Poesía desde el infierno

Encontró en el lenguaje aquello que todos tenían en común. Éste fue el primer paso que dio Cristina Domenech al empezar, allá por 2009, a dar un taller de poesía en la Unidad Penitenciaria n° 48 de San Martín, Provincia de Buenos Aires.

Fue convocada para participar de este proyecto, de la Universidad Nacional de San Martín, y se encontró con que el taller era para todos los presos, no sólo para los del Centro Universitario de la cárcel. Fue así como se encontró con una gran desigualdad de estudios y conocimientos, y en seguida supo que un arte tan elevado y a la vez tan humano como es la poesía lograría equilibrar.

El taller comenzó bajo la inspiración de poemas cortos de distintos autores que Cristina invitaba a los presidiarios a leer. Ellos no sabían lo que era la poesía, pero de a poco fueron descubriendo cómo unos simples versos lograban asentar en palabras todo lo que ellos no podían decir ni hacer dentro de la cárcel. Cristina invitó a la poesía a visitar la cárcel e instalarse allí, y así también condujo de la mano a varios hombres a conocer el poder de expresión por fuera de los barrotes que los rodeaban.

“Dicen que para ser poeta hay que bajar alguna vez al infierno”, contó Cristina en Tedx Río de la Plata en octubre del año pasado. “Empezamos a apropiarnos de ese infierno”. En su relato, la escritora y filósofa fue contando la historia que llevó, y que aún lleva, a muchos presos a “coser las lastimaduras de la exclusión”.

Lo que en un primer momento fueron simples clases literarias, se convirtió en mucho más. Ya llevan escritos dos libros de poesía; una apuesta aún más fuerte que la que cada uno se imaginaba en un principio. Pero más aún, y como dijo Martín Bustamante, presidiario de la Unidad 48, la poesía y la literatura les cambiaron la vida.

Cristina es Licenciada en Filosofía y es también escritora. Pero en la cárcel ella es mucho más que eso. Es la maestra que devolvió a aquellos hombres las ganas de soñar, la posibilidad de expresarse, la esperanza para romper los barrotes que apresaban sus más profundos interiores. Les devolvió la dignidad.

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