Hasta dar la vida

El cuartel de bomberos de San Isidro nos abrió sus puertas, y esto es lo que vivimos, aunque seguramente no haya palabras suficientes para describirlo. 

Tener la oportunidad de visitar un cuartel de bomberos es una experiencia que todos deberíamos vivir al menos una vez. Adentrarse en sus techos altos y húmedos pisos, conversar con las personas detrás de los rescates, conocer su profesión toca el corazón y no hay vuelta atrás. El cuartel de bomberos de San Isidro nos abrió sus puertas, y esto es lo que vivimos, aunque seguramente no haya palabras suficientes para describirlo. 

Texto: María Stellatelli – Fotos: Rosario Lanusse

Dijo Jesús: “hasta dar la vida”. Un mensaje cuyo alcance y sentido muchas veces resulta difícil entender. ¿Dar la vida por los demás? ¿Cuán generoso debe ser nuestro corazón para ser capaces de anteponer la vida de otro a la propia?

Visitar un cuartel de bomberos, escuchar sus inquietudes, sus experiencias, sus reflexiones, sus temores, mirar sus miradas es adentrarse en una profesión que da la vida por las de los demás. Respirar en los rincones amplísimos de ese lugar pone de manifiesto el concepto de aquel mandato de Jesús.

Los bomberos: “aquellos hombres fuertes, de cascos amarillos, que salen rápido en su camión y apagan incendios”. Así lo explican en el Jardín de Infantes. Más aquella es una descripción demasiado simple, demasiado vacía, un tanto injusta. Los bomberos son hombres que se dan hasta dar su propia vida. Héroes guardados en el anonimato. Pero que son personas reales, con un rostro, un nombre, una familia que espera verlos regresar después de cada rescate.

“Bomberos es un grupo humano unido y con garra; todos voluntarios”, empieza Alejandro Marchetti, Comandante Mayor del cuartel de bomberos de San Isidro con treinta y cinco años de servicio. Primero cuenta cómo funciona el sistema de bomberos en la Argentina (ver recuadro). Pero no pasa mucho tiempo hasta que sus palabras se tornan en una charla más íntima, en la que comparte sentimientos acumulados con el tiempo, impregnados tras imágenes de tantos años como rescatista.

Habla de las huellas grabadas en su espalda, de los años de camaradería en el cuartel, del amor a la profesión. Los recuerdos viajan al presente a medida que las historias afloran. Las palabras dejan sus entrañas para invadir las de quien escucha. Los corazones son conquistados poco a poco; atrapados para siempre.

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El motor
No se trata sólo de incendios; son también rescates en accidentes, prevención de suicidios. Implica internarse en un edificio que arde en llamas para salvar vidas de caras que no conocen. Meterse en un auto o en un tren dañado y liberar a aquellos atrapados. Negociar pacientemente con una persona que no ve más sentido en su vida y quiere arrojarse al vacío. Se trata de animarse a mirar la muerte cara a cara. Con miedo, sí. Pero con la certeza de ser la única oportunidad que tiene una persona de sobrevivir.

“Lo que más me motiva es ser la solución a los problemas de la gente cuando no tienen otro recurso”, cuenta el cabo Adrián Basán (40). “El mayor aprendizaje es que uno es útil para el prójimo”. Ser bombero es tener el coraje de dejar de lado la propia salud, física y emocional, por salvaguardar la de un prójimo para quien el bombero es la única oportunidad. Llegan cuando nadie más puede dar una mano, cuando el peligro es demasiado.

En muchos casos, eligieron ser bomberos tras ver a sus abuelos, padres, hermanos y tíos hacerlo. Una herencia que naturalmente fue transmitiéndose a través de las generaciones. “Mi hermano era bombero, y cuando sonaba la alarma lo seguía en bici hasta el cuartel para verlos salir”, recuerda Gabriel D’Emilio (48), Subcomandante.

“Vivo a cinco cuadras del cuartel y desde chico siempre escuché la sirena. Los veía pasar y pensaba ‘yo quiero ser como ellos’ –recuerda José María Ramos, bombero, (20)- Lo que más me motiva es poder ayudar a alguien en su peor momento”. A su lado, Agustín Marchetti, bombero, (18) –hijo del Comandante Mayor, Alejandro- agrega: “Ir a un lugar sin esperar nada y que alguien que perdió todo te diga ‘gracias’ es muy alentador para seguir creciendo”. Y se suma el testimonio de Carlos Panera, Suboficial Mayor, (72): “Una chica que rescatamos y sigue con vida, a veces viene a visitarme, me abraza y me dice ‘vos sos mi salvador’”. Sus ojos brillan. “Yo amo esta institución; pienso seguir hasta el último día de mi vida”.

En el cuartel de San Isidro, unos seis camiones de rescate con sus frentes imponentes y su color rojo brillante. Limpios, muy limpios; insignia de orgullo, refugio de innumerables salvatajes. Alrededor, van y vienen bomberos, que son personas, que son hombres y mujeres, de variadas edades, que esperan un sonido estridente para partir rumbo a algún punto del Partido a socorrer a quien lo necesite.

Frente a la entrada del cuartel cuelga una soga. Pero aquella no es cualquier soga. Dos minutos más tarde revelarán a un bombero deslizarse por ella en un ensayo de rescate de alturas.

El miedo
“Miedo, siempre. Desde que suena la alarma, hasta que nos metemos adentro del fuego o debajo de un auto. Pero es un miedo mezclado con adrenalina, y siempre estando seguro de lo que estás haciendo para que no suponga un peligro para vos, para la persona que querés rescatar ni para tus compañeros”. Agustín Marchetti habla de ser bombero y sus ojos azules tienen luz. Dieciocho años han visto más imágenes que las que han presenciado muchos en este mundo. Empezó siguiendo los pasos de su papá y de su hermano mayor, y sabe que bomberos es su casa y una gran familia.

Una hilera de camperas con rastros de humo viste la pared de un costado del cuartel. Encima, los característicos cascos amarillos, cada uno con su nombre: cada uno corresponde a un bombero y no a otro. Debajo, varios pares de borcegos marcados por el asfalto y por el fuego esperan por sus dueños. Todos ordenados…

De pronto ya no están todos ordenados. Algunos faltan; en su lugar, pares de zapatos desprolijamente tirados. Faltan cascos y hay perchas vacías. Sonó aquella sirena que penetra en los tímpanos y en la boca del estómago. Un llamado, una emergencia. Un zumbido estridente que hace que los hombres y mujeres que se encuentran en el establecimiento salgan corriendo de donde sea que estén, se calcen sus prendas y, de un salto, trepen al camión auto bomba para salir al rescate.

La muerte
Para los bomberos, la muerte es parte del día a día. La han mirado cara a cara cientos de veces; cargan con su peso sobre la espalda. “La muerte es parte de nuestro trabajo. Tenemos que tener cuidado porque a veces arriesgamos más de la cuenta; está en la esencia del bombero”, Alejandro Marchetti tiene la mirada en algún punto lejano, probablemente en los años pasados.

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El dolor
Por una escalera en el interior del cuartel baja otro bombero. Éste no está ensayando sino que viene de darse una ducha, listo para salir cuando sea necesario. Se dirige al fondo. Una puerta ventana deja ver la cocina. Alrededor de la mesa, un grupo comparte un mate, o quizás es su almuerzo. Se ríen. Y en la escalera siguen circulando bomberos. Algunos llegan, otros se van. Bolsos en mano –y quizás una almohada también-, suben a acomodarse en sus cuartos de guardia, donde podrán descansar hasta que la penetrante sirena los despierte nuevamente. Pero, ¿será que ellos realmente duermen?

Aquellos ojos que muchas veces cedieron sus horas de sueño por rescates han visto mucho. El color del fuego, el penetrante humo, el destrozo de los vagones de un tren, niños a quienes se los llevó una tragedia, rostros desesperados. Las imágenes pelean una lucha que se riñe entre colarse en sus huesos, y fluir hasta alejarse para dejarlos seguir y tener la fuerza para enfrentar la próxima imagen que deban encarar.

“Uno tiene que ver cómo manejar las imágenes con las que se encuentra para que no generen un problema, porque el estrés post traumático es muy dañino”, ahonda el Comandante Mayor. Hoy en día, los bomberos cuentan con un equipo de coaching dispuesto a socorrerlos cuando necesitan ayuda para procesar lo vivido. Sin dudas, un avance fructífero ya que antes, el apoyo psicológico no existía. “Los más viejos estamos marcados por ese estrés que se va acumulando con los años”.

Gabriel D’Emilio hace hincapié en cómo cambia la perspectiva de un rescate cuando uno se casa y tiene hijos. “Empiezan las emociones diferentes. Cuando vas a un accidente y ves que el que sufre es una criatura, estás más expuesto a quebrarte- y continúa-. Se vive diferente que cuando sos soltero”. “Todas las imágenes son duras-explica Alejando Marchetti- Muchas están relacionadas a situaciones en las que se generó mucho estrés o en las que se vivió mucho dolor en el lugar”. Aun así, cuenta que cada imagen deja una enseñanza. “Lo importante es ver qué podemos mejorar la próxima vez”.

La familia
Hay dos familias: una es la propia, que, entendiendo más o menos, los apoyan, se preocupan, los esperan luego de cada rescate. Otra es la que se forma en el cuartel y que, rescate a rescate, se va afianzando y uniendo. “En momentos críticos se forma una hermandad en la que todos nos apoyamos y nos complementamos mutuamente –Adrían Basán se ablanda a lo largo de su relato- Es necesario que charlemos entre nosotros; tenemos nuestra carga en la mochila, la nostalgia por algún rescate que no fue fructuoso”.

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Signos de Vida
Los bomberos son símbolo de vida y de dar la vida. Detrás de ellos hay muchas historias fatales. Llevan en un rincón de su alma rostros, muertes, experiencias, impotencias. Pero al conversar con ellos, no es eso lo que uno escucha. Las palabras que salen de sus bocas son palabras de vida. Hablan del amor por el servicio que prestan. Hablan de la vocación de ayudar al prójimo. Hablan de la camaradería que viven día a día dentro del cuartel.

En un tercer piso del cuartel de bomberos de San Isidro, un museo es reflejo de esto: medallas, uniformes, mangueras, recortes de diarios teñidos con el color de los años. Testimonios todos de hombres y mujeres que dan su vida día a día, que se animan a mirar la muerte a los ojos y que se arriesgan allí donde el peligro es grande. Almas llenas de coraje y llenas de historias que cada día calzan sus borcegos, cargan equipos de veinticuatro kilos y salen a auxiliar.

Se les puede preguntar, sí, cuáles son los siniestros que más recuerdan. Pero esos hombres y mujeres cargan mucho más que sólo fatalidades. Están aferrados a la vida y a las ganas de que otros vivan. Si arriesgar la propia vida por quien uno ni siquiera conoce no explica el significado de la frase “hasta dar la vida” quizás nada pueda explicarlo mejor. Cuántas personas caminan por la calle sabiendo que deben cada paso a aquel que anónimamente se arriesgó para salvarlos y ayudarlos a caminar.

Más información

Descargar poema: Ser bombero voluntario

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