Nunca lo hubiera dicho ni se me hubiera ocurrido semejante juicio, pero supe que uno de los packaging más chicos que conocemos resulta ser super masivo y contaminante: las cápsulas de café. Al parecer, desde su lanzamiento 30 años atrás, se tornaron tan populares que ya se elaboran casi 40 mil unidades por minuto y así su producción anual equivale a que den catorce veces la vuelta al mundo.

Jan Dube, del Departamento de Medioambiente del Ayuntamiento de Hamburgo, resume las causas de esta problemática: “Requieren innecesarios recursos para su fabricación, que no pueden reciclarse fácilmente porque mezclan plástico y aluminio (…)”, dice y es por eso que en su ciudad las han prohibido. Agrega luego que, para colmo, se trata de un paquete de tres gramos que contiene nada más que seis gramos de café. “Un verdadero derroche”, concluye.

Hoy en día ellas representan un tercio del mercado cafetero de Europa Occidental, por sólo mencionar una zona geográfica puntual, pero es tan difícil concretar su tratamiento y reciclaje que un 75% de ellas terminan en rellenos sanitarios. De todas maneras, de a poco emergen pequeños emprendedores que ofrecen cápsulas biodegradables que se componen de fibras vegetales como papel y bambú y se degradan en seis mese.

Halo Coffee es una empresa europea que desarrolló, junto a una universidad británica, la primera cápsula que se composta su totalidad en noventa días, hecho que los mismos académicos han podido comprobar. Otra compañía neozelandesa, Honest Coffee, se las rebuscó para adaptarse a las demandas de los consumidores y brindan envases que son compatibles también con las máquinas Nespresso.

Si bien es una medida paliativa y por ende no es la solución ideal, esta multinacional implementó un programa de reciclaje mediante el cual recibe los desechos para su reutilización. Uno de sus representantes afirmó que cuentan con catorce mil centros de recolección en treinta y un países y, para el 2020, estiman que abarcarán a todas las naciones en donde se encuentran radicados.

Parece insólito, pero incluso el mismo John Sylvan, creador de las cápsulas K-cup (los mayores vendedores de este producto en Estados Unidos), le dio la espalda a su invento y confesó públicamente «Me siento mal por haberla creado»; por eso hoy se dedica a un gran proyecto para incentivar el uso de energía solar. ¿No serán estos pocos motivos suficientes para proponernos evitar su consumo.

Mechi,
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