Reflexión del día del padre.

Texto: María Stellatelli

Lejos de la comercialización de la fecha y de las publicidades de regalos, me pregunto si en el Día del Padre recordamos la importancia real que merece. ¿Pasamos más tiempo pensando en las virtudes de nuestros padres o en el último modelo de smartphone que podemos darles como regalo? Nos preocupamos por prepararles el mejor desayuno, ¿pero reflexionamos, acaso, sobre aquellas cosas que nos impulsan a hacerlo? ¿Solemos poner en palabras por qué estamos tan agradecidos? ¿Cuál es el sentido profundo detrás de un papel de regalo y una docena de medialunas?

Recuerdo como si fuera hoy las noches de mi niñez en las que, ya metida en mi cama, no podía dormirme hasta que mi papá pasara por mi cuarto a darme un beso y ajustar las frazadas firmes debajo de mi colchón para que no me destapara de noche. Era imposible para mí dormirme sin que él asegurara las capas que me protegían del frío nocturno. Y nadie podía hacerlo mejor que él; ni siquiera mamá. Es que los padres tienen una fuerza especial, superior a todas; una fuerza que hace que todo quede firme, sólido.

Cuando pienso en eso, veinte años después, me recorre un escalofrío teñido de emoción. Sonrío al ver a esa pequeña niña de cabello lacio y oscuro que sentía la mayor seguridad del mundo al ser arropada por su padre. La misma niña hoy es una joven adulta que todavía, por momentos, necesita de esa protección paternal.

Pienso en San José, el padre terrenal de Jesús. Con los años fui aprendiendo a mirar con mayor profundidad a este Santo silencioso que enseñó siempre con sus obras y sin palabras. Protegió a su hijo de las manos de Herodes y acondicionó un pesebre para que él naciera con todo el amor y el calor que se un niño merece. Un padre protector para su familia. Cómo no habría de serlo si el mismo Dios confió en él lo más valioso que tenía: a su Hijo. Le enseñó a caminar y luego confió en que Jesús podía hacer su propio camino. Fue un padre humilde y seguro; un sostén inequívoco para María y para el niño. Y puso a su familia ante todo, sacrificando lo necesario para velar por ellos en cada minuto de su vida, sin buscar los aplausos del mundo sino el amor que Dios había puesto en su corazón.

Los años pasan, la adultez trae nuevos desafíos. Nos fortalecemos. Los pasos que damos se convierten en zancadas. Pero cuando frenamos, cuando nos desanimamos, nos confundimos o nos alegramos por una nueva satisfacción, aun miramos alrededor en busca de esa sonrisa cálida, de esa mano segura, de la protección de hogar que sólo papá nos puede dar. La edad no quita nuestro estado de hijos. Tampoco nos exime de la necesidad que tenemos de nuestros padres. Ya no necesitamos que nos enseñen a caminar. Pero sí que den pasos a nuestro lado, que nos guíen con su consejo, con su sabiduría, con la experiencia de más años vividos, de un hogar levantado, de una familia sostenida.

Pienso en mi propio padre y sus gestos protectores. En las frazadas ajustadas bajo el colchón de mi cama y los cuentos con moraleja antes de dormir. Pienso en lo que significa la presencia de papá en casa. En sus asados. En su trabajo. En los apodos con los que nos bautizó a lo largo de los años. En sus chistes –a veces más graciosos y a veces menos, pero siempre acompañados de su propia carcajada. Pienso en cómo eligió siempre, desde el día en que conoció a mi mamá, el poner a nuestra familia por sobre todas las cosas. Pienso en todo esto y me emociono. Un escalofrío acompañado de una lágrima de alegría. Y ahora recuerdo por qué el domingo quiero prepararle a él un desayuno sorpresa.

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