La ciudad de las historias

Caminar dentro de la ciudad amurallada en Cartagena, Colombia, es como meterse dentro de un libro lleno de historias de realismo mágico.

Caminar dentro de la ciudad amurallada en Cartagena, Colombia, es como meterse dentro de un libro lleno de historias de realismo mágico.

Colonos, corsarios, brujas, esclavos y la inquisición española han dejado rastros de su existencia en esta ciudad. Gracias a la muralla construida a su alrededor en la época de la colonia  para poder cuidar las riquezas que guardaban los españoles y que debían protegerse de los corsarios es que este lugar y su historia  parecerían haber sido cuidados para trascender el tiempo.

Pintadas de colores, las casas tienen balcones que asoman sobre unas estrechas callecitas de adoquines por las que no sólo se ven bicicletas sino también carruajes. Las plazas son los puntos de referencia para poder ubicarnos en esta pequeña ciudad en donde  las calles pueden cambiar su nombre cada una o dos cuadras. En la ciudad amurallada de Cartagena el nombre de la mayoría de las calles se debe a alguna leyenda, suceso o historia que tuvo lugar en aquella cuadra, lo que hace imposible poder ubicarse a simple vista.

Frente a una de sus antiguas iglesias me encuentro con Fernando, un guía que insiste en acompañarme un par de horas de la calurosa tarde. Lleva un morral en el que guarda diferentes fotografías suyas con turistas. Con aquellas fotos, intenta ganarse la confianza del futuro cliente.  “¿Argentina? Ah, mira, quizás conoces a alguno”, me dice. Se toma unos minutos en elegir qué sacar de entre sus cosas y me muestra una hoja con varias fotografías plastificadas. Este es Ernesto, vive en Mendoza. Ella es Irene, es odontóloga y vive en Buenos Aires… La lista sigue con argentinos que desconozco. Adivino que guarda una hoja para cada nacionalidad. No pensaba tener un guía, pero Fernando y su creatividad se ganan el precio que pide, mi simpatía y una enorme botella de agua helada.

“Mire Doña Vicky”, me dice este guía tan especial, “escúcheme bien”. Por momentos parece un profesor de historia que exige la atención de su alumna.  “En esa cuadra, ¿la ve?” Y entonces me cuenta que en la época en que se ordenó la construcción de las murallas, el Rey Felipe IV, preocupado, decidió viajar de incógnito a Cartagena. Junto a otros señores llegaron a la ciudad vestidos de mujeres y así se anduvieron paseando despertando todo tipo de conjeturas acerca de quiénes serían. Al finalizar su inspección, desaparecieron con el mismo misterio con el habían llegado. A la cuadra en donde se ubicaba la casa en la que se hospedaron se la comenzó a llamar la Calle de las Damas.

Calle de la Soledad, Calle de la Angustia, Calle de la Mantilla, Calle Tumbamuertos son sólo algunas de las que recorro imaginando las historias que Fernando me cuenta.

Llegamos a la Iglesia de Santo Domingo en donde, frente a un Cristo de madera, Fernando me regala una leyenda.

Dicen que un día un viejito llegó a esta iglesia pidiendo un lugar en donde poder dormir, ofreciéndose como escultor. Los novicios le entregaron un trozo de madera que encontraron a orillas del mar y le pidieron que trabajase en una imagen de Cristo. La madera que era muy corta para poder realizar el trabajo encargado, fue devuelta al mar a pedido del peregrino. Días más tarde los religiosos encontraron nuevamente en la playa el mismo trozo de madera que inexplicablemente había crecido. Fue entonces que el escultor solicitó poder encerrarse en una habitación. Pidió también que nadie lo interrumpiera y que la comida se la dejaran en la ventana. Así, sin ver la luz del sol, trabajó durante días en los que sólo se lo escuchaba tallando.

Un día, de aquella habitación sólo se sintió el silencio. ¿Le habría pasado algo? Los religiosos se preocuparon y al abrir la puerta descubrieron al Cristo de la Expiración, quien desde aquella madera, cuentan, los inundó de paz. Del peregrino nunca más se supo. Su origen y nombre son un misterio. Los cartageneros creen que quien les dejó aquella imagen fue un ángel y desde entonces se le atribuyen muchos milagros.

Al salir de esta iglesia veo a algunos turistas sacarse fotos con una enorme escultura de Botero que adorna la plaza. Dicen que La Gorda Gertrudis trae suerte. Agradezco haberme encontrado con Fernando, y antes de despedirme decido ser yo también plastificada en una foto junto a  él.

Le prometo regresar pronto y me alejo sonriendo sabiendo que de alguna manera, dentro de aquel morral de este contador de historias, seguiré en Cartagena.

Vicky,
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victoriaportillo@yahoo.com

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