Los juegos olímpicos en primera persona

Los 31º Juegos Olímpicos 2016 cambiaron a Río durante dos semanas, y confieso: ¡qué semanas increíbles!

Los 31º Juegos Olímpicos 2016 cambiaron a Río durante dos semanas, y confieso: ¡qué semanas increíbles! Soy argentino, resido en esta fantástica ciudad hace seis años, pero con la eterna identidad de carioca extranjero. Sin embargo, nunca me sentí tan en casa como en estos días.  Río de Janeiro, la reina de la fiesta y la felicidad brasilera, adquirió un condimento nuevo durante dos semanas: la emoción de recibir, literalmente, al mundo entero para celebrar el mayor evento deportivo del planeta.

Texto y fotos: Marcos Pereira Caldas

Tanto en las nuevas instalaciones del Parque Olímpico, pasando por los bellísimos paisajes de la Bahía de Guanabara hasta el parque radical de Deodoro, había gente de todo el mundo, de lugares que ni siquiera escuché nombrar alguna vez tales como Palau, Uzbekistán y Tayikistan. Todos estaban aquí para alentar a sus atletas en la corrida por la gloria. Y ellos no vinieron solos: trajeron su cultura, sus costumbres y sus comidas. Inclusive, algunas delegaciones instalaron casas de cultura en la ciudad con programas de divulgación súper interesantes.

Al vivir en Río y estar de vacaciones, tuve la oportunidad de ver muchas competencias: atletismo, hockey sobre césped, handball, rugby, vela, golf y alguna otra. Visité todos los centros deportivos. En hockey, rugby, canotaje velocidad, handball y vela, tuve la oportunidad de sumarme a la locura de la hinchada argentina. ¡Qué momentos increíbles! ¡Cómo gritamos, cantamos, reímos y nos emocionamos con esos atletas que tanto luchan por la medalla dorada!

Desde el punto de vista práctico, me sentí en otro mundo. Organización impecable, estadios nuevos, estructuras modernas, tecnología que nada tiene que envidiar a otras grandes capitales. Claro que en el medio, hubo cierta falta de información o información desactualizada que en lugar de ayudar, confundía a los turistas, pero nada que los voluntarios no consiguieran resolver. Los medios de transporte fueron un tema aparte. Acostumbrado a los viajes diarios, me descubrí viajando de tren, en subte y en BRT sin inseguridad, sin demora, sin apretujarme contra una ventana. Bueno… quizás un poquito apretado, pero nada que molestara demasiado, porque al finalizar el recorrido nos esperaba la emoción de la competencia.

Me divertí con cada uno de los deportes que vi, cada uno con sus particularidades. El hockey con su velocidad, el boxeo con su violencia, el golf con su tranquilidad, la esgrima con su precisión. Pero todos tenían en común el final feliz para unos, emocionado para otros, la tristeza por la derrota, los gritos, los llantos, el abrazo, la medalla…

Si algo pudo llegar a ofuscar el brillo de los juegos fueron los precios absurdamente altos de la comida o de un souvenir. Sin embargo, se compensó con la sensación de seguridad: rayos X y controles en la entrada de todas las instalaciones, muchos militares, policías y agentes de seguridad listos para proteger a las multitudes.

Vivo hace seis años en la Cidade Maravilhosa, pero nunca me sentí tan encantado como con la Cidade Olímpica durante estos quince días. Estar en el centro del mundo con todo el mundo fue espectacular. Estos días viví el alma y los valores de los Juegos Olímpicos: amistad y respeto se hicieron sentir en todos los lugares de esta maravillosa ciudad que es Río de Janeiro. En una nota de cero a diez, te doy mil. Río. Muy bien hecho. Nos trajiste, una vez más, una emoción enorme.

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