos, ciervos, higueras, rocas, montañas, peces, fósiles, topos y orugas. Lo particular en los poemas de Watanabe es que la otredad de la naturaleza y de los animales, termina por develar, en su diferencia, qué cosa somos los hombres.

Leemos en el poema que da nombre a la antología:

“Otra vez es tiempo de ir a la montaña a buscar una cueva para hibernar.
——
He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.”

Lo que hace Watanabe podría decirse muy sencillamente así: observa, posa el ojo en la naturaleza, describe lo que ve, y la mirada vuelve hacía sí mismo y hacia el lector en un giro que nos deja temblando: la belleza puede ser a veces tan filosa como un escalpelo.

“Pero casi estábamos dichosos cuando un relámpago
Iluminó los grandes árboles de la orilla del lago
Y vimos ramas de oro y plata instantáneos.
Entonces volteaste y alargaste tu mano hacia mí:
También te dio miedo la súbita oferta de fulgurar
y desaparecer.” (La tormenta)

José Watanabe, Animal de Invierno & otros 65 poemas sobre la naturaleza y sus criaturas. Bajo la luna.
95 p.

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Julian Barnes dice en Niveles de vida, un libro excelente: “Juntas dos cosas que nadie ha juntado antes y el mundo cambia”.

No es la primera vez que alguien junta literatura y cocina (se me vienen a la cabeza “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel, las gloriosas madalenas de “En busca del tiempo perdido” de Proust, “Charlie y la fábrica de chocolate de Roal Dahl, “El perfeccionista en la cocina” del propio Barnes, entre tantos otros), pero nunca antes, esta combinación se me había vuelto tan atractiva. Historias con recetas o recetas con historia, Sabores de la memoria es un libro que nos lleva, sin prolegómenos, desde la primera historia “Tres cucuruchos desmesurados” hacia la experiencia, que todos tuvimos alguna vez, que dar de comer es un acto de amor.

El libro se abre con unas palabras que sirven de prólogo: “Si el sabor y el olor de la comida, tienen la capacidad para hacernos evocar momentos pasados, podríamos intentar, a través de las palabras, recorrer el camino inverso. Buscaremos en nuestra historia las comidas más placenteras, nuestros platos favoritos, los que asociamos con romances pasados, las recetas de abuela, de la madre, de la infancia… Cuidadosamente, prepararemos la escena y haremos retroceder el tiempo y hasta atrapar el instante en que se cierra la boca, se retira el tenedor y se despiertan los sentidos.”

Es literatura y es un libro de recetas. De la más diversa procedencia. Las historias están muy bien escritas, valen por sí mismas, no son excusas para las recetas. En ese maridaje, radica la maravilla de este libro. Y hasta diría que es un libro mágico, más aún, una editorial que hace magia: después de leer Sabores de la memoria (y varios otros libros editados por Periplo) sentí ganas de que en mi cocina suceda esa alquimia, sino siempre, quizás de vez en cuando. Y que se vuelva recuerdo y esperanza lo que suceda allí.

La esperanza la tendrán los de mi casa: “a ver si mamá algún día se pone o cocinar en vez de tener siempre un libro estorbándole las manos”.

Un libro “exquisito”, con ilustraciones de Aníbal Garfunkel que lo embellecen todavía más. Un libro para regalar a hombres y mujeres. Y, definitivamente, para regalarme.

Ana Pomar, Sabores de la memoria. Historias con recetas. Editorial Periplo.

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“–Qué haces con él? –le decía yo–. ¿No compras ya el diario?

–Son libros –dijo él–, léelos hasta donde puedas. Serás siempre un necio si no lees libros.”

Dos amigos mantienen este diálogo unos años antes de la guerra, en un pueblo de la región de Piamonte. Uno es Nuto, carpintero y trompetista, un poco mayor que el protagonista de La luna y las fogatas, que escapa en el puerto de Génova hacia Norteamérica y vuelve después de la guerra, enriquecido y adulto. Nuto es una especie de Virgilio que guía (lo hizo en el pasado y ahora también) y enciende la memoria, que aparece nítida como si solo a través del recuerdo las cosas cobraran su verdadera realidad.

“Las cosas se descubren a través de los recuerdos que tenemos de ellas. Recordar una cosa significa verla –y solamente entonces- por primera vez”, escribe Pavese en sus diarios.

El protagonista, del que no sabemos el nombre, es un bastardo, bastardo y huérfano (él tampoco sabe cuál será realmente su nombre y quiénes fueron sus muertos, y quizá no tenga nombre, pienso, porque él también es nosotros. Todos quisiéramos volver al país de la infancia, no por estar idealizada, sino porque es el lugar donde todavía se cree que el mundo puede cambiar).

Él dice que vuelve porque “Nos hace falta un país, aunque sólo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando…”.

Nadie lo reconoce cuando vuelve. A él que no usaba zapatos… ahora le quieren vender las fincas, hacer negocios, abrir las puertas. Pero Nuto lo espera y la historia (la que el vivió de niño, la que vivió en Norteamérica y la que no vivió cuando se fue) va apareciendo entre las calles y las casas, todo está igual, los olores, la luna roja, las fogatas, las colinas, menos los muertos.

Los libros se sienten o no se sienten, como el amor. La lectura me interesa como experiencia. Después, vienen las ganas de saber, de releer, de investigar… El problema es que hay tantos, pienso, y yo querría leerlos todos. Y hay veces que no querría leer ninguno más, y volver a los que ya he leído. Eso me pasa ahora, después cerrar las tapas de éste (leído por primera vez y tan tarde). Y quisiera empezar a leerlo nuevamente, hoja por hoja, canto por canto… Tiene XXXII, uno menos que los de la Divina Comedia. Y quisiera ser yo la que volviera a ese pueblo, y caminara descalza esas calles y viera esas colinas pesadas de vides y oyera ladrar a los perros. Y pienso en la literatura, en los escritores y en sus libros, como países a los que me gustaría volver y volver para encontrar que, entre sus gentes, hay algo mío.

Calvino dice que cada novela de Pavese gira en torno a un tema oculto, a una cosa no dicha: la verdad que él quiere decir solo puede decirla callándola. Y dice también que La luna y las fogatas es su libro más simbólico. Leí en uno de los estudios críticos que acompañan la edición de Adriana Hidalgo esta idea: cuando uno estaba acorazado por la juventud se podía resistir, saber o intentar saber el porqué (el porqué de la guerra, de la miseria, de la muerte), pero después cuando se es adulto (Ripeness is all – La madurez lo es todo, reza el epígrafe) la pregunta es “¿Cómo vivir en el mundo, como adultos? ¿Cómo devolveré valor a Nuto, que cree en la razón de las cosas y en la justicia, y al mismo tiempo en la luna, en las fogatas, en el poder de los muertos?”

Pavese dijo que éste es “el libro que llevaba adentro desde hacía más tiempo”… “el verdadero libro”. Tardó tres meses en escribirlo. Es perfecto. Conmovedor. Con personajes imborrables, de esos que nos abren la mirada. Es un libro triste. Pavese se suicidó poco después de que se publicara. Pero cuando lo triste está impregnado de belleza, cambia de signo. Que un hombre sea capaz de crear una obra como ésta me sigue resultando esperanzador. Todo vuelve a tener sentido. Una vez más.

La luna y las fogatas, Cesare Pavese, Adriana Hidalgo

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A veces pasa con algunos libros que provocan en nosotros un placer doloroso, igual que otros tipos de arte, igual que algunas clases de amor. El africano es un libro de esos. Bellísimo y doloroso.

En esta novela, o semblanza, o memoria (qué importancia puede tener) Le Clezio narra a su padre; lo convierte en “el africano”, ese médico joven que llega a África, recorre llanuras blancas y selvas espesas, asiste a parturientas y moribundos, aplaca fiebres y vacuna. El hombre al que ese territorio hechiza y condena, el padre distante y autoritario al que conoce a los ocho años cuando en 1948 llega a Nigeria con su madre y su hermano después de la guerra, para vivir -paradójicamente- una época de libertad salvaje, llena de “todo ese calor, ese ardor, ese estremecimiento”.

Le Clezio convierte a su padre en “el africano” y en su narración nos trae como esperamos los nombres untuosos de las aldeas de Nigeria o Camerún, el ñame, las chozas y los ríos, las torres de termitas que derriba con crueldad, los escorpiones y la disentería.

Pero si la escritura es transformación, en el proceso de narrar Le Clezio no solo convierte a su padre en el africano, sino que él mismo se convierte en su hijo:

“Durante mucho tiempo imaginé que mi madre era negra. Me había inventado una historia, un pasado para huir de la realidad a mi regreso de África, a este país, a esta ciudad a donde no conocía a nadie, donde me había convertido en un extranjero. Mas tarde descubrí, cuando mi padre al jubilarse volvió a vivir con nosotros en Francia, que el africano era él. Fue difícil admitirlo, debí retroceder, recomenzar, tratar de comprender.

El autor vuelve sobre los pasos de su padre, sobre la frustración del hombre que en plena guerra atraviesa el Sahara para intentar reencontrarse con su familia, sobre ese médico que amputa las piernas y brazos que la masacre de Biafra gangrena. “¿Qué clase de hombre se es cuando se ha vivido algo así?”, se pregunta y entonces comprende. Comprende el mutismo y la rigidez, los relatos y las canciones que faltaron, las excursiones para cazar lagartos, los arreglos del auto o la ventana que nunca hicieron juntos.

Lo dicho: bellísimo y doloroso.

El africano, J.M.G. LE CLÉZIO. Adrinana Hidalgo, 2016.
136 p.

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Enero es la primera novela de Sara Gallardo y, admito, la primera novela de Sara Gallardo que leo. Esta casualidad solo se debe al azar y no a una sistematización de mis lecturas, pero le estoy agradecida. Ahora puedo seguir por las escaleras de su obra (Pantalones azules, Los galgos, los galgos, Eizejuaz, para nombrar sus novelas fundamentales) con la certeza de que, salvo raras excepciones, una primera obra buena presupone otras mejores.

“Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí van a saberlo, y nadie dejará de hablar”.

Así empieza la novela y durante las siguientes noventa páginas no vamos a dejar ni por un instante de pensar con Nefer. O mejor, de sentir con Nefer y de sufrir con Nefer, tan cerca nos ubica la prosa de Sara Gallardo de esta adolescente que además de nosotros, los lectores, no tiene nada ni nadie más que una inmensa soledad que crece dentro suyo a la par de los días que no se detienen y que permiten que su vientre se llene de algo que no sabe cómo nombrar y menos cómo detener.

El calor de enero en mitad del campo se nos pegotea y nos asfixia como el peón se le pegó a Nefer sin que ella lo quiera y la dejó así, “sola y preñada.” Y en silencio, porque el miedo le tapa la boca y solo, a veces, puede pronunciar muy bajito el nombre del Negro, su amor, ahora tanto más imposible que antes.

Enero es una novela silenciosa, donde el sonido del campo y su sequedad coartan la posibilidad de decir. Y lo no dicho, como siempre en literatura, da cuerpo al texto y lo hace vivo, palpable, para que podamos meternos adentro.

Un perro, Capitán, un amigo, Juan, y un padre con el que cruza solo dos o tres frases cortadas siembran en esa aridez de palabras terrosas alguna poca esperanza que alcanza para creer que habrá, por fin, una época de cosecha, y que tal vez no todo esté perdido.

La edición de Fiordo colocó al final de la novela unas páginas rayadas; creo yo que son para transcribir ciertos fragmentos, para tomar notas, para tener el placer de creer, al reescribirlas, que algunas de las bellísimas formas de decir de Sara Gallardo son nuestras.

Después de todo, leer es hacerlas propias.

Gallardo, Sara, Enero. Buenos Aires, 2018. Editorial Fiordo.

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Llegaste
¡Por fin!
Te esperaba.

Asi empieza Mi pequeño, el premiado libro álbum de los suizos Germano Zullo y Albertine que cuenta la historia de un abrazo largo y vital; una danza entre una mujer y un niño, un adolescente, un hombre. O entre un hombre y una anciana, una chica, una niña…

En fin, entre dos.

Desde las primeras páginas del libro (limpias y con ilustraciones de apenas unos trazos) entendemos que, lejos de tratarase de un libro de maternidad o paternidad, “Mi pequeño” es un libro para todos, porque quién puede no desear pronunciar alguna vez esas palabras:

Llegaste.
¡Por fin!
Te esperaba.

El abrazo es tal vez el gesto de afecto más generoso que podemos tener como humanos. No tiene la urgencia del beso, ni su a veces falsa intimidad. Acorta la distancia que hay entre dos manos y en su dibujo hay algo que dice: contener, te quiero, te tengo.

“Mi pequeño” es una delicada celebración del abrazo, y es también la historia de dos almas que se encuentran y bailan juntas a lo largo del tiempo.

Mi pequeño. Germano Zullo – Albertine. Editorial Limonero

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Hay un poema de Sharon Olds que se llama Estación. Es un poema muy narrativo que cuenta una pequeña escena familiar. La mujer vuelve del muelle y ve al marido. Lo dejó a cargo de los hijos y se escapó a escribir. En el silencio de esa mirada que se sostiene, la voz poética dice:
“Tu boca fina, flexible, como el arco de un arquero/no se curvó. Nos pasamos un largo rato/ en la verdad de nuestra situación, los poemas/ pesados como presas de una caza furtiva colgando de mis manos.”

Las palabras de Olds parecen a medida de este insoslayable 8 de Marzo que (lo quiera o no) se me impone. Leo la poesía de esta mujer premiada, antologada y criticada que creció en una familia obsesivamente calvinista. Una mujer que rechazó la invitación de una primera dama de los Estados Unidos al Festival Nacional del Libro en Washington: “Muchísimos estadounidenses que sintieron orgullo por nuestro país, ahora sienten angustia y vergüenza por este régimen vigente de sangre, heridas y fuego. Pienso en el lino limpio de tu mesa, los cuchillos brillantes y las llamas de la velas, y no podría digerirlo.”

Olds reconoce como padres literarios a Emily Dickinson y Walt Whitman, su poesía es aguda y valiente. “A muchos les molesta la manera en que abordo la sexualidad o ciertos aspectos de la intimidad familiar como qué significa ser madre o ser hija. O que escriba la dolorosísima crónica del abandono de una esposa por parte del marido. O las fases terribles de la muerte de un padre, víctima de cáncer”.

La materia de este mundo es la mirada aguda de una mujer sobre la experiencia toda. Olds habla de la niñez de sus padres, de sus errores y arrepentimientos, de la primera vez en el sexo, la pérdida de un embarazo, el sexo después del parto, de los hijos y la enfermedad de los padres y la reconciliación, del amor y de la belleza.

¿Cómo será vivir con la lucidez de Sharon Olds?, me pregunto, con ese poder para encajar las palabras en las cosas, con la infancia como un monstruo moviéndose todavía debajo de los pies y el cuerpo como la conciencia salvaje de todo.

No puede ser fácil vivir con toda esa luz, pero Olds lo hace y lo cuenta para nuestra admiración, para mostrarnos la belleza de la vida y la vida que hay en las palabras.

Rafael Zurita, otro poeta, dice que la función de la poesía es construir un lenguaje que sea más fuerte que el dolor que se ha rozado. Eso es lo que hace Sharon Olds.

La materia de este mundo, Sharon Olds. Gog y Magog
230 p.

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Para adquirir alguno de los ejemplares o para obtener información sobre los talleres de lectura y de escritura de Espacio Viernes, escribir a: info.espacioviernes@gmail.com o llamar al 1130881678 / 1144092222

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