Pasillos con aroma

Pasaron veintiún años, unos cuantos proyectos hechos realidad y la familia, cada vez más grande. Los pasillos de Eidico llevan impresos el esfuerzo en el trabajo, un crecimiento incansable y unas cuantas amistades.

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Pasaron veintiún años, unos cuantos proyectos hechos realidad y la familia, cada vez más grande. Los pasillos de Eidico llevan impresos el esfuerzo en el trabajo, un crecimiento incansable y unas cuantas amistades. Es que acá no sólo crecen los sueños de quienes confían en nosotros sino también los propios. El clima de alegría y confianza, siempre presente.

Texto: Lucila Jordán

Es, quizás, el aire de familiaridad, de amistad, de confianza. Sentirse como en casa sin estarlo, sin temer ser quien uno es. Es saberse querido, es saberse cuidado y valorado. Se percibe desde el aroma a café bien temprano, y los jueves, a chipá recién horneado. Algo que se siente en el aire, que no se puede tocar, pero que es imprescindible cuidar y nos nace contagiar. Unos lo gestaron, otros lo heredamos, y entre todos lo cultivamos porque es parte de nuestra esencia, aquello que nos impulsa y motiva cada día.

Un lugar de trabajo que es mucho más que eso, y que se encuentra lejos de ser sólo una oficina a la que venimos de lunes a viernes a cumplir una tarea. Es un mate compartido con ése al que hoy llamás amigo y que conociste trabajando, o que llegó aquí por vos mismo, porque sos testigo de que trabajar con amigos puede ser una experiencia en verdad enriquecedora. Es un festejo de cumpleaños en el que no tuviste que preocuparte por traer la torta porque tus compañeros lo organizaron a escondidas tuyo, y en el que recibís un mail desde DHIE (nuestro sector de Recursos Humanos) que te saluda y cuenta a toda la empresa las cosas lindas que los demás escribieron sobre vos. Pequeños pero a la vez grandes gestos cotidianos que hacen que Eidico sea ese lugar que volvemos a elegir cada día para trabajar y desarrollarnos profesionalmente, para crecer humanamente y llevar adelante la misión que compartimos: dejar huella en la vida de todas aquellas personas que nos confían sus proyectos y sus sueños. Y somos conscientes de que para alcanzar aquello, primero es necesario crecer y fortalecernos puertas adentro.

Hoy queremos contarles cómo es que llegamos hasta aquí, compartiendo un rato de nuestro mundo desde adentro, desde ese “no sé qué” que se respira en nuestros pasillos, que está lejos de ser algo mágico, y que es, por el contrario, fruto maduro de aquella semilla que nuestros fundadores -personas honradas, honestas, de alma humilde y espíritu audaz y emprendedor-, sembraron en tierra fértil y supieron con generosidad compartir.

Los invitamos a recorrer nuestros pasillos, ¡pasen y vean!

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Los almuerzos: ensanchando el alma (¡y el cuerpo un poco también!)
Siempre fueron momentos de distensión y compartida. Al principio, los empleados eran pocos, y entraban en la mesa de la cocina de “la casita” (como llamamos a nuestra antigua cocina en Santa María de Tigre). Dicen que Cata, la flamante cocinera de aquel entonces, preparaba unas milanesas exquisitas y que, al igual que en una familia, cada uno tenía su lugar asignado. Todos esperaban a que llegara el mediodía para empaparse de las anécdotas más divertidas del fin de semana. Cata sigue trabajando con nosotros, aunque ya no cocina, porque no le darían las manos para tantos kilos de milanesas. Pero cada jueves nos deleita con pan casero y chipá. Hoy almorzamos todos juntos en el salón de usos múltiples y aquella mesa de la casita se multiplicó por quince ya que somos ciento setenta empleados.

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Más que un lanzamiento, parecía un campamento!
Un sábado de octubre de 2004 se lanzaron cuatro barrios del complejo Villa Nueva. Era viernes por la tarde y los interesados empezaron a llegar porque nadie quería quedarse sin suscribir un lote. Mientras algunos “montaban guardia”, otros dormían en los autos, o tomaban mate para entretenerse. La adrenalina corría por las venas de los eidiquenses; tener a tantas personas esperando durante la noche los mantuvo motivados y despiertos. Y a pesar del agotamiento, ahí estaba el equipo dando su ciento por ciento, cubriéndose unos a otros cuando ya no daban más. Las horas pasaron y el atardecer del sábado llegó con mil setecientos lotes suscriptos. El esfuerzo y cansancio habían valido la pena.

Tan pero tan cansados estaban algunos… Y en especial una de nuestras colaboradoras que, en medio del barullo, mientras se repartían sandwiches, se acercó a un grupo de eidiquenses y como si fuera un animal hambriento, se abalanzó sobre un compañero dando un mordisco a su almuerzo, y fue grande la vergüenza cuando cayó en la cuenta de que aquel no era un compañero, ¡sino un suscriptor! Pero estaba tan contento con la adquisición del lote, que dejó pasar el arrebato…

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Festejos a larga distancia
¡Llegaron los bondis! ¿Nos vamos de vacaciones? Ah, no, nos vamos a Estrella Federal porque hoy es el festejo de fin de año en Ramallo, uno de nuestros proyectos que queda nada menos que a doscientos kilómetros de distancia de la oficina. ¿Alguna vez vieron a un compañero de trabajo disfrazado de princesa de Disney? Nosotros sí… En aquellos festejos, nos dividíamos en cuatro equipos, a cada uno le correspondía un color diferente y la competencia era feroz; la pasión, casi la misma que la que se vive en la final de un superclásico. El verde y el rosa competían cual River y Boca, ya sea en la cinchada o la carrera de embolsados. Luego llegaba el desfile de disfraces: el más creativo sumaba puntos, por lo que había que esforzarse varios días previos en la preparación de los mismos. Desde Papá Noél, hasta Pedro Picapiedras, pasando por el Increíble Hulk y terminando con la Pantera Rosa -personaje que llegó a ser la mascota de Eidico, y que se hace presente en cada una de nuestras celebraciones y, sin dudas, merece un capítulo aparte-. Luego llegaba el tan esperado almuerzo: asado completo seguido del “Yo sé”, aquél juego famoso del programa “Feliz domingo para la juventud” en el que los menos vergonzosos se animaban a presentar una canción acompañada por instrumentos. Luego, un desopilante monólogo sobre Eidico, y hasta un emotivo show en lenguaje de señas. El talento fluía, tanto como los aplausos y silbidos. Y para coronar la jornada y el año recorrido, una entrega de premios: al mejor compañero, a la revelación del año y al más simpático, entre otros. Al final, un poco de cachengue y baile. Y de tanto en tanto se apagaba la música y cambiaba por un clásico de Mozart o Vivaldi, porque uno de nuestros fundadores prefiere obviar el “bochinche”. Pero hemos de reconocer que con los años se ha ablandado y a lo sumo sólo nos pide que bajemos un poco el volumen. Hoy en día, los festejos de fin de año continúan con la misma alegría y diversión. Aunque el destino pasó a ser bastante más cerca que Estrella Federal.

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Premios por antigüedad
Al cumplir nuestros primeros años trabajando, Eidico nos premia con unos días de descanso en algunos de nuestros proyectos. Antiguamente, al cumplir los primeros tres, el destino era San Pedro Viejo, una estancia en medio de las sierras cordobesas, y años después apareció Carmelo Golf, en Carmelo (Uruguay). Al cumplir cinco años, viajamos al Hotel Los Cauquenes, en Ushuaia, donde construimos el shopping Paseo del Fuego, o a Estancia Miralejos, en San Martín de los Andes. Y para aquellos que llegan a los diez -y que ya son muchos- el premio es una semana en el Hotel Lord Balfour de Miami.

Cuenta una vieja leyenda, que en uno de los tantos viajes a Ushuaia, un grupo de -en ese entonces jóvenes- empleados aprovechó la estadía para esquiar en el Cerro Castor. Cabe aclarar que algunos eran principiantes en el deporte y que uno de ellos prefirió incursionar en el snowboard y, abriéndose paso cual si fuera un experto, se animó a una pista angosta, dejando atrás a otros no tan arriesgados.

Como no podía ser de otra manera, sufrió un par de caídas, seguidas de una que lo dejó en el suelo durante unos cuantos instantes, sintiéndose abatido, sin entender muy bien dónde estaba, ni cómo había llegado hasta ahí. Mientras subía hacia la base del poma se dió cuenta de que se le había “apagado la tele”, como si su cerebro se hubiera reseteado. Le contó al personal de emergencias que había perdido el conocimiento pero que ya se sentía bien. Ellos le dijeron que tendrían que descender para que pudieran hacerle la revisión pertinente. Así que lo subieron a una camilla y lo arrastraron esquiando hasta la sala de primeros auxilios. Mientras tanto, la cámara de video en manos de otro del grupo, registraba las imágenes del accidentado. En el video se lo veía repitiendo jocosamente: “Yo venía pisteando como un campeón y quedé como Schumacher en fórmula uno…”.

Finalmente, luego de constatar que no había daño aparente, volvió a las pistas como si nada hubiera pasado.

En palabras de un propietario
Nico es un antiguo -y fiel- propietario. Llegó a Eidico casi junto con los primeros proyectos, depositando en nosotros una gran confianza. Venir a “la casita” no era un trámite para él. No se trataba de poner balizas, entrar, pagar y salir. Por el contrario, pasaba antes por la panadería y compraba medialunas o sándwiches de miga para todos. Con su estilo alegre y dicharachero, pasaba ratos largos en la oficina conversando con uno y otro. Llegó a confesarnos que, pudiendo venir una sola vez al mes y pagar las cuotas de los cuatro lotes que compartía con sus familiares, empezó a venir varias veces porque “la pasaba bien”.
Nico nos cuenta que hubo un suceso que dejó huella en su vínculo con Eidico: “En el año 2001, suscribí un lote en un nuevo barrio que comenzaría a desarrollarse en el complejo Villa Nueva, pero la crisis de aquel año no pudo acompañar al proyecto y, por consiguiente, todos los que habíamos depositado nuestros ahorros creímos que los perderíamos. Pero Eidico no dejó en banda a nadie y, por el contrario, nos ofreció la posibilidad de cambiar de proyecto o devolvernos la plata. Eidico nunca les cerró la puerta a sus clientes. Para mí, ustedes son sinónimo de compromiso, honestidad, transparencia, familiaridad y confianza”.

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Jornadas Outdoors
Dos veces al año tenemos nuestro día de Outdoors, una jornada de recreación e integración que nos ayuda a conocernos fuera del ámbito laboral. Los últimos lugares elegidos fueron el parque de aventura Euca Tigre, Temaikèn, el Delta y el Parque de la Costa, y en algunas oportunidades disfrutamos de un rico asado en nuestros barrios. Además, en 2014 plantamos árboles en el Boulevard Villa Nueva y en el jardín de nuestra oficina.

Reunión de equipo: no se suspende por lluvias ni tsunamis
El pronóstico del tiempo preveía una de las peores tormentas sobre el Río de la Plata el día en que un grupo de varones del área de Proyectos tenía planeado visitar el proyecto Carmelo Golf, en Uruguay, que comenzaba a desarrollarse. Más allá de la aventura de hacer el trayecto en lancha, aprovecharían la ocasión para dar lugar a su reunión mensual de equipo. Todos dudaban de emprender ese viaje ya que no se pronosticaba buen clima. Todos salvo el jefe del equipo, quien carecía de la más mínima intención de suspender la travesía, ya que es de carácter audaz y no se achica ante los obstáculos. “Vamos tranquilos, está todo bajo control”, les decía.

Y emprendieron el viaje nomás, en medio de un temporal que no daba tregua. A los ponchazos, o mejor dicho, entre baldazos, tuvieron que aprender a leer la carta náutica para poder colaborar cuando perdían el rumbo. Luego de varias horas -a las dos de la tarde más precisamente- vislumbraron suelo firme, que no era el de Carmelo, sino el de la Isla Martín García. Allí descansaron y almorzaron, y cuando el temporal parecía haber cesado, decidieron seguir viaje. “Ya se despejó; arranquemos”, sugirió un optimista, y no terminó de encenderse el motor de la lancha que, una vez más, la tormenta los abrazó. Más de uno hubiera aprovechado la altura de las olas para hacer surf, pero ninguno había llevado tabla ni traje de neopreno…

A Carmelo llegaron al atardecer, empapados, agotados, exhaustos, pero con una gran anécdota que contar al regresar. Y alguna otra que seguramente guardarán por siempre en su memoria y que a nadie revelarán…

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Y un día nos animamos a crecer…
Mateo Salinas nos cuenta que en el año 2004, durante un asado entre los socios, surgió el interrogante “¿crecer o no crecer?” Aprovechar el impulso y arriesgarse, corriendo el riesgo de “perder” aquello que nos hacía especiales: el carisma. Aparecía el miedo de convertirnos en una empresa rígida y burocrática. La segunda opción: dar ese salto casi necesario, pero sin perder el foco, “con los pies en la tierra y los ojos en el cielo”.

Y fue precisa, y seguramente haya quedado grabada en sus corazones, la frase de Jan Seitún: “No importa lo que hagamos, mientras que lo hagamos juntos”. Y es así que hoy, tantísimos años después de aquel día, somos un equipo de ciento setenta personas que soñamos, al igual que ellos; que nos animamos y confiamos en que lo mejor que hicimos, que hacemos, es alimentar esa llama encendida en aquella reunión; y creemos que con transparencia, creatividad, generosidad, audacia, humildad y confianza es posible crecer. Gracias a cada persona que confía en nosotros es que llegamos hasta aquí. Conocimos el éxito, pero somos conscientes de cada desacierto también. Por eso trabajamos incansablemente, buscando brindar una atención más personalizada, eficiente y cálida. Nuestro objetivo es que cada persona que entre en contacto con nosotros, ya sea empleado, cliente, proveedor o amigo, se lleve una experiencia distinta, destacándonos por el servicio que brindamos y por el trato que ofrecemos ya que el producto podrá copiarse, mas no la calidad con que es brindado.

Cada persona que transitó nuestros pasillos, los empleados y clientes que pasaron o pasan a diario, fueron y son clave para nosotros y nuestro agradecimiento a ellos, infinito.

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