Historias que son testimonio de aquella herencia que no se roba.

Se acerca el Día de la Madre, aquella fecha en la que florerías y chocolaterías se colman de hijos (y de maridos). Queremos agasajar a todas las madres, y por eso, nos tomamos un tiempo para reflexionar sobre lo que nos dejan cada día.

Texto: María Stellatelli

Ya lo decía el Papa Francisco en el Sínodo de la Familia un par de años atrás: “Toda persona humana debe la vida a una madre, y casi siempre le debe a ella mucho de la propia existencia sucesiva, de la formación humana y espiritual”. La madre, aquella que es capaz de entregar su vida a concebir a un niño, y seguramente a velar por su desarrollo posterior, tiene un valor esencial, único.

Al nacer, el bebé se ve profundamente unido a su mamá. Comparten un vínculo indisoluble. Y ese vínculo se va desarrollando de tal forma que, con el tiempo, el hijo va tomando cosas de su madre y haciéndolas propias. Algunas las hereda, otras las copia, algunas más las admira. Y de esa manera, se va formando la personalidad de aquel hijo, se van delineando sus gustos y sus disgustos, sus capacidades, sus aromas y colores.

Ni siquiera los años de una adolescencia rebelde logran hacer caso omiso a lo que le fue transmitido al hijo durante los años que lleva junto a su madre, y la herencia materna se fortalece. Es así que con el correr de los años, en algunos casos lo que se hereda de la madre se convierte en la vocación del hijo, y quizás también en su profesión.

Muchas son las historias de profesiones compartidas entre madres e hijos. Para hacer honor a este Día de la Madre, elegimos cuatro en particular que hablan de la esencia del paso materno por la vida de sus hijas, y de cómo esa herencia se fue plasmando en sus profesiones y en sus vidas diarias.

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