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Texto: Milagros Lanusse – Ilustración: Nicolás Bolasini

¿Sobrevivir o revivir? – Cambian los tiempos, los lugares, los temas de conversación y la rutina diaria. Momento de compartir todas las horas del día con nuestra familia y de encontrar en las vacaciones un sentido trascendente.

El reloj (¡por fin!) da las seis de la tarde. La computadora ya tenía el botón de “apagado” lustrado de tanto acariciarlo en las últimas horas y finalmente puede cumplir su función. La pantalla se oscurece hasta reflejar nuestra cara, ahora invadida por una sonrisa que no podemos disimular. Chau chau por muchos días. Nos vemos a la vuelta. Unas horas antes, en algún colegio cercano, el último timbre del día (y del año) da la señal de partida. Todos corren a la puerta de salida como si se tratara de la liberación de un pueblo ocluído, con un frenesí exagerado que los guía hacia el destino prometido. El último viaje a casa hasta dentro de mucho tiempo. Sensación infinitamente perfecta si las hay.

Entonces, el encuentro. La casa nos esperaba en silencio. Hola mamá, hola papá, hola hijos, hola hermanos. Desde hoy, ya no serán esas personas que veo sólo unas horas al día. Desde hoy cohabitarán conmigo la tierra de las vacaciones, y convivir en familia las veinticuatro horas al día es una conducta que nuestra especie toma como excepción. Nuestro hábitat natural, la mayor parte de las horas del día, suele ser un espacio neutral como una oficina y un aula, y consta de personas de nuestra misma edad, y similar situación vital. Ahora la composición humana de nuestro ecosistema, a pesar de tratarse de nuestro medio original, se vuelve heterogénea… y un desafío si queremos sincerarnos.

¿Horarios? Son otros; cada uno tiene los suyos. ¿Programas? Abundan; de todo tipo, forma y color. ¿Amigos? En todos lados; adentro de la casa, ocupando espacios antes deshabitados, y fuera de ella, robando presencias por períodos extendidos.

Y uno se pregunta cuáles son las reglas durante las vacaciones. Si son implícitas suelen volverse invisibles, y si son expresadas con demasiada claridad, suponen una amenaza al espíritu de libertad del que queremos que esté colmado nuestro veraneo. Y la pregunta sobre toda pregunta: ¿de qué descansamos? ¿De todo? ¿También de los límites, las formas, los hábitos? Un poco sí… Eso nos sale pensar cuando recién abrimos el primer ojo al mediodía y queremos convencernos de que no desperdiciamos el día. Y cuando calentamos el horno para volver a meter una pizza, murmurando que mañana finalmente cocinaremos algo más digno. Pero al tratarse de la familia, vemos que la convivencia requiere de ciertos acuerdos.

Equilibrio en tiempos de ocio
Sea cual fuere nuestro destino fuera de casa, durante el año estamos habituados a que allí donde más tiempo estamos, existan normas relacionadas al horario, las conductas, los temas a charlar. Llegadas las vacaciones, entonces, no sólo es tentador el sol, las pantuflas a media mañana y las series hasta entrada la madrugada; también puede tentarnos que dejen de existir expectativas respecto del orden, las entradas y salidas, las responsabilidades y las tareas.

Si hay un método adecuado para encarar estos días de recreo, nadie lo sabe. Pero todos los que alguna vez veranearon saben bien que el desafío de estar todos juntos (muchas veces incluyendo a la familia extendida, o estando fuera de casa en algún otro destino, con otra disposición espacial de alojamiento y comodidades) es un desafío importante. Los adolescentes querrán sus tiempos: salir cuando todos duermen y dormir cuando todos quieren salir. Los más chiquitos amanecerán temprano, aunque les expliquemos mil veces que ahora pueden levantarse más tarde, y los más grandes querrán dormir más, manejar menos, comer bien y leer en silencio. Algunos querrán limpiar aunque no se reciban visitas, y otros morirían por dejar los platos sin lavar todo lo que aguante la mesada de la cocina. Habrá quien quiera salir a la playa lo antes posible, y quien prefiera quedarse desayunando sin límite. Hacer la cama o no hacerla; cocinar o pedir delivery; barrer o no; escuchar música o ver televisión; estar todos en el mismo espacio o diferenciar entre espacios de adultos y de chicos. Y todos tendrán razón y nadie la tendrá. Argumentos de ambos lados, sentido común en cada equipo y entonces, la difícil tarea de ceder más, exigir menos y contentarnos aún con lo que no hubiésemos escogido. Vendrá entonces el “ommm” interno que cada uno hará en privado para buscar un equilibrio, que será relativo a cada familia, entre la relajación de hábitos y la consideración hacia los demás. El ejercicio de disfrutar de las vacaciones procurando que para los otros también rindan, y la propuesta de que nada borre la gratitud con la que deberíamos coronar la posibilidad de veranear en familia.

Volverlo un regalo
Qué lindo es que el tiempo sobre para estar juntos. De todo lo que tienen las vacaciones, lo mejor es eso. Desayunos que duran horas, paseos que nos hacen conocernos en circunstancias diferentes, ratos en silencio (incluso ratos aburridos) y ante todo, la compañía permanente. Encontrarnos en piyama a deshoras, tirarnos juntos en un sillón a ver una película, nadar, correr, caminar. ¿Hablar?

Conocemos de sobra todo lo que las vacaciones hacen por nosotros, porque con sólo existir, ya nos regalan mucho. Pero también hay mucho de nuestra parte que podemos aportar para que las vacaciones adquieran todavía un valor mayor. Tomarnos el tiempo para mirar y admirar a cada uno de los que forma nuestra familia. Detenernos en el otro y en su forma de sentir. Escucharlo hablar, observarlo actuar, advertirlo moverse, percibirlo vivir. Conocerlo más, quererlo diferente, acercarse desde otro lado. Ante todo, valorar. Y que las pantuflas, las películas, las pizzas, el helado, la pileta, la playa, el mar o la montaña sean tan sólo el marco de lo verdaderamente trascendente. Las responsabilidades se ocuparán más adelante de meterse entre nosotros y crearnos distracciones que, aún sin quererlo, generarán pequeñas distancias difíciles de sortear. Las vacaciones implican cercanía, y con sus posibles y casi seguros desacuerdos, nos invitan a crecer como familia. Que las vacaciones se tornen una oportunidad de trascendencia, además de reposo. Que no adquieran su valor sólo por la negativa: no trabajamos, no nos despertamos temprano, no tenemos responsabilidades. Es el momento en el que sí estamos más juntos, sí tenemos tiempo de charlar, sí nos divertimos, sí creamos memorias.

Queremos descansar la mente y el alma. Pero dedicarle un momento reflexivo a lo que queremos que signifique el tiempo de descanso puede cambiar definitivamente su alcance. Poner el corazón en suspenso, detenernos a pensar y proponernos una medida más alta, para que la ola de disfrute no se lleve con ella los verdaderos valores, y terminadas las vacaciones nos encuentre con ganas de haber compartido más tiempo de calidad. Optar por los buenos ánimos y la sonrisa, el diálogo, la paciencia. Si elegimos aflojar las reglas, que sea no por pereza sino porque queremos poner más atención a los vínculos, y si queremos conservar algunas normas, que sea no por simple moralidad u orden, sino porque queremos cuidarnos más.

Un tiempo después, nuestro reflejo en la pantalla irá desapareciendo a medida que la computadora se prenda. Adiós tiempo de sol y de descanso; hola mails, archivos y puesta al día. Pero qué diferente la bienvenida del nuevo ciclo de trabajo o estudio si nuestro tiempo de ocio fue también tiempo de encuentro. Qué diferente empezar otra vez si adentro guardamos imágenes de gente querida y momentos que valieron la pena desde lo profundo, habiendo hecho del desafío de la convivencia un capital valioso, que bien invertido, rendirá sus frutos a lo largo de todo el año.

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