Conexión, división y límites

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Empieza el año y la comunicación es otra vez el tema central. Las redes sociales, su uso y abuso en casa, y un debate que no pareciera encontrar una conclusión única.

Texto: Milagros Lanusse – Ilustración: Nicolás Bolasini

La niña se divertía jugando. “Mamá te muestro un ‘fow’”. Y lo que quiso decir es show. Le sigue un diálogo en medio de risas entre un chanchito y un perro, títeres de género de aspecto corriente. El show muestra a las claras que tan sólo dos años de vida alcanzan para desarrollar una gran imaginación, capaz de crear una historia divertida a partir de personajes tan simples. La risa deviene en carcajada nerviosa, y el “fow”, cuyo vestuario se limita a un piyama enterizo y pantuflas de corderito, termina en medio de aplausos entusiastas (el público, claro, una mamá embelesada).

Afuera alguien mira el cielo de estrellas y respira el aire de las primeras horas de la noche. Otro, sentado en un sillón, cambia de página del libro que viene siguiendo hace días, y en el comedor, un grupo de diferentes edades se debate en una edición única de generala. Los sonidos a lo largo de toda la casa son puras voces, y todos los rostros que aparecen son de carne y hueso.

EI Ipad descansa sobre una mesa sin batería, y varios celulares permanecen oscuros y en silencio en diferentes ambientes de la casa. Televisión desenchufada y una computadora cerrada que alguien olvidó en un estante. El verano de algunos transcurre en destinos que no cuentan con señal de ningún tipo. Ni 3G, ni wifi, ni televisión satelital, ni nada; poca señal de teléfono, la necesaria para alguna llamada de urgencia. Y lo que en la jerga más usual podría compararse con “el medio de la nada”, resulta ser un espacio con más contenido y variedad que cualquier programa virtual o aplicación. Volvemos a nuestras casas después de las vacaciones, las pantallas de las mil formas y colores se encienden en todos los ambientes y se reabre el debate: ¿hay un límite para el uso de redes sociales? ¿Cómo se marca? ¿Cómo se mide?

Lo bueno que tienen las redes sociales, todos lo sabemos. Sabemos más del otro, y eso es así: dónde está a cada minuto del día, con quién, qué está haciendo y hasta qué está comiendo. Vemos los lugares donde están nuestros amigos o nuestra familia, y ya no hace falta recurrir a la imaginación para obtener una imagen visual de cada uno en su locación. Ni qué hablar de los reencuentros que facilitan las redes sociales, la instantaneidad y el intercambio inmediato que nos permiten estar conectados unos con otros.

Lo no tan bueno también es sabido. Digamos la verdad: mientras estamos sentados con alguien, muchas veces salimos a buscar a otro por medio de nuestros aparatitos; el que está con nosotros físicamente se vuelve un testigo indirecto de nuestro encuentro con otra persona. Dos encuentros en simultáneo y cada uno tiene la mitad de nuestra atención. Nos volvemos seres fragmentados varias veces al día, cuando no logramos que mente, cuerpo y corazón estén cien por ciento ubicados en el mismo lugar.

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Cincuenta y cincuenta, entonces: las redes sociales son buenas y no tan buenas, en medidas al menos similares. Nada fácil entonces la tarea de poner alguna norma de convivencia acerca de ellas, porque todas son plausibles de alegato. Lo que no es discutible es lo bueno que surge en los tiempos en los que se interrumpe un poco su uso, las charlas que surgen cuando los mensajes no llegan y las imágenes visuales que retenemos en la retina cuando las fotos no se bajan en el celular. Qué lindo entonces, más que limitar la tecnología, es potenciar los momentos que su ausencia puede brindar: un partido de cartas, una cena sin teléfonos permitidos, una caminata “a pelo”, sin música ni celulares, un libro, un paisaje, una siesta al sol. Y volver lo que ya es casi excepcional, en costumbre. Parece sencillo, pero nuestras manos a veces parecen esclavas de los “otros mundos”, fuera de casa y a los que accedemos por medios virtuales. ¿Lo irónico? La cantidad de horas a las que renunciamos a nuestra propia vida por mirar la vida de los demás. Y familia y amigos tangibles compiten con las pantallas táctiles y con la familia y los amigos de otros.

“Charlé con un amigo”… y quiere decir que intercambié varios mensajes de Whatsapp; “sigo en contacto”, y lo que pasa es que veo sus fotos en Facebook. Seguir a alguien ya no es admirarlo sino ser su “fan” en alguna red social, y contar algo al grupo de amigos es revelar al grupo de chat alguna infidencia. Hay generaciones que nacieron amigas de las redes sociales y que tienen sus celulares casi como una prolongación de sus manos. Todo está cerca, accesible, cognoscible. Limitar la forma de comunicación más habitual que tienen nuestros hijos resulta entonces una verdadera odisea, porque para ellos implica perderse de mucho. Qué misterio encontrar pautas claras que acompañen su forma natural de relacionarse, pero intentando que estar siempre con la mente afuera del cuerpo no resulte una adicción. Porque será después muy difícil armar el rompecabezas en que se convierte la persona, habiendo vivido toda su vida dividido en varios trozos.

El desafío alcanza todos los niveles de la prole: padres que no sólo sean capaces de limitar el uso de las redes sociales, sino que demuestren en hechos que pueden prescindir de ellas también. Que cenen sin celular a cuestas, que charlen largo y tendido, que disfruten de un paseo, un juego o un deporte. Porque más clara y real resulta la regla si es aplicada por quien la impone, mientras que resulta inocua si es un norma abstracta que no se encarna en quien la profiere.

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