A la facu con un “Me gusta”

Durante toda mi época universitaria, hace unos añitos ya, la ida hasta la facultad la hice siempre a dedo.

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Durante toda mi época universitaria, hace unos añitos ya, la ida hasta la facultad la hice siempre a dedo. Nunca me tomé un bondi, ni tren, ni subte a la mañana. Facebook no existía, pero el “Me gusta” funcionaba. Bastaba con levantar el pulgar a los autos que pasaban y alguno siempre se compadecía.

Texto: Juan Pablo Pizarro  –  Ilustración: Nicolás Bolasini

Éramos tres y todos los días nos encontrábamos en el puente a la misma hora. Habíamos logrado armar un esquema logístico impecable. Cuando teníamos examen o no queríamos llegar tarde por algún otro motivo, nos íbamos en “la nube exprés”, un Volkswagen 1500 blanco inmaculado, conducido por un viejo que se fumaba seis o siete cigarrillos entre que nos levantaba y nos dejaba. La disyuntiva de si subirnos o no a “la nube exprés” era tremenda porque el tipo nos dejaba a media cuadra de la facultad y siempre en horario. Un lujo difícil de rechazar. La segunda opción era un tipo que no te contaminaba los pulmones pero sí los tímpanos. El flaco era capaz de encadenar diez cuentos al hilo sin repetir y sin soplar, y dejarte la cabeza como si te hubieran bailado un malambo el Chaqueño Palavecino y toda su banda. También acá había que poner sobre la balanza puntualidad versus salud emocional. Ganaba casi siempre la primera. Pero un buen día, como si hubieran adivinado nuestras vacilaciones interiores, los flacos no pasaron más. Nos dejaron a gamba un día, y el siguiente y el siguiente. Se esfumaron sin decir “agua va” y nos obligaron a replantear nuestra logística, salir de nuestra zona de confort y buscar nuevas alternativas. Y encima la competencia se hizo más dura cuando otros cuatros de copas nos vieron con el pulgar en alto y nos usurparon impunemente el “dedódromo”.

Fueron días de tensión y nerviosismo. La vaca atada se nos había escapado y ahí estábamos, otra vez, en la pelea por hacernos de un socio que nos diera movilidad a cambio de grata compañía. No fue fácil. Tuvimos que acostumbrarnos a conductores desalmados que nos obligaban a tomar algún bondi porque no nos dejaban en la esquina de la facultad. Tremendo.

Uno de esos días, me levantó un tipo cuya cara me sonaba, pero que nunca había pasado por ahí. Tuve que correr unos metros porque cuando se decidió a parar ya se había pasado media cuadra. Cuando abrí la puerta del acompañante, el tipo se agarraba el hombro y no podía disimular un dolor desgarrador que lo estaba matando.

– ¿Sabés manejar?
No me esperaba la pregunta, pero le dije que sí.
– Entonces llevame al colegio que está sobre Colectora. Me saqué el hombro cuando traté de pasar el saco al asiento de atrás para liberarte el del acompañante. O sea que algo de culpa tenés.

Me pidió entonces que diera la vuelta hasta su puerta y se la abriera. Se bajó como pudo del auto y se pasó para el lado del acompañante. No me dio tiempo a pensar lo bizarro de la situación y me subí también y lo llevé hasta el colegio, que estaba a unas quince cuadras.
– Bajá y preguntá por María Elena, que es mi mujer. Decile que me saqué el hombro.

Yo seguía en función piloto automático, así que me metí en el colegio y pregunté por María Elena. La gente me miraba desconfiada, hasta que uno me llevó hasta la administración.

– Busco a María Elena. Su marido se sacó el hombro y espera afuera. La que resultó ser María Elena pegó un grito pelado que me llegó hasta la base del hipotálamo y salió corriendo. Pero corriendo en serio, precipitada, chocándose con la gente por los pasillos. A mí no me daba para tanto así que apuré un poco el tranco, pero no con el atolondramiento de la mujer.

Cuando llegué al estacionamiento, el auto ya no estaba. Miré para todos lados, por si me había equivocado de salida, pero nada. María Elena me había dejado de “garpe” para llevar a su marido a la clínica, según me comentó el sereno que hacía un esfuerzo para no largar una carcajada al representarse la situación.

Y así fue que tuve que encarar de nuevo hacia el “dedódromo”, mochilita al hombro, cabizbajo y pateando piedritas. Nunca más lo volví a cruzar. O se lesionó seriamente y no volvió a manejar o decidió empezar a ir por otro lado para no cruzarse con esta mufa. No sé.

 

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