¿Se puede reconciliar el orden y la libertad? – Habiendo revivido la Semana de Mayo, y en vistas al próximo 9 de Julio, las fechas patrias nos ayudan a reflexionar sobre la superación de nuestros conflictos personales, familiares, sociales y educativos.

Texto: Francisco Bastitta

Si uno pudiera conocer lo que pensaban y sentían los protagonistas de aquel otoño de 1810 en Buenos Aires, se encontraría seguramente con vivencias muy diferentes. Por un lado, estaban los que anhelaban la independencia respecto de España, y que vieron en la deposición y el arresto de Fernando vII una enorme oportunidad. Por el otro, estaban quienes apoyaban la dominación española y querían preservar la estructura política del virreinato, en crisis profunda. Es muy probable que la esperanza y la euforia de los primeros contrastara fuertemente con la confusión, el miedo y la ansiedad de los segundos.

No es casual, entonces, que los ‘criollos’ y los ‘realistas’ se percibieran unos a otros como enemigos. En efecto, los del bando contrario amenazaban con suprimir los valores que cada uno de ellos quería preservar: los criollos, la autonomía y la libertad; los realistas, la seguridad y el orden. Es posible reconocer un contexto muy similar en cualquier conflicto de poder, no sólo a nivel político y bélico sino también al interior de la sociedad, en el ámbito educativo y hasta en el seno de la familia.

Según el psicólogo norteamericano Marshall Rosenberg, discípulo de Carl Rogers, sucede que ambas, la libertad y la seguridad, son necesidades vitales y primordiales de todo ser humano. Y son tan fundamentales que, cuando alguna nos falta, puede llevarnos a un profundo desequilibrio y a una desesperada búsqueda por recuperarla. En otras palabras, siempre va a haber algún tipo de conflicto cuando intentemos establecer un orden que ignore la necesidad de autonomía y de libertad de los demás, sean estos conciudadanos, empleados, alumnos o nuestros hijos. Y siempre se generará fricción cuando busquemos defender con tanta insistencia nuestra libertad que desconozcamos la necesidad de seguridad y de estabilidad que todos compartimos como seres humanos. un poco de cada uno.

El enfrentamiento entre los que quieren imponer el orden y los que defienden su libertad, que llevaba en 1810 a los patriotas a llamar a sus adversarios ‘chapetones’ y ‘gallegos’, y a los realistas a describir como ‘insurgentes’ y ‘facciosos’ a los criollos, se repite hoy. Por él la madre o el padre pueden llamar a su hijo ‘malcriado’, o ‘insolente’, y los hijos a sus padres: ‘mala’ o ‘pesado’. A causa de él también se dan acusaciones entre jefes y empleados, o entre docentes, autoridades y alumnos: ‘autoritario’, ‘rebelde’, ‘tramposo’, ‘mala persona’.

Para Rosenberg, todos estos juicios negativos que favorecen el conflicto son expresiones trágicas de aquellas necesidades humanas insatisfechas. Él afirma que es posible resolver un enfrentamiento cuando logramos ir más allá de los juicios mutuos y conectarnos con los sentimientos y necesidades, propios y ajenos. Pero es muy difícil responder con compasión a la persona que se rebela contra nosotros, o a aquella que quiere imponernos sus reglas. Quizás nos ayude recordar que todos sin excepción necesitamos de las dos, de orden y de libertad. No puede volvernos plenos ninguna de ellas si carecemos de la otra. El orden nos contiene, nos da estabilidad y confianza. Pero la libertad nos abre el horizonte, nos desafía, nos diferencia. Si confiamos en la humanidad que se esconde detrás de las acciones o decisiones de los hombres, incluso de nuestros ‘adversarios’, podemos ayudarnos unos a otros a encontrar el equilibrio. ¿Será posible, entonces, una autonomía respetuosa de los límites y de las necesidades ajenas? ¿Será viable la construcción de un orden común, inclusivo e igualitario, donde cada uno sea él mismo en libertad?

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