Conocimos a Roxi y a Diego. Estuvimos en Masa Madre, una panadería y un taller social que está ubicado en Rincón de Milberg, en Tigre, y que es el resultado de una madre incansable, de gran perseverancia y sumamente luchadora.

Texto y Fotos: Rosario Lanusse

Recomiendo los panes de semillas, los panes dulces y saladitos, que son también nuestro fuerte. Locatellis, chips, figazzas, fosforitos, bagels (a veces rellenos con salmón y pepinillo, o con lomo), los árabes, los pletzalej”, cuenta Roxi. Es una mañana lluviosa de un diciembre caluroso y estamos en su lugar en el mundo, su panadería; la que comparte con Diego, su novio, y con su hijo mayor, Nacho.

Masa Madre es el nombre que eligió para identificarla. En marzo de 2016, y después de mucho trabajo y una cuota importantísima de incertidumbre, Roxi levantó por primera vez su cortina y abrió las puertas a un público que, luego de su primer contacto, siempre vuelve. “Mis clientes son fieles, por suerte, nos ganamos su simpatía”, cuenta entre risas y unos ojos sumamente emocionados.

Atrás quedó una historia que merece ser contada, porque es una muestra clara de que las buenas personas, luchadoras, trabajadoras y honestas pueden llegar lejos. Una historia que puede ser ejemplo y servir de motor para que otras mujeres no bajen los brazos y sepan que pueden ponerse en movimiento. Roxi se vino sola con tres hijos pequeños desde Corrientes, decidida a darles un mejor futuro a los tres. Una vez aquí, trabajó en varias panaderías y en casas de familia. Y si bien su premisa para con sus hijos fue siempre que practicaran un deporte, jamás imaginó que cuando Nacho, su hijo mayor, le dijo que quería jugar al rugby, el entrar en contacto con ese deporte les cambiaría la vida a todos…

Los valores del rugby
Nacho tenía diez años cuando Diego Graña (el primer ángel de la guarda en la vida de Roxi) lo llevó a probar a B.A.C.R.C (Buenos Aires Cricket y Rugby Club), más conocido como B.A. “Enseguida le dieron media beca para asociarlo. Me costó muchísimo pagarla, pero como era el deporte que él había elegido y le gustaba tanto, sentí que el esfuerzo valía la pena. La ropa que necesitó la compré en etapas y tardé casi un año en completar el equipo. Al principio, yo lo llevaba hasta B.A., lo dejaba en la puerta y me iba. Era otro mundo, no me animaba ni a entrar”, explica.

Pasó el tiempo y David, su segundo hijo, también quiso jugar. Mientras Roxi habla, va y viene en el relato, no entiende bien qué pasó y dice que no sabe por qué en el club quisieron tanto a sus hijos (hoy ya juegan los tres: Nacho, David y Joan). Lo que sí tiene claro es que el haber puesto sus pies en él cambió su vida para siempre. A David lo adoptaron enseguida. “Jamás pagué una cuota, ni un tercer tiempo. Tampoco tuve que comprar el uniforme con el que juegan”, dice. Y aquí aparece su segundo ángel. Todos le dicen Bubu, pero su nombre real es Federico Paoletti y era el entrenador cuando David llegó al club. “Él se ocupó de todo, lo hizo socio, le compró la camiseta…”. Y así, pasan las horas y nosotras seguimos hilando en la historia. Vamos y venimos. Venimos y vamos. Y Roxi dice que los chicos se las arreglaban siempre solitos. Iban y venían a entrenar. Llamaban por teléfono para averiguar los horarios de los partidos. No les importaba el clima, con frío y lluvia también estaban ahí, siempre firmes.

El “Negro” (así le dice a David) ganó tres años consecutivos el premio a la asistencia perfecta, hasta que un día faltó a entrenar. Y cuando Bubu (en el medio de tantas palabras, Roxi explica entre risas que el apodo se debe a que su contextura física es similar a la del Oso Joggi) le pidió saber por qué había faltado, David dijo: “mi mamá no me dejó venir porque no me había ocupado de lavar mis botines y con botines sucios no me deja venir”. Esa sola explicación valió para que Bubu, su mujer Bea y el resto de los padres de la camada del club quisieran conocer a la madre detrás de ese hijo.

Lo que pasó después fue una cadena de ayuda, de unión de voluntades y de solidaridad. “De a poquito empecé a conocer a las otras mamás y empecé a ir al club. Son todas buenísimas. Fui varias veces con lo que cocinaba a vender ahí. Nos empezamos a conocer. Un día me dijeron que David se había ganado una semana de vacaciones en Mar del Plata”… Y aquí hace una pausa en el relato. Y entre suspiros explica que ellos nunca habían tenido vacaciones. Y fueron. Y la pasaron demasiado bien. Era un sueño hecho realidad. Y al año siguiente, de nuevo, la misma oportunidad para David. Y para ella sobre todo y sin lugar a dudas.

Panadería propia
Mientras sus hijos jugaban al rugby, Roxi trabajaba en una panadería. Allí conoció a Diego, su novio. “Diego quería abrir una panadería chiquita y me preguntó si lo acompañaba”, cuenta Roxi. Y también explica que ella no se animaba. Y agrega que tardó casi un año en escucharlo, que él insistía, pero que ella estaba bien y que nunca le había faltado trabajo gracias a Dios. Cuando las mujeres de B.A. se enteraron, la rueda empezó a girar.

Con su ayuda y la de Bubu buscaron un local; y con su ayuda lo montaron. Bubu le dejó en claro desde el principio que toda esta movida era para los chicos. Por ellos y para ellos. Con trabajo irían adquiriendo el total de la panadería. Fueron un equipo desde el principio. Muchas personas anónimas se involucraron y empujaron para que Masa Madre pudiera abrir sus puertas. Uno hizo los muebles, otro donó el freezer, una, las pizarras y los banderines, y otro, el aire acondicionado… Igual que en el rugby, aquí el éxito dependió y depende de todos. Y aquí priman, igual que en el rugby, el esfuerzo, la perseverancia, el compañerismo y el tirar todos del mismo carro para llegar a destino. Masa Madre es una sociedad de buenas personas que quiso que Roxi y que Diego, y que los tres hijos de Roxi, tuvieran algo propio y un mejor futuro.

Y así, entre foto y foto, pasamos de la cocina al salón, del mostrador al horno. Nacho, ya de dieciocho años, está ocupadísimo amasando panes dulces. Entre risas comparte la cocina con Matías y con Walter, y por supuesto con Diego y con Roxi. Y Carla, adelante, atiende a los clientes.

Ya entrado el mediodía llegamos al final de la visita. Nos saludamos con un fuerte abrazo y salgo a la calle. Me llevo un corazón repleto, demasiadas ideas para ordenar en mi cabeza y una gran responsabilidad: contar esta historia para que muchos más elijan Masa Madre y se vengan hasta aquí. Para que seamos más lo que nos sumemos a esta causa. Y porque esta historia puede servir a miles de mujeres, ésas que sienten que ningún esfuerzo podrá cambiar la realidad en la que viven. “Eso es justamente lo que trato de decirles a tantas madres en mis clases en CONIN (una fundación que busca erradicar la desnutrición infantil y en la que Roxi es voluntaria)”, concluye. Sin palabras. Un aplauso, y de pie. Para ella, para Diego, para los hijos de ella, y para todos y cada uno de los ángeles de la guarda que han ido dando el presente en esta historia que cala hondo en los que tuvimos la suerte de conocerla.

Más información:
Masa Madre
Avenida Santa María 3276, Rincón de Milberg
Envíos a domicilio al 4731-3724
FB Masa Madre

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