Diez evidencias de que llegó la hora de mudarte a una casa – Las cosas se amontonan, los muebles parecen abundar y el aroma del lugar es una mezcla de cebolla, papas fritas y asado. Tenés que admitirlo: el departamento te queda chico. Acá, diez evidencias indiscutibles de que es hora de mudarte a una casa.

Texto: Agustín Seijas – Ilustración: Nicolás Bolasini

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1. El baño de fuerza bruta
Cuando finalmente lograste que tu marido lo libere y que tus hijos te den cinco minutos de paz, te metés en ese sitio diminuto que te otorga, en un grado mínimo e indispensable, cierta privacidad. Ponés a llenar la bañera con agua tibia, tirás algunas sales, unas gotas de espuma y empezás a soñar con un spa. Te sumergís con la mente puesta en alguna playa de arenas blancas; pero unos segundos más tarde, al abrir tus ojos, la imagen se transfigura en un horizonte mucho más cercano. A tus pies, yace rendido Alex el León. Junto a él, el resto de la troupe: Peppa la cerdita, Buzz Lightyear, los Minions e incluso, el maldito barco pirata de los Playmobil, ése que tu suegra no tuvo mejor idea que recuperar del baúl de la infancia de tu marido. Si la escena te recuerda al show del Bicentenario montado por Fuerza Bruta, llegó el momento de mudarte a una casa con baño en suite.

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2. La tecnología te ganó el living
Estar a la vanguardia de la tecnología representa un desafío importante cuando la infraestructura edilicia que debe dar cobijo a la parafernalia tiene las medidas de un iglú. Cierto día te despertás, observás tu hábitat natural y descubrís con asombro que tenés más notebooks que los muchachos del Silicon Valley, que la Playstation ocupa más lugar que una cabina de ENTEL, que el Smart TV de cincuenta pulgadas es mucho más inteligente que vos y te ha ganado el living. Empezás a reconocer que ese Sound Touch Home Theatre System Super Power Special tiene un diseño divino, pero se erige solemne como el monolito del kilómetro cero de la Plaza del Congreso. La zapatilla está colapsada de cables que se disparan hacia todos lados como una Matrix, cargando tablets, celulares y baterías USB portátiles. Crece en vos la sensación de estar en la cabina del Apollo 13 a punto de volar por el aire. Llegó el momento de mudarte a una casa y aterrizar con tus petates tecnológicos en un planeta llamado playroom.

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3. Al rey del taladro se le acabó la pared
Las charlas de pareja van tomando un tema recurrente según el momento de la vida. Comenzás debatiendo cómo será el armado estratégico de las mesas en tu casorio, después le das paso a todas las guías de viajes exóticos antes de que nazcan tus hijos, porque de un momento a otro empezás a evaluar colegios, y así sigue el temario. Hasta que en cierto instante, sin darte cuenta, tu mujer comienza a hablarte de decoración e interiorismo y las consecuencias son terribles; empieza a exigirte más y más. Tu pesadilla tiene origen en un pequeño artículo en el que un experto en interiorismo expone, con unos croquis divinos, el paso a paso para transformar el departamento que tenés en la casa que querés. Ella se ve deslumbrada por las fotos y te manda a la ferretería a hacerte con todo lo necesario para llevar adelante la misión. No me preguntes cómo, pero en cuestión de horas vos te convertiste en el fantástico Rey del Taladro que dispara tarugos y tornillos a diestra y siniestra. Colgás percheros, portarretratos, espejos, repisas, organizadores de zapatos, tenders y un imán para cuchillos hasta que de repente, se te acaba la pared y tomás la decisión de vender el taladro, comprarte una cortadora de césped y mudarte a una casa con jardín.

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4. El balcón de Mercado Libre
Desde la calle se distingue que sos un fanático de las compras por Internet. No te falta nada de nada. Tenés dos bicicletas (una un poquito oxidada), tenés monopatín, tenés la cocinita de juguete, tenés la carpa de Toy Story, tenés un tobogán, tenés un aro de básquet, tenés el motor del aire acondicionado, tenés unas macetas con malvones y una fila de cañas que te aíslan de la mirada del vecino. La decisión de no montar el cañaveral hacia la calle responde al placer de disfrutar en verano de una linda picadita mirando el ir y venir del vecindario, algo que te hace sentir como Jimmy Stewart en La ventana indiscreta. No te resignes a tomar sol en cuadrillé, a mover la nariz como un pointer en busca de aroma a asado; date la oportunidad de tirarte a la pileta y salir del balcón de Mercado Libre.

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5. ¿Algo huele mal en tu vida?
Nada peor que llegar a la oficina y que tus compañeros descubran lo que comiste anoche guiados por cómo huele tu ropa. Eso te está dando la pauta de que tu departamento tiene menos ventilación que el subte en hora pico. El tema es que, incluso decidiéndote a suprimir de tu dieta el pescado, el ajo, el coliflor, los huevos fritos y las papas con perejil, siempre existirá un vecino glotón y sibarita que te recordará que los pormenores de la convivencia a veces trascienden los límites de tu puerta y penetran por la nariz. Es como compartir un viaje en ascensor con un perro labrador mojado por la lluvia. Ventilá tu vida, salí del tupper citadino y cambiá de aire.

6. Baroffice versus Homeoffice
Finalmente lograste tener tu propio emprendimiento, trabajar por tu cuenta y no pisar más la oficina. ¡Qué suerte! Ahora trabajás desde el bar. Podés desayunar, almorzar, tomar el té, usar el baño, los enchufes, el wifi, todas las instalaciones y los servicios que te brindan con cara de “¿cuándo te vas y me liberás la mesita?”. Lo que creíste que sería un movimiento libertario terminó convirtiéndose en un peregrinaje de mesa en mesa en busca del mejor menú ejecutivo costo-beneficio. ¿No pensaste que el verdadero cambio es dejar el baroffice y mudarte a una casa en la que puedas montar un espacio para tu homeoffice?

7. Con Doña Petrona al bar de Thelma & Louise
“Mi querida y pequeña alumna Beatriz, te felicito por el éxito obtenido con las croquetitas y también por tu gusto para la cocina. En este día de tu cumpleaños quiero que recibas, además de los recetarios, un libro mío como premio. Con besos de Petrona C. de Gandulfo (2 de agosto de 1957)”. Leés la dedicatoria en la primera hoja del libro gordo que Doña Petrona le envió a tu madre hace más de medio siglo y te emocionás hasta las lágrimas, justo en el instante en que tu marido entra en la cocina y, al verte llorar, se decide y te dice, como sopesando sus palabras antes de abrir el pico: “Está bien amor, me parece que necesitás una cocina más grande, quizás con una isla”. No podés creerlo, ahora sí que estás emocionada de verdad. Tu mirada recorre en slow motion los estantes colmados de libros de Jamie Oliver, Narda Lepes y Francis Mallmann; la siluetita del encantador Minipimer, las fantásticas líneas de la Nespresso, el colador chino, los cucharones de madera, el sacacorchos de pared, la mandolina de Tupperware, el hornito eléctrico, y le hacés un guiño a ese esterilizador de chupetes que parece el Planetario Jorge Newbery. Te sentís más liberada que Thelma y Louise en un bar de cowboys. Se acabaron los movimientos milimétricos, se viene la cocina que soñaste, se viene la casa.

8. Los calzones de Juana Azurduy
Entrás en el ascensor, saludás con un “buen día” bajito, casi murmurándolo, como avergonzada. Es que sentís que todos los del edificio los conocen, saben de qué color son e incluso podrían ilustrarte con las dos manos el tamaño preciso. Tenés esa horrible sensación de que todos los vecinos están familiarizados con tus calzones. Estás indignada con el arquitecto que diseñó el edificio. ¿A quién se le ocurrió exponer tanto tu intimidad? ¿Un lavadero de un metro por un metro con vistas panorámicas a la avenida? Tan cercano a la cocina que tu ropa interior huele a bodegón. El tender colgando con tus calzones se erige patriótico como la estatua de Juana Azurduy y vos querés bajarlo de un plumazo más embroncada que la colectividad italiana. Levantás el horizonte y soñás con el aroma a lavandas de tu futura casa.

9. Dar vuelta la entrañita
Ya no sabés qué hacer. No sabés si preferís que llegue el fin de semana o que el viernes sea eterno y frenar el reloj como en El Día de la Marmota. Es que te aterra la idea de enfrentar la pregunta inquisidora de tu mujer: “¿Qué hacemos?”. O peor aún: “Nos invitaron Susana y Miguel a comer un asado a su casa”. Es que Susana es macanuda, pero Miguel es pesadito. Es de los que te tocan cuando hablan, contando historias grandilocuentes que ya te contó cien veces, falseando la voz para darles vida a los protagonistas. El tipo se cree que es Rolo Villar y uno se ve obligado a festejarle la gracia. Pero como es el dueño de la parrilla, te hace ver que él puede encender el fuego chispeando dos piedras del jardín. Vos lo mirás con ganas de dar vuelta la entrañita, con el verde césped de fondo, tus hijos corriendo libremente sin pedir permisos, con la dicha de invitar a quien te salga la gana y convertirte así en el dueño de la parrilla.

10. El nuevo auto te compró a vos
“Amor, bajo al kiosco a comprar cigarrillos”, vos.
“Pero si vos no fumás, Luis”, ella.
“Quise decir que voy a pasear al perro”, vos.
“¿Me estás tomando el pelo? No tenemos perro”, ella.
“¿Te das cuenta? Si viviéramos en una casa podríamos tener uno”, vos.
“A vos no te gustan los perros”, ella.
Estás a punto de inventarle cualquier otra excusa. Es que dejaste el auto a tres cuadras y sabés que ahí corre más riesgos que Tom Cruise en Misión imposible. Pero no tenés otra opción: era el seguro contra todo riesgo o pagar una cochera. Si fuese por vos, inclinarías el asiento y te tirarías a dormir. A esta altura, ya no sabés si vos compraste el auto o el auto te compró a vos. Lo recorrés íntegro durante la última revisión y volvés a tu casa evaluando si esas nubes traen granizo, si ese grupete de la esquina es vandálico o egresados de quinto año haciendo la previa. Finalmente, apoyás la cabeza en la almohada y empezás a contar los minutos que te faltan para reencontrarte con él, sano y salvo. Antes de caer rendido, te preguntas si existirá un barrio en el que puedas dejar el auto en la puerta de tu casa con las llaves puestas. En la oscuridad, abrazás a tu mujer y le susurrás: Eidico.

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