Ella me mira, de pies a cabeza, juzgándome como si fuera la única imperfección que tiene el planeta. Una falla en el sistema. Demasiado diferente para poder encajar. No deja de analizarme, entrecerrando los ojos para verme mejor.

Quiero gritar, decirle que pare: mis pulmones acumulan el aire y se preparan para hacerlo, pero no pasa nada. Mis labios permanecen sellados, no puedo hacerlo; no porque no tenga voz ni nada de eso, es simplemente que no puedo… Además, sería en vano, ella no cambiaría, seguiría mirándome de la misma manera que lo ha hecho durante años.

El grito se queda en mi garganta, acumulado ahí junto con los otros. Una sensación de dolor sube por mi pecho y provoca que me ahogue durante un momento. Son muchas cosas, palabras que quise decir pero que nunca salieron, de sentimientos y situaciones diferentes. Tantos que no me dejan respirar, me cierran la garganta y solo dejan dolor a su paso, uno que solo dura instantes pero que se siente como mil infiernos. Suben, trepando y desgarrando las paredes, tratando de salir y liberarse de una vez. Pero no pueden, la “escotilla” está cerrada, y vuelven a los pulmones, donde se quedan por un tiempo y vuelven a salir cuando quieren, con la esperanza de que esta vez podrán ser liberados.

 

Ella me sigue a todos lados, como si fuera mi sombra, preparada para criticar cada una de mis decisiones. Camina a mi lado y se mete en mi cabeza, depositando ideas que jamás pasarían por mi mente si ella no estuviera ahí.

Hubo un tiempo en el que fuimos amigas, tal vez las mejores. Adonde yo fuera, ella también iba, me acompañaba en los malos momentos y en las risas, cuando yo lloraba, ella también lo hacía. Jugábamos juntas hasta cansarnos, hablábamos hasta quedarnos dormidas en el sillón del living.

Pero las cosas empezaron a cambiar: la gente nos miraba raro, cuestionando por qué repetía cada cosa que yo decía, y comencé a sentir vergüenza de pasar tanto tiempo con ella. Nuestros encuentros eran cada vez menores y en lugares donde no hubiera tanta gente. Aprendimos a comunicarnos con la mirada para cuando nos cruzábamos en público. Poco a poco las palabras ya no hicieron falta. A ella no le pareció justo y fue ahí donde comenzó a discriminarme, convirtiéndonos en enemigas, borrando todo rastro de amistad que pudo haber quedado.

Su presencia se volvió inminente, no sabía cuándo aparecería ni dónde, tampoco qué haría. Pero poco a poco me fui acostumbrando, sabía que aunque no lo notara ella estaba ahí, al acecho, buscando el momento perfecto para aparecer. Sus palabras eran hirientes, me encerraban en mi propia mente y alimentaban a mis demonios. Trataba de hacerle frente y la contradecía, pensando en cosas positivas para que ella no ganara, pero siempre encontraba el modo de tirarme abajo.

Por un tiempo acepté el hecho de que siempre estaría ahí, que de algún modo yo era ella y ella era yo. “Sin mí no sos nada” me decía, “todo lo que sos es gracias a mí”. Las palabras quedaban rondando en mi mente durante horas, como un video en reproducción automática. Comencé a pasar mucho tiempo a solas, no salía y tomaba distancia. Todo gracias a ella y su intermitente presencia.

 

Ahora me encuentro frente al espejo del baño, la luz blanca le da un aspecto fantasmal y mortecino a mi cara. Ella está ahí, sus ojos penetrantes observando cada centímetro con disgusto. No hace falta que mueva los labios, su mirada lo dice todo.

Su voz susurrante hace presencia en mi mente, mientras lágrimas de silenciosa impotencia se deslizan por mis mejillas. Estás sola, ¿acaso no te das cuenta? Mírate, no entiendo cómo alguien podría quererte. No servís para nada…

-¡Basta! ¡Ya no te soporto! – grito, harta de escucharla.

Mi puño se estrella contra el espejo y este estalla en miles de pedazos. Miro los trozos que quedaron adheridos al marco, viendo mi imagen fragmentada en ellos. Siento la sangre tibia bajar desde mis nudillos hasta la punta de mis dedos, pero no me importa. No siento dolor alguno. Ella ya no está. Finalmente se fue, su voz ya no resuena en mi mente y suelto un suspiro de alivio que no sabía que estaba conteniendo. Esa otra parte de mí que por años estuve intentando ahuyentar se había ido.

Soy libre.

 

Felicitas Lafogiannis

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