Texto y fotos: Sofía Stavrou

Para llegar a Playa Sirena hay que subirse a un barco desde Cayo Largo y esperar. ¿A qué? A sorprenderte con lo que encuentres una vez que desembarques y atravieses el bosque de palmeras hasta llegar a la playa.

Olvidate de los all inclusive y los mojitos 24 hs; acá el lujo está en la naturaleza de esta costa escondida que parece virgen. Sólo hay arena, una arena tan suave y tan blanca que vas a creer que es de mentira, un mar eterno y turquesa, no es ni celeste ni azul, es tan brillante y transparente que tus ojos van a tardar en acostumbrarse, senderos de palmeras y gaviotas con ganas de hacerse amigos.

Podés llevar tu propio picnic o almorzar en el único chiringuito de la playa: a la sombra, con música en vivo y langosta fresca. Está prohibido negarse si te invitan a bailar unos pasos de rumba antes de sentarte a comer ¡A ponerle ritmo al mediodía!

Después de un buen plato de mar, lo mejor es relajarte debajo de las sombrillas-palmeras sin culpas. Si cuando te despertás tenés ganas de sumarle algo de aventura a tu día en el paraíso, podés alquilar un kayak, un bote a pedal o animarte con una expedición por la costa hasta la punta opuesta, atravesando el bosque de troncos y caracoles.

Si el horario del barco de vuelta lo permite, quedate hasta el atardecer y conectate con la naturaleza a través de ese cielo naranja y rosa caribeño que va a hacerte sentir plenamente agradecido.

 

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