“No soy de acá ni de allá”… Eso es lo que dicen todos los expatriados. Siempre que dejo Nueva York lo hago con algo de nostalgia. Mientras me alejo de la ciudad hacia el aeropuerto, pienso que algún día lo estaré haciendo para siempre. Son muchas las veces que me reconozco en aquella ciudad, y tantas otras las que desentono con el estilo de vida mientras extraño Buenos Aires. “No soy de acá, ¿pero seguiré siendo de allá?”, me preguntaba mientras tomaba un vuelo rumbo a Ezeiza.

Texto: Victoria Portillo

Al aterrizar, el pasillo del avión se convirtió en lo que parecía un evento social. El del asiento 22 F contaba su estadía en Ilha Grande. “¿Dónde queda?”, preguntaba una chica. “Cerca de Angra dos Reis”, respondía él. “Un paraíso, tenemos que ir”, le decía una señora a su marido. Mientras tanto, Francisco, el del 20 A, nos invitaba a conocer Londres, lugar que les había partido la cabeza a él y a su hija. Aún sin habernos bajado del avión, Buenos Aires me recibía con lo más lindo que tiene: la cercanía entre su gente.

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El asado de la primera noche me regaló aquellos sonidos y olores que tanto se extrañan: las brasas, el fuego, la carne, una copa de vino, las charlas y las risas cuando quien tenés en frente forma parte de tu historia. A la mañana siguiente me desperté en las afueras de la ciudad con el ruido de unos teros y el mugido de una vaca que desde algún terreno cercano me recordó dónde estaba. Desde este lugar, Nueva York parecía ya un recuerdo lejano.

Los primeros días, el protagonismo se lo llevaron los momentos compartidos con quienes desde lejos quiero y extraño tanto; los asados de fin de semana que desde el mediodía se extienden hasta las dos de la mañana, con esas sobremesas tan llenas de recuerdos. “¿Se vienen esta noche a comer?”, pregunta mi amiga, y pienso en cómo extraño la espontaneidad en el armado de un programa. En Nueva York hay que marcarlo en una agenda dos o tres semanas antes. El “vamos viendo” tan nuestro no existe. Allá, el tiempo es algo tan necesitado y valorado que se organiza para no perderlo.

Acompañé a una amiga a buscar a sus hijos al colegio. Los encontré más grandes, y me cuestioné si me estaba perdiendo de verlos crecer. Caminé por todos los lugares que pude, admiré los jacarandás y las cúpulas de iglesias que tanto me gustan. Pasé por  Belgrano R  y me detuve en los árboles. “Nuestra historia pasó caminando tantas veces por estas calles”, le comenté a mi amiga, recordando los días de colegio.

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Mi  lugar  me enamora y me parece que en ningún otro lado voy a ser así de feliz. Como hago cada vez  que vengo, fui a Decata, en Palermo, a disfrutar de la porción de chocotorta más rica. En la terraza del lugar, en la que siempre te sorprende algún conocido compartiendo una charla con Iván y Mili, sus dueños, me encuentro con quien fui y con quien soy ahora. Sus dueños y yo nos conocemos desde chicos, desde un tiempo en el que no imaginábamos las vidas que construiríamos. Me miran y saben quién soy, conocen el camino recorrido. Me sorprende lo desacostumbrada que estoy a esto.

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Al rato hablo por teléfono con una amiga de cincuenta y dos años. Entre muchas cosas, me cuenta que no consigue trabajo. Al escuchar esto, me vuelvo una turista en mi propio país. En Nueva York nadie es definido ni limitado por su edad. Siento tristeza y me confundo. Trato de animarla inventando esperanzas mientras me acuerdo de Silvia, una abogada argentina de sesenta y un años que consiguió ser recepcionista en un estudio jurídico allá y que, luego de unos meses, uno de los dueños le propuso que validara su título en Nueva York. Hoy, a sus sesenta y dos años, está estudiando sostenida por el estudio que la animó a hacerlo. En Nueva York sólo importa la voluntad.

Mis días en Buenos Aires vuelven a definirme, y como por ahora parte de mi historia sigue en Nueva York, puedo hacerlo bajo mi propia mirada, una mirada en la que no hay edad que te deje sin sueños y proyectos.

Dentro de unos días regreso llena de alfajores, a recordar a Buenos Aires y a extrañar a mi gente. Pero se que también caminaré por las calles de Nueva York en primavera agradeciendo todo lo que esta ciudad me enseña sobre mí misma.

Esta es la primera vez que  me siento de acá y de allá.

Vicky.
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