La empatía se construye desde los primeros años y tiene un impacto profundo en la manera en que los chicos se relacionan, aprenden y enfrentan los desafíos. Desde el colegio y la familia, los adultos tenemos un rol fundamental: acompañar ese aprendizaje y, sobre todo, enseñar con el ejemplo.
“Hoy más que nunca creemos que los niños necesitan que los adultos los ayudemos a desarrollar la empatía”, explica Alejandra Galante, directora del Nivel Primario de San Isidro Delta School.
Ponerse en el lugar del otro, escuchar, comprender diferentes puntos de vista y aprender a expresar lo que sentimos son herramientas fundamentales para la vida. También tienen un impacto directo en el ámbito escolar: los chicos empáticos desarrollan mayor resiliencia, favorecen la cooperación y contribuyen a generar un clima positivo que facilita el aprendizaje.

Una habilidad que se construye desde pequeños
La empatía no aparece de un día para el otro. Se desarrolla progresivamente a partir de las experiencias, los vínculos y las situaciones cotidianas que atraviesan los chicos.
En este sentido, la escuela tiene un papel fundamental. Aprender a escuchar al otro, respetar las diferencias, acompañar a un compañero que lo necesita o encontrar formas pacíficas de resolver un conflicto son aprendizajes que van mucho más allá de los contenidos académicos.
“La empatía favorece la comunicación efectiva, la cooperación y facilita la resolución de conflictos de manera pacífica”, señala Galante.
Acompañar este desarrollo desde edades tempranas permite que los chicos incorporen herramientas que los ayudan tanto en el ámbito escolar como en sus relaciones cotidianas y frente a los diferentes desafíos que irán encontrando a lo largo de su vida.

Los chicos aprenden de lo que ven
Pero si hay algo que resulta clave a la hora de educar en empatía es recordar que los adultos somos el principal modelo.
“Siempre les digo que los niños se educan con el ejemplo, no con las palabras. Nosotros podemos decirles ‘no hay que hacer esto’, pero si después nosotros lo estamos haciendo, estamos dando doble discurso”, explica Alejandra.
La manera en que los adultos nos comunicamos, escuchamos, reaccionamos ante una diferencia o resolvemos un conflicto también es una forma de enseñar. Los chicos observan permanentemente y construyen sus propias herramientas a partir de aquello que ven en su entorno.
Por eso, hablar de empatía implica también preguntarnos cómo nos vinculamos nosotros con los demás. ¿Escuchamos antes de responder? ¿Podemos aceptar una mirada diferente? ¿Cómo reaccionamos cuando algo no sale como esperamos? ¿Somos capaces de pedir disculpas?
Son pequeñas acciones cotidianas que transmiten mensajes mucho más poderosos que cualquier discurso.

Educar con el ejemplo
Galante suele compartir con las familias una frase atribuida a la Madre Teresa de Calcuta: “Si queremos enseñarles a nuestros hijos a nadar, nosotros tenemos que nadar”.
La metáfora resume una idea sencilla: si queremos que los chicos desarrollen empatía, primero debemos ofrecerles espacios donde puedan verla y experimentarla.
La familia y la escuela son dos ámbitos fundamentales para acompañar este proceso. Cuando ambos trabajan en la misma dirección, los chicos encuentran mayor coherencia entre aquello que se les dice y aquello que observan.
Porque educar en empatía no significa solamente explicarles a los chicos qué significa ponerse en el lugar del otro. Significa mostrarles, todos los días, cómo hacerlo.
Educar con el ejemplo es también enseñar a mirar al otro, escuchar, comprender y construir vínculos más respetuosos. Y ese aprendizaje comienza mucho antes de las palabras.
San Isidro Delta School | Villanueva