Guardianes de infancia

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Instruir la mente o preparar el espíritu; comunicar conceptos o escoltar en el camino hacia la vocación. El desafío de ser maestro en la vida y trascender el aula; mirar, esperar, querer al que aprende y dejar una marca perenne en su alma.

Texto: Milagros Lanusse · Ilustración: Nicolás Bolasini

Tan relativo es esto de la grandeza y la pequeñez. Nace un bebé y resulta que es un ser ínfimo en comparación con el resto de los seres. Sin embargo, su existencia es inmensa y ocupa tanto espacio que no cabe dentro de la comprensión humana. Es tan extenso el contraste entre lo que aparenta por su tamaño visible y lo que significa en realidad, que su importancia se duplica y la atención que merece también. Su vida opaca cualquier otra cosa en el mundo, y aunque es pequeño, es grande, muy grande a los ojos de quienes lo quieren.

Crecemos y pareciera que vamos alcanzando, con el tamaño del cuerpo, el tamaño abstracto de la importancia original de nuestra existencia; como el contraste se reduce, así también pareciera reducirse la grandeza que portamos. Absurdo, claro, y tan sólo una sensación. Será que como el “recipiente” que contiene a la grandeza de un bebé es tan pequeño y delicado, la grandeza es más visible y está más expuesta. Es más fácil de admirar, y también de vulnerar, y resulta inconmensurable respecto del cuerpo que la conserva.

Un aula aloja a seres pequeños, algunos más que otros; personas de baja estatura que llevan poco tiempo en el mundo. Frente a ellos se para quien está a cargo durante las horas que dura la jornada escolar. Los sobrepasa en altura y los duplica en fuerza. Tiene cuatro veces más años que ellos, y las veces que leyó un libro suman más que la cantidad de años que llevan de vida los alumnos. Conoce idiomas, recorrió museos, vio películas y escuchó congresos. Sin embargo, los pequeños del otro lado tienen una importancia y una grandeza que no se miden en años, ni en saberes, ni en capacidades. Su mente está menos desarrollada y su conciencia posee menos conocimientos. Pero para quien lo instruye, el corazón del que está siendo educado es el centro de la cuestión. El espíritu en formación, susceptible, vulnerable e inmaduro, requiere mayor atención y miradas que el meritorio espíritu culto, complejo y experimentado que está frente a él.

Almas grandes en cuerpos chicos, a cargo de personas que velan por esa grandeza. Honorable vocación, si la hay, la del maestro, que debe custodiar con delicada atención algo tan preciado y expuesto, conservado en tan reducido envase.

¿Maestros modernos?
Ser maestro hace tiempo que dejó de suponer impartir conocimiento. Evolucionamos como especie y nos dimos cuenta de que educar tiene más que ver con cuidar que con instruir, con revelar más que con transmitir información, con acompañar más que con evaluar. Que quedan todavía formas arcaicas de enseñar, quedan. Pero qué gratificante es encontrar maestros que se han puesto otra vez en el rol de aprendices, reconociendo que la forma de educar necesita ser estudiada otra vez. No porque “esté de moda” lo moderno y lo novedoso, o (solamente) porque haya nuevos formatos y paradigmas que es necesario comprender para comunicarse con las nuevas generaciones. No tanto por algo externo que los nuevos tiempos imponen al sistema, sino justamente por la conciencia adquirida de lo más original, genuino y antiguo del mundo: la grandeza de las personas que se sientan a escuchar.

No es necesario aggiornarse solamente porque los chicos hoy ven más videos o usan más formas de interactuar. Es necesario aggiornarse en la percepción del otro, en la consideración de su vulnerabilidad y del nivel de influencia que uno puede (o no) impartir en su vocación y por ende en su vida entera. Los chicos son (como siempre lo fueron) páginas en blanco dispuestas a recibir sobre ellas grafemas de lo más variados. Todo el que trate con ellos, y más aún aquél que pasa mucho tiempo en su compañía, dejará una marca imborrable, como se graba con fuego un signo en la piel. Por eso, más que nada, será necesario sentarse a escucharlos y atender sus necesidades particulares. No porque ahora usen celular, o busquen en Google, o lean fragmentos en lugar de libros enteros; sino porque son personas de importancia inmensa, que precisan ser pulidas hasta alcanzar con el cuerpo la grandeza de su ser. Entender hoy a los alumnos no irá, solamente, de la mano de las nuevas tecnologías o de los nuevos formatos de aprendizaje. Entender, acompañar, contemplar, apoyar, son términos sin edad generacional ni diferencia de época, y valorar al otro en su proceso de aprendizaje es una práctica que no conoce de tecnologías, redes sociales o códigos modernos.

Maestros que estén al día serán maestros que busquen revelarle al otro su propia sabiduría, como ya lo han intentado muchos a lo largo de la historia. Ayudarlo a conocerse antes que a conocer las cosas, y a mirar el mundo antes de categorizarlo en estructuras de saber. Cuando crezcan los alumnos de aquellos maestros que supieron cuidarlos en su carácter de (pequeños) humanos antes que en su carácter de estudiantes, que fueron humildes para brindarles respeto y consideración, que fueron buenas personas antes que buenos instructores, que los trataron con delicadeza y firmeza prudencial para procurar su educación… los alumnos de aquellos maestros serán hombres y mujeres más fuertes y seguros, más allá del nivel de actualidad que posean en su haber.

No te pierdas el video de TEDxBarcelona “Los nuevos retos de la educación”. César Bona nos aconseja sobre la importancia de escuchar y respetar a los niños para guiarlos de la mejor manera.

 

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