De Ruanda a Eidico

Texto: Catalina Rothberg – Fotos: Silvina Woodgate

Immaculée Ilibagiza estuvo en Eidico y trajo aires de esperanza, aires de misericordia y aires de paz. Su testimonio tiene un poder transformador. En 1994 perdió a casi toda su familia en un genocidio ocurrido en Ruanda. Para sobrevivir pasó 91 días escondida en un baño. Su camino de fe y de conversión la mantuvieron firmemente de pie.

El día que tanto esperábamos había llegado. En Eidico nos preparábamos para recibirla de la mejor manera. Las semanas previas habían pasado rápidamente y su nombre venía resonando en los pasillos desde hacía varios días. Compartíamos un clima de fiesta y soplaban aires de renovación. Teníamos la certeza de que ese encuentro nos haría reflexionar. Todo debía estar preparado para recibirla: desde la ambientación, hasta los corazones. Cada detalle debía hacerla sentir como en casa. La parte práctica estuvo lista desde temprano: un escuadrón de empleados, movimos mesas, acomodamos sillas y pensamos hasta en el mantel perfecto para la mesa donde estaría la Virgen. Todo se fue acomodando y, poco a poco, sentimos que sería una gran noche la que se acercaba.

A las siete llegaron los primeros invitados. El SUM se fue llenando de a poco. Generaciones de adultos y varios niños fueron ocupando sillas y espacios en el suelo. Estaba claro: éste era un momento para vivir en familia, cada uno con su expectativa y cada uno con su experiencia. Cada uno con su propia historia. Todos venían a dejarse sorprender y ver que diría Immaculee (Dios mediante) a cada una de ellos. En pocos minutos el salón se vio repleto. Todavía no comenzaba el testimonio, y Dios ya nos estaba mostrando como sus planes a veces no son iguales a los nuestros. La lluvia rompió con la estructura previamente armada, y nos obligó a entrar y a apretarnos, unos bien cerca de otros. Y así -casi sin poder movernos, parados, sentados en el piso o en la posición que nos permitía el espacio que teníamos- nos fuimos acomodando en el lugar que quedaba. El mensaje fue muy claro, la lluvia nos acercó para vivir un momento de intimidad (literal) todos juntos.

Adelante, sobre el escenario, dos sillones, una mesita con un vaso, una jarra de agua y la imagen de la Virgen. Ezequiel Masoni, presidente de la Fundación Padres, presentaba el encuentro con una breve explicación de quien era Immaculée Ilibagiza y un poco de su historia. Se escuchó un gran aplauso mientras ella entraba. Todas las miradas la seguían en cada paso. Ella, caminaba con su sonrisa llena de agradecimiento y humildad. De un minuto a otro, decidió detenerse, mirar alrededor y sonreír. Seiscientas personas reunidas y en silencio la observaban expectantes, atentas, ansiosas por escuchar todo sobre su experiencia y aprender su lección de que perdonar es posible.

Un testimonio que deja huella
Immaculee suspira, respira hondo, toma con fuerza su Rosario y se dispone a comenzar. Remonta su historia a 1994 y a como vivió esos 91 días escondida con siete mujeres en un baño, explicando la ira que sintió. Habla de cómo llegó a sudar de enojo y a llenarse de sentimientos humanos. Emoción que solo logró sanar cuando entendió el verdadero significado de rendirse a Dios. ”Le pedí ayuda para sentir la paz”, dice. Sus palabras llenan a cada uno de los presentes y el tintineo de su Rosario es el único sonido que se escucha, además de su respiración. Su mirada refleja el paso de una vida dolorosa, pesada. El camino fue largo. Un camino que no fue fácil. Donde hubo sufrimiento y una gran tentación a caer en el odio. Un camino de salvación. Donde un Dios capaz de todo pudo ingresar y mostrarle lo poderoso que es su amor.

En ese doloroso contexto, Immaculée abrió los ojos y dejó que Dios pudiera entrar por completo en su vida. Pudo entender que los milagros necesitan de cabeza y de corazón. Fue consciente de su limitación humana, pero supo ver que todo es posible para Dios. Se despidió de su familia sabiendo que nunca más los volvería a ver. ”Somos humanos, podemos no entender”, explica mientras cuenta el sufrimiento por el que pasó Ruanda. “Pero la oración tiene el poder de cambiarnos”, agrega con su Rosario siempre en sus manos. De cambiar nuestro interior. No podemos cambiar lo malo, pero sí nuestra reacción.

El silencio que colma el lugar es conmovedor. La evidencia de que algo grande está sucediendo. Lo que abunda en el corazón habla la boca. Cada suspiro entre sus palabras deja en claro todo lo que quiere expresar. Cada palabra es un regalo para que cada uno de nosotros guardemos en nuestro corazón.  La invitación es tan grande que por momentos parece hecha para algunos pocos y no para todos. Una puerta abierta a entregarse a Dios, a la oración. A desarrollar el corazón amando, sabiendo que éste es más inteligente que la cabeza. Con un Rosario en su cuello y otro en la mano, habla de la importancia  de rezarlo, ya que es como regar una planta. Rezar el Rosario aumenta nuestra fe y confianza en Dios. Rezarlo nos vuelve más buenos.

El mensaje que inquieta y motiva a la vez es el de perdonar, “hasta setenta veces siete”.  De ser pacientes y entender que si todavía no perdonamos, es porque todavía no llegamos. Pero de animarnos a vivir el perdón en su máxima expresión. Sabiendo que la gente a veces hace el mal, pero no por eso son malos. Tener en claro que Dios conoce nuestra capacidad más que nosotros, y que de nosotros depende cómo vivir la vida. La elección está en el día a día, eligiendo amar  y no odiar, hacer el bien ante el mal, y construir en vez de destruir.

Immaculée Ilibagiza nos regaló una noche que ninguno de los presentes va a olvidar. Llamándonos desde sus vivencias al perdón y al coraje. A sentirnos dueños de la parte del mundo que nos ha confiado. A perseverar en medio de la adversidad y a construir un país con oportunidades para todos. A salir de nosotros mismos y mirar a los demás, a los que más lo necesitan y a los que nadie hubiera mirado. A entender que misión hay para cada uno de nosotros.

Y la gente nos cuenta
“Haber podido presenciar la charla de Immaculée fue un regalo que Dios me dio. Valoro mucho la fuerza de voluntad que tuvo para salir adelante ante cualquier problema. También valoro la fe y la paz que transmite, es algo que por lo menos en mí se estaba perdiendo, necesitamos tener paz y fe, y ella es un claro ejemplo de eso. Salí de la charla renovado, con otra visión de las cosas. Pero, más que nada, salí con Esperanza, que el amor lo vence todo. ¡Gracias Immaculée por tu ejemplo de persona!”.

Francisco Harriague
“Me impresionó como la oración y el tener siempre presente a Jesús nos hace sobrevivir, nos hace disfrutar la vida, nos hace vivir distinto. Como a ella la oración le salvó la vida. Salió adelante a pesar de lo que tuvo que sufrir, y hoy es la persona que es gracias al amor de Dios y a la confianza que ella le tuvo. Con tan solo escucharla decidí vivir amando y agradecer la vida”.

Milagros Calvo
“El mensaje que me dejó Inmaculee fue el de volver a la importancia de la oración, en la fuerza de ésta. El confiar en el poder de la oración. Escucharla como hablaba del Rosario y de lo que había significado para ella rezar durante ese tiempo, me impactó entender que de verdad vale la pena rezar. Su testimonio me renovó mucho en la fe, en confiar en Dios, porque Él sabe que es lo mejor para nosotros y que busca eso todo el tiempo. Entregarse a Él, ya que es el que mejor sabe por donde pasa nuestra felicidad”.

Camila Dameno
“Me hizo ser más conciente sobre lo real y sobre lo importante que es confiar y creer en nuestro diálogo personal con Dios. Me abrió los ojos de lo sanador que es el perdón”.

Indalecio Torralva
“Gracias Immaculee por tu grandeza de corazón. Por enseñarnos a escuchar y enseñarnos a pedir. Por enseñarnos a confiar. Y por empujarnos a rezar para volvernos mejores personas, y no esperar a ser mejores personas para rezar. Cada palabra, cada suspiro, cada silencio tuyo nos transmitió que perdonando y mirando con amor a los que piensan distinto ganamos todos. Un desafío que no podemos pelear solos sin duda. Y ahí nos deja su mejor testimonio: el regalo de la fe y de buscar vivir cerca de Jesús y de María, su Madre y la Nuestra. Simplemente gracias”. 

Rosario Lanusse

Más información:
“Sobrevivir para contarlo”, Ediciones logos
www.edicioneslogos.com
www.immaculee.com

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