Para coronar este 2019, en el que nos propusimos llegar a nuestro público a través de las ya clásicas #CharlasQueInspiran, en la última del año recibimos a Miguel Espeche en nuestras oficinas. ¿El tema? La importancia de los vínculos reales en la era digital. 

Es verdad que a fin de año se agolpan los eventos y el tiempo parece escurrirse, pero aun así desde Eidico queríamos frenar y reflexionar sobre cómo mejorar el vínculo personal y humano que tenemos con las personas que trabajamos día a día. 

«Este ciclo de charlas que arrancó en Eidico y siguió en varios proyectos propios tiene que ver con pensar el fin social de las empresas y el impacto macrosocial de lo que hacemos, con el foco puesto en cómo generar valor en las comunidades para las que trabajamos». Así comenzaba Patricio Lanusse, director de Relaciones Institucionales de Eidico al recibir a este psicólogo y psicoterapeuta, especialista en vínculos, que enfoca su tarea en las áreas de parentalidad, educación, redes comunitarias y organizaciones.

Casi pisando diciembre y con la vorágine de esta época, nos parecía clave traer a la mesa este debate y preguntarnos, ¿por qué es importante invertir energía y tiempo en vínculos reales, de carne y hueso en la era digital?

Con el universo de las pantallas incorporándose a la rutina de chicos y grandes, y con el celular como extensión imprescindible del cuerpo, nos empezamos a preguntar qué tan reales son nuestros vínculos, que tan íntima resulta nuestra intimidad (valga la redundancia), que tanto valoramos los afectos y los priorizamos. 

Si bien debemos reconocer los grandes avances y la autosuficiencia de la virtualidad, vale la pena hacer el esfuerzo e intentar despojarnos de la ansiedad de las redes y la tecnología para enfocarnos en la manera en que nos relacionamos. Para eso, Espeche nos invita a mirar al mundo como lo hacen los niños y los ancianos, y a apagar las pantallas por un rato o que las miremos de otra manera, como subordinadas nuestras y no nosotros como esclavos de ellas. 

¿Cómo se logra este propósito? Con la singularización del vínculo. Llenando de sentido cada encuentro, cada reunión. “No hay baldíos, ni casas abandonadas para ir a investigar. Faltan esos estímulos. Y la pantalla gana”, explica Espeche. Entonces, acá entra en juego la imaginación, ¿qué supera la pantalla? Evidentemente, es nuestro turno de actuar, y será la creatividad la que nos saque de esa angustia, de ese letargo, de esa falta de cariño que a veces sentimos por dejar morir el contacto, el abrazo, el juego. 

Porque el celular, al fin y al cabo, termina siendo el fuego hipnotizador de la antigüedad. Ese en torno al cual se reunían las tribus para generar relatos gracias a su poder de atracción, volcando en él ensoñaciones y proyectos. Hoy las pantallas son ese fuego a donde se nos va la mirada y, aunque tenga un perímetro y unos límites bien definidos, nos dan esa sensación de que podemos dominarlo todo y que todo el universo está ordenado allí.

La pantalla no es necesariamente mala, claro está, y su uso depende de nosotros. Debemos estar muy atentos para que lo digital no absorba el contexto y haga que nuestra vida real deje de estar en primer plano. Nada se equipara a un abrazo, a una caminata con charla desde el corazón. Sepamos utilizar la tecnología en su justa medida, pero con la mirada puesta en que los mejores momentos de nuestra vida ocurren fuera de las pantallas.

La única manera de perdurar en un contacto humano es cuando está en juego la afectividad. Cuando jugamos con nuestros hijos y nos divertimos, eso hace a lo real; cuando dejamos de lado las conversaciones estereotipadas y nos relacionamos con la verdad, eso hace a lo real; las actividades compartidas, la vivencia en común, todo eso hace a lo real. ¿Qué estamos haciendo para que las pantallas no se coman esos momentos en donde podemos hablar desde las entrañas? Un buen propósito es vernos a nosotros mismos como una pieza literaria alrededor del fuego. Y el mejor regalo para nuestros hijos puede ser eso mismo: compartir con ellos los relatos literarios de nuestra vida. 

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