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“Emociona y conmueve lo que tiene para decir”. Pocas palabras y una verdad infalible. Palabras de un peso infinito para presentar a la Hermana Guadalupe a un centenar de jóvenes. Silencio, y un público que se conmovió profundamente con un testimonio contado en primera persona.

Esta monja argentina que vive en Aleppo, Siria, desde hace cuatro años dice que cuando eligió ir a vivir a Siria lo hizo buscando un destino tranquilo… Pero la vida le tenía reservada una carta diferente.

La Hermana Guadalupe Rodrigo es de San Luis, pero se ordenó en Mendoza, en el Instituto del Verbo Encarnado, una congregación de misioneras cuya formación apunta a estar presentes en lugares díficiles. “Una de nuestras prioridades es ir allí donde nadie quiere ir”, relata. Hay fundaciones en Siberia, Tajikistán, Irán… “Nos preparamos con una sólida formación humana, espiritual y teológica”, agrega. Y claro, necesitan una base sólida y una cuota importante de Gracia para sostener y enfrentar los desafíos diarios que se les presentan.

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Es una mañana lluviosa y fría de septiembre en Buenos Aires. Guadalupe está parada al frente de un gran salón, en el colegio Oak Hill de Pilar. Los oyentes, la mayoría alumnos; y nosotros, algunos adultos privilegiados. A su lado, una pantalla que muestra fotos de una ciudad desbastada, de escombros, de iglesias sin techo, de niños que juegan en medio de la destrucción más cruel y de personas sonrientes, siempre sonrientes. “Estas personas lo tenían todo, vivían muy bien, mejor que ustedes, en una ciudad pujante y moderna, con todas las comodidades. Pero no sonreían… Hoy no tienen nada, y sin embargo sonríen, siempre sonríen”. Las palabras fluyen lentamente de su boca, cargadas de una emoción que eriza la piel y llena los ojos de lágrimas. Vemos un grupo de gente, en un lindo jardín, con una construcción de fondo que no tiene techo. Hay hombres, mujeres y varios niños. Todos parecen felices. “Aprovechamos un rato sin bombardeos para salir y tomar esta foto”. Y dice que frente a tanta experiencia de muerte ellos han descubierto el sentido de la vida. Lo han perdido todo y sin embargo encontraron lo más importante. “Son personas como ustedes, católicos, estudiantes, con familias que los cuidan, que dicen que la guerra llegó para ordenarles la vida y poner en primer lugar lo que debe ir en primer lugar”… Guadalupe interpela a esos cientos de chicos que la escuchan enmudecidos.

Allá en Aleppo, las hermanas tienen una pensión universitaria. Muchas chicas de los pueblos del interior de Siria eligen ir a vivir con ellas y estudiar. Quizás sus hogares todavía están libres de terroristas, y quizás la guerra aún no llegó allí, y ellas sin embargo eligen Aleppo, una ciudad sitiada, con casi todos su barrios tomados, sin luz, sin agua, sin autos, sin nada… sólo porque quieren recibirse. Y Guadalupe muestra una foto de una chica con toga y birrete, en medio de un grupo vestido para la ocasión. “Acaban de entregarle su diploma de médica. Toda su carrera la hizo en medio de la guerra”, remarca. Y el auditorio suspira, y por un mínimo instante imagina cambiar de lugar con esos jóvenes… La idea paraliza. Pero vayamos al principio y tratemos de entender cómo llegaron esas personas, con nombre y apellido y toda una vida por delante, a verse de cara a una realidad tan desalmada y triste.

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LA SIRIA DE ANTES

Después de pasar más de diez años en Medio Oriente, en una  dura misión, el Obispo decidió premiar a la Hermana Guadalupe y dejarla elegir su próximo destino. Después de haber pasado por Jordania, Israel, Palestina, Irán, y luego de haber aprendido la lengua, decidió elegir Siria. “Era un país tranquilo, en el que se daba una buena convivencia entre musulmanes y católicos. Había cierta libertad para las minorías religiosas que se respiraba en el ambiente, el gobierno era laico, y los musulmanes sirios estaban un poco más occidentalizados”, explica. Y a todo esa realidad se sumaba un buen nivel de vida. “Conocí Siria antes de la guerra”, suspira. Una Siria independiente económicamente, sin deuda externa, gobernada por el régimen de Bashar Al Assad, un régimen tolerante con los católicos. Aleppo, centro del poder financiero del país, mostraba un desarrollo urbano casi inusual en los países árabes. Para los fundamentalistas islámicos la ciudad era el principal bastión del régimen y ellos la necesitaban para imponer la ley islámica. En pocas palabras, si Aleppo caía, caía el régimen y se acababa la tolerancia. Así, paulatinamente, y en pequeños grupos fueron tomando pueblos, hasta llegar a la gran ciudad. “La sitiaron, y durante un año y medio no entró ni salió nadie. De un día para el otro llegaron los aviones y los tanques. Y una ciudad de cinco millones de habitantes se vio completamente desabastecida”, suspira Guadalupe. No sólo se volvió imposible conseguir alimentos frescos, se acabó todo, ya no se vieron autos porque se terminó la nafta. Y una ciudad acostumbrada a las reuniones sociales, a las risas y a vivir la buena vida pareció enmudecer de golpe. Un silencio abrazado por el ensordecedor ruido de las balas, las explosiones y unas lágrimas que desgarran el corazón. Y Guadalupe muestra imágenes, del antes y del después, que es también el ahora de Aleppo. Impacto. Silencio. Suspiros. Eso es lo que produce el encuentro cara a cara con tanta ruina. Y ella sigue, no se detiene, su testimonio va dejando al descubierto que lo que la sostiene frente a tanta inhumanidad es la Fe.

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En Aleppo sólo hay luz una hora al día, agua potable una vez por semana, los francotiradores y las explosiones son moneda corriente, y nadie sale a la calle solo. En las esquinas se juntan de a grupos y corren para llegar de una vereda a la otra. Si alguien cae se ayudan entre ellos. No hay gas, los árboles no tienen ramas porque la gente las arranca para calentarse. En Aleppo los enfrentamientos son permanentes. “Antes de salir uno consulta la radio para ver qué recorrido seguir, para evitar los bombardeos. Aprendimos a vivir así”. Y si los terroristas deciden tomar un barrio, avisan y sólo dan dos horas a la gente para que se vaya. “Imaginen a las personas que deben salir corriendo con sus niños, sus ancianos, sus enfermos. Y así con lo que alcancen a llevar con ellos deben correr, porque no hay autos. Y, si no se apuran, les tiran…”. Desesperante. “Algunos se resignan, se quedan y solo aguardan. Saben que vendrán por ellos, así que se sientan a esperar la muerte”. Y a la Hermana se le borra la sonrisa, y suspira, por décima vez en la mañana, suspira. Y recuerda a los niños, a los más pequeños, esos que hacen que su sonrisa se esfume por completo. “Los chicos crecieron con esta guerra. Para ellos las explosiones son cosa de todos los días. Juegan entre los escombros e intercambian balas que recogen en las calles. Conocen de qué proyectil viene cada una. Ellos no tienen figuritas”, concluye. Y se remonta al principio, a 2011, cuando la pesadilla recién empezaba. “Nosotros nos enteramos por nuestras chicas, las que viven en la pensión, de los horrores que estaban viviendo los cristianos del interior. Los fundamentalistas entraban a los pueblos y mataban a todos, era un horror, pero jamás creímos que llegarían a Aleppo. Eso parecía imposible”. Y cuenta que al principio la ciudad se paralizó, se suspendieron las clases, la gente no salía a la calle, no podía dormir por los bombardeos… Pero de a poco, la vida siguió su curso. Y en medio de los peores horrores (la Hermana habla de personas enterradas vivas, violaciones en masa, de una mujer atada a un poste en plena calle para que la gente pase y le pegue hasta que decida rechazar el cristianismo y abrazar el ISLAM), la vida en Aleppo sigue su curso. “Si explota un misil, se abren las ventanas, vuelan vidrios, las personas nos levantamos, cerramos lo que se abrió y seguimos conversando”. Y así continúa explicando que uno aprende a vivir así, y a dormir así, en los sótanos, a celebrar los cumpleaños y los casamientos. Una vida cotidiana sumamente complicada a la que todos se han habituado. “Hay un sistema de recolección de restos muy sistematizado. Los camiones pasan, recogen y embolsan. Y en la morgue los clasifican por hora y lugar de explosión”, concluye. El silencio que nos envuelve es cada vez mayor. Nada más atroz. Impensable. Demasiado triste.

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Y así frente a tanta desgracia y tanta muerte, los católicos de Siria son cada vez más fuertes. Pero fuertes en su fe y en su alma. Esta guerra le ha dado un sentido a todo lo demás, y siguen haciendo todo aunque cueste. La suya es literalmente una cultura que sobrevive en el espíritu de sacrificio y en un permanente ejercicio por fortalecer la voluntad. Viven cada día como si fuera el último. Son buenos hijos, buenos amigos, buenas personas. Cuidan sus almas. “A pesar de los bombardeos las iglesias están llenas, y la gente canta cada vez más alto para no escuchar las explosiones. Los retiros tienen listas de espera. Y nosotros que estamos rodeados de milagros no los vemos porque estamos entretenidos con tantas cosas, como el materialismo, la imagen, el qué dirán…”. La Hermana parece cansada. Es evidente que tanto abatimiento ha afectado su salud. Habla pausado, y deja entrever una profunda tristeza por cada una de esas personas que dejó en Siria y que la están esperando. Hasta el comienzo de la guerra, su tarea era el apostolado, hoy sólo se dedica a acompañar. Tiene muchos amigos, tiene las chicas de la pensión, tiene a sus niños… Son su familia de allá. Y sufre por ellos. Cuando la charla va llegando a su fin se refiere a ellos con orgullo. “Recen por ellos, recen por mí, recen por todos. Lo que nos sostiene es la Gracia de Dios que viene de tantas oraciones”. Y concluye: “Difundamos lo que están viviendo nuestros hermanos en Siria. El mundo tiene que saber. Que llegue la noticia de una familia que quiso escapar en bote no es novedad. Eso pasa todos los días. Muchos me vienen a decir que están barajando esa opción. Y eligen compartir el bote con amigos. Pero después de varios días, cuando se empieza a desinflar, los primeros que tiran al mar son a los católicos. Es así. Y lo saben. Y de todas formas se arriesgan. Es su única salida”.

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Y así, desde una actitud de humildad y recogimiento, la Hermana resume que a los católicos la fe nos debería salir por los poros. No deberíamos sentir vergüenza por vivir honradamente y siguiendo nuestros principios. Y no debería ser necesaria una persecución cruenta para darnos cuenta de esto. Hagámoslo por ellos. Por los 250.000 católicos que murieron por abrazar su fe, por los que siguen muriendo día a día, por los que están siendo desplazados y por los más de once millones de refugiados que se han quedado sin hogar.

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