MÚSICA CON LOS PIES SOBRE LA ARENA

Joaco Terán jugó dos mundiales de rugby, pero su historia, siempre ligada a la música y al mar, va mucho más allá de la ovalada. Él y su guitarra vivieron en Hawái, en Costa Rica y en Los Ángeles.

Texto: Juan Pablo Pizarro – Fotos: Rosario Lanusse

Joaco Terán jugó dos mundiales de rugby, pero su historia, siempre ligada a la música y al mar, va mucho más allá de la ovalada. Él y su guitarra vivieron en Hawái, en Costa Rica y en Los Ángeles. Tocó en la playa, en bares y en la calle. Compuso una pila de temas y hoy, más de cincuenta mil seguidores lo disfrutan en Instagram cuando el tipo le saca brillo a las cuerdas. Joaco nos visita en San Matías y le pone la misma onda que desparrama día a día desde sus redes sociales.

Joaco se acaba de anunciar en la entrada del barrio San Matías y lo esperamos en la galería del Club House. Desde donde estamos no se ve todo el boulevard de la calle principal porque un árbol gigante nos tapa la visual, pero va a ser fácil reconocer la combi vieja que Joaco usa para moverse de acá para allá. Pasa el rato y no aparece. Nos miramos con las chicas de Revista Tigris y llamamos a la guardia. No entró ninguna combi. En eso, Joaco se nos aparece por detrás y nos saluda, tranquilo, como si hubiese sido él el que nos estuvo esperando a nosotros. Lo reconocemos enseguida por una sonrisa que le da toda la vuelta a la cara, casi una marca registrada en las fotos y videos que comparte en las redes.

“La combi está en el taller, ya habrá otra oportunidad para que la conozcan”, nos dice con una mueca mientras nos metemos en el living del Club House. Tres sillones que son para tirarse a dormir una siesta criminal, la chimenea prendida, un mate pidiendo que alguien lo cebe y la picada que ya es un clásico en los encuentros Social People. Lo único que nos está faltando es que Joaco empiece a soltar su historia, que tiene un poco de todo.

LA PRIMERA PREGUNTA VA DE MANUAL

No sé bien por dónde arrancar a preguntar y voy por el camino fácil, tirando la primera pregunta, la obvia: ¿cómo arrancaste con la música? “Cuando tenía nueve años le pedí a mi vieja que me comprara una guitarra. Tuve algunos profesores, pero lo mío fue más que nada aprendizaje autodidacta. De chico compuse algunos temas, pero no se me pasaba por la cabeza dedicarme de lleno a la música. Cuando terminé el colegio me metí en la Escuela de Música Contemporánea, pero cursé sólo dos años y largué porque soy inquieto y algo disperso. Seguí estudiando con profesores particulares y de cada uno fui sacando cosas que me hicieron progresar un montón. La cosa fue variada. Pasé de tomar clases con el guitarrista de Pappo a aprender con una profesora de ópera que me dio una base muy piola en lo técnico y en lo vocal”.

UN UKELELE LE ABRE LAS PUERTAS DE HAWÁI

A los diecinueve Joaco ya estaba convencido de que lo suyo era la música, no había vuelta atrás. Colgó los botines de rugby (jugó dos mundiales con Los Pumitas) y se sumó a Simbiosis, una banda que llegó a tocar con “el Flaco” Spinetta, Divididos, León Gieco y No Te Va Gustar. Estuvo tres años en la banda, sacaron dos discos y empezó a descubrir los secretos de un ambiente que no siempre es lo que parece. Fue en esa época que su hermano le trajo un ukelele de Hawái. No sólo se lo regaló, sino que además le dijo que tenía que irse a vivir ahí para meterle de lleno con sus tres pasiones: el surf, el mar y la música. “El ukelele me despertó algo conmovedor que no sabría cómo describir. Aprendí a tocarlo solo y supe que la guitarra iba a tener que hacerle un lugar a este nuevo compañero de mi ruta artística. Y en esa etapa de distanciamiento con la industria, la idea de encarar para Hawái no me pareció un disparate”.

SEIS MESES EN LA MECA DEL SURF

Joaco parece disfrutar el mate y la picada, pero ya no se aguanta el encierro. Yo me quedaría a vivir acá, pero el tipo es un animal del agua y nos pide seguir la nota afuera, al borde de la laguna del barrio. Ahí vamos.

“A Hawái me fui para quedarme. Apenas llegué a Maui, me puse a buscar trabajo. Mi primera opción era conseguir algo que me permitiera mostrar y desarrollar mi música, pero a medida que pasaba el tiempo me fui resignando a agarrar lo que viniera. La que me salvó fue Elena, vecina del hostel donde yo estaba parando. Me adoptó como si fuera su hijo y me obligó a no dejar de cantar. Me mandó a una playa que se llama Hookipa, y yo vivía de lo que me dejaban los turistas, que para mí era una fortuna, o vendiendo discos de mis canciones. Tocaba tres o cuatro horas por día y aprovechaba también para hacer surf. Tuve experiencias increíbles, como cantarle Somewhere Over the Rainbow a una familia que iba a tirar al acantilado las cenizas de un ser querido. A los tres meses de estar ahí, un día volvía caminando de tocar y una señora me cerró el paso para dejarme su tarjeta. Me preguntó dónde tocaba y prometió ir a verme al día siguiente. La señora resultó ser la mujer de Clint Eastwood y buscaba artistas para representar. Al día siguiente se me acercó después del show y me ofreció llevarme a Los Ángeles. Agarré viaje enseguida”.

A PURO RASGUEO EN LA CAPITAL MUNDIAL DEL CINE

Los relatos de sus viajes lo van descontracturando y Joaco se saca las zapatillas. Al toque se sube a la baranda del muelle y, con las patas colgando y la guitarra en guardia, saca un par de temas de su repertorio y nos musicaliza la nota.

“Apenas aterrizado en Los Ángeles, Dina Eastwood me llevó a una filmación donde estaban su marido y Leonardo Di Caprio. Para mí era una experiencia increíble cruzarme con varios actores famosos y hacer migas con productores musicales que me presentó Dina. Hasta terminé cantando en la fiesta de fin de año de Warner Bros. Fueron seis meses muy intensos y me pasó algo muy loco: tocaba en la playa a la mañana y a la tarde quizás me veías actuando en un boliche top de Hollywood. Estuve cerca de grabar un disco con un productor muy capo, que ya había editado a Caetano Veloso y que en ese momento preparaba un disco de Michael Bublé, pero no funcionó porque no llegó a completarme los papeles de la ciudadanía. Los Ángeles no es una ciudad fácil, es grande, es cara. Por eso, a los seis meses me fui a vivir a Costa Rica, a un pueblo de la costa caribeña. A la noche tocaba en bares de la costa y de día aprovechaba para ‘surfear’. Otra lindísima experiencia”.

EN COMBI CON LA MÚSICA A TODOS LADOS

Mientras Joaco cambia ukelele por guitarra, aprovecho para meter un bocado que me quedó colgado desde que arrancamos la nota. Qué onda la combi. Y Joaco me cuenta. Hace año y medio lo contrató Corona para hacer giras musicales por todo el país. Junto con el fotógrafo y alguno más, recorren las rutas subidos en una combi que no supera los sesenta kilómetros por hora. El año pasado hicieron casi ocho mil kilómetros. A Bariloche tardaron cuatro días metiéndole duro desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Para este año ya cerraron veinte shows. “Es una experiencia espectacular. La camioneta es de Corona, pero yo la quiero comprar porque la amo. Estoy en tratativas nada fáciles con mi mujer porque para ella sería tirar la plata. No pierdo la fe”.

DESEMBARCO EN LAS REDES CON ALGO DE DELAY

La pregunta sobre su presencia en redes sociales es inevitable. “Instagram es una herramienta con la que tuve que aprender a convivir”, suelta Joaco sin ponerse colorado. “Hace muy poco no tenía ni chat. Durante todo el tiempo que estuve viviendo afuera, no manejaba redes sociales y hoy, mirando en perspectiva, pienso que hubiera estado muy bueno ‘postear’ en algún lado las miles de experiencias que tuve en esos viajes. Hoy aprendí a usarlo, me volví casi un experto. Con el tiempo me di cuenta de que ser músico es mucho más que saber tocar un instrumento, cantar y escribir canciones. Hace falta también aprovechar las herramientas que uno tiene a mano para desarrollarse en todas las facetas. Mi mujer es especialista en comunicación y me da una mano grande. Hoy la imagen es todo, por eso le presto tanta atención a la calidad de fotos y videos que subo a mis redes”.
Dos patos se acercan al muelle pretendiendo que alguien les tire algo para picar. Joaco no tiene comida encima, pero los hipnotiza con el sonido del ukelele. Como yo no tengo ni comida ni ukelele, los patos unen fuerzas y me encaran a puro picotazo. Cierre un poco bizarro para una mañana de lujo.

 

JOACO DIXIT

HAZTE LA FAMA Y ÉCHATE A RESPONDER

“Recibo casi trescientos mensajes por día y trato de responderlos todos. Ayer me escribieron treinta chicas al mismo tiempo pidiéndome un saludo para una amiga por su cumpleaños. Las treinta me pedían lo mismo. El video lo mandé una sola vez, pero terminé respondiéndoles a todas”.

UN DISCO DESDE LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA

“El disco que estoy presentando este año, Madre Tierra, significó encontrarme artísticamente conmigo mismo. Son todos temas propios y en todos ellos me siento en armonía con lo que hago y lo que expreso”.

LA MÚSICA EN LA SANGRE

“Mi hermana es psicóloga, pero ya sacó un disco cantando. Mi hermano es administrador de empresas y se armó una banda de cumbia. Yo soy el único que se dedicó cien por ciento a la música. No sabemos bien de dónde nos viene esta veta porque mi mamá es ama de casa y mi papá, abogado. Es un lindo misterio”.

JACK JOHNSON, GUÍA Y REFERENTE

“Jack Johnson es mi gran fuente de inspiración, es el padre de todos. Ojalá algún día toquemos juntos. Ya tuve la oportunidad de compartir escenario con artistas del calibre de Armandinho y Frankenreiter. Jack Johnson sería como la frutilla del postre”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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